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Entrevista Jofre Carnicer: "La mitigación del cambio climático implica transformaciones estructurales en la mayoría de sistemas de nuestra sociedad"

Jofre Carnicer, investigador del CREAF, professor de la UB i coautor de l'informe de l'IPCC.
Jofre Carnicer, investigador del CREAF, profesor de la UB y coautor del informe del IPCC. Universitat de Barcelona

El investigador de la UB Jofre Carnicer es uno de los autores del último informe del IPCC y defiende la necesidad de llevar a cabo grandes cambios "si queremos una sociedad climáticamente sostenible" en las próximas décadas. Insiste en la importancia de que existan instituciones fuertes que garanticen sistemas de "protección social" para llevar a cabo procesos que, avisa, serán complejos.

Investigador del Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (CREAF) y profesor de Ecología en la Facultad de Biología de la Universitat de Barcelona (UB), Jofre Carnicer es uno de los autores del sexto informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de Naciones Unidas (IPCC), que dio a conocer la tercera parte del trabajo la semana pasada. Nos encontramos con él para hablar sobre el actual escenario de emergencia climática y durante la entrevista insiste en la necesidad de llevar a cabo cambios profundos para poder limitar el incremento global de temperaturas, algo imprescindible si se quieren evitar escenarios en los que los fenómenos climáticos extremos sean una constante, con el consiguiente impacto negativo para los ecosistemas y la vida humana.

Carnicer no duda en admitir que el reto para las próximas décadas es "muy complejo" y rehúye las soluciones fáciles para una cuestión tremendamente difícil de abordar y por eso apuesta por hacer partícipe a la sociedad a través de los diálogos "profundos y tranquilos", con datos, que permitan adquirir una perspectiva ampliamente informada del tiempo en el que vivimos. Asimismo, defiende que haya instituciones fuertes que garanticen sistemas de protección social que faciliten esta transición sin "dejar a nadie atrás". También profundiza en el escenario que puede producirse en las próximas décadas en Catalunya y en el resto de la Península Ibérica, considerado un "punto caliente" del cambio climático como consecuencia del calentamiento más acelerado que sufre toda la región mediterránea.

El último informe del IPCC señala que el tiempo se agota y urge a tomar medidas para que las emisiones se reduzcan globalmente a partir de 2025 Suena a grito de alerta. Es un mensaje consistente. Si queremos mantener una temperatura que cumpla el Acuerdo de París lo que dicen los escenarios es que las reducciones de emisiones deben ser drásticas e inminentes y del orden de un 40% o un 50% por década.

¿Estamos en un momento decisivo, en el sentido de que si las emisiones no comienzan a caer con fuerza será imposible acabar el siglo con un incremento de temperatura inferior al grado y medio, el objetivo más ambicioso del Acuerdo de París?

Lo que nos dicen estos informes es que la acción temprana es beneficiosa, es decir, si existe un retraso en la reducción de emisiones, lo que técnicamente llamamos mitigación, toda la evidencia científica concluye que los costes económicos y sociales serían muy superiores. Si pensamos un poco en el beneficio común de la humanidad, estratégicamente una acción temprana y decidida es mucho más beneficiosa tanto en términos ambientales como económicos. Óptimamente, habría que estabilizar y empezar a reducir las emisiones antes de 2025.

El IPCC avisa de que si seguimos con la actual evolución de las emisiones el incremento de temperatura en 2100 será de 4,4 grados, más del doble del límite fijado por el Acuerdo de París y casi el triple del objetivo óptimo del grado y medio. Y advierte que un escenario así generaría graves impactos.

Efectivamente, éste último sería un escenario de impactos extremos. Medio grado o un grado arriba o abajo genera unas diferencias abismales en los impactos en las sociedades humanas y en los ecosistemas en todos los componentes: en la frecuencia de las olas estivales de calor, en el riesgo de incendios, en la soberanía alimentaria, en los impactos directos sobre la salud humana... La evidencia es muy contundente y consistente en estos ámbitos. Estratégicamente es muy conveniente reducir drásticamente las emisiones porque si está en nuestras manos realizar este cambio de trayectoria de calentamiento y una diferencia de medio grado hace que los impactos que tengamos en los próximos 20 o 30 o 50 años sean sustantivamente diferentes.

Durante los confinamientos más estrictos por la covid las emisiones cayeron, como consecuencia del paro de la actividad económica, pero hace ya tiempo que se han recuperado y hemos superado los niveles prepandémicos. No ha sido un punto de inflexión, como alguien podía pensar.

"Los informes tanto del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (UNEP) como del IPCC nos indican que debemos reducir en muchos casos las emisiones en tasas anuales del 6-8%", recuerda Jofre

Sí, los estudios estiman que la reducción de emisiones globales fue del 6-8%, sobre todo en los seis primeros meses de pandemia. Después se fue recuperando la actividad y quizás lo más ejemplar de este evento es que nos muestra un poco la magnitud del reto que tenemos. Es decir, los informes tanto del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (UNEP) como del IPCC nos indican que debemos reducir en muchos casos las emisiones en tasas anuales del 6-8%. Con esto tienes una doble lectura: una es que tampoco es una cantidad tan inalcanzable ya que fenómenos como la covid han provocado este tipo de reducciones anuales, pero la otra es que debemos empezar a reaccionar a todos los niveles de gobernanza para alcanzar este tipo de aproximaciones. El reto a nivel de mitigación es realizar transformaciones a unas escalas que tengan unos impactos similares a este 6-8% anual.

A raíz del conflicto en Ucrania, estamos viendo como gobiernos occidentales están subvencionando el consumo de combustibles fósiles. Es cierto que tienen precios muy elevados y eso tiene un impacto económico, pero no parece una medida que incentive precisamente su reducción. ¿Se toman decisiones que pueden entenderse desde una lógica económica cortoplacista pero alejadas de lo que reclaman los científicos climáticos?

Sí, hay situaciones contingentes que no ayudarán en estos procesos globales a mitigar el cambio climático. Y, evidentemente, escenarios violentos, de conflicto, generan estas contingencias. No sólo es el hecho de que se pueda subvencionar el consumo de recursos fósiles, existen problemas incluso más graves como son el alza del precio de los alimentos básicos y la seguridad alimentaria de muchos países, una situación que interactúa mucho con el cambio climático y que se genera en territorios altamente dependientes. Es evidente que tendremos situaciones contingentes donde habrá que tomar medidas a corto plazo que serán incoherentes, pero que podemos comprenderlas por el contexto, sin perder de vista el largo plazo y los compromisos que, por ejemplo, se han establecido en el Plan Integrado de Energía y Clima en España en la nueva Ley del cambio climático. Estos compromisos con unas proyecciones de cumplimiento a una escala de décadas se tendrán que reanudar. El reto que tenemos para las próximas décadas será difícil, complejo y con situaciones en las que habrá contradicciones. No será todo un descenso fácil.

Supongo que en estas contradicciones podemos incluir también que la Comisión Europea haya puesto la etiqueta "verde" a energías como la nuclear o el gas.

Sí, esto ha sido ampliamente debatido en el movimiento ambiental y evidentemente es un escenario menos ambicioso. Dentro del panorama global, la Unión Europea es todavía un actor que tiene unos posicionamientos que se intentan aproximar al Acuerdo de París, aunque son insuficientes, y esta cuestión [del gas y la nuclear] son posiciones más conservadoras que nos llevarían a unas vías de transición energética más lentas.

¿Uno de los problemas con los compromisos climáticos que se anuncian en las grandes cumbres es que más allá de ser insuficientes ni siquiera se cumplen?

"Es evidente que tendremos situaciones contingentes donde habrá que tomar medidas a corto plazo que serán incoherentes", según Jofre Carnicer 

Es mucho más fácil hacer un compromiso político sobre el papel que después realizar todas las transformaciones, tanto desde el gobierno como desde los diferentes actores sociales, que lo hagan posible. Los escenarios de mitigación que se plantean de cara a 2050 son ambiciosos y muy difíciles de llevar a cabo. Europa se planteó los objetivos 20-20-20 para el año 2020 [por el volumen de reducción de emisiones, de despliegue de las renovables y de incremento de la eficiencia energética] que se alcanzaron, al menos parcialmente. Tenemos que ver un poco los grises, es evidente que los compromisos son elevados y en ocasiones la acción queda lejos de la trayectoria esperada o se alcanza un cumplimiento parcial de los hitos inicialmente establecidos, pero también hay cambios en positivo y los tenemos que saber visualizar y valorar y presentar a la ciudadanía la complejidad del fenómeno. Son retos muy difíciles y es fácil marcar objetivos, pero es mucho más difícil alcanzarlos. Se trata de no vender escenarios donde parezca que estos cambios son fáciles, porque no lo son y requerirá mucho trabajo de todos los sectores -gubernamentales, privados, educativos, sociales...-, porque el cambio climático impacta en todos los actores de la sociedad.

El IPCC considera que para limitar el incremento de temperatura a un máximo de 1,5 grados, en 2050 el consumo de carbón, petróleo y gas deberían haberse reducido un 100%, un 60% y un 70%, respectivamente, en relación con 2019 a nivel global. Una disminución de esta magnitud implica un replanteamiento absoluto de la economía y del modelo productivo.

La mitigación del cambio climático implica transformaciones estructurales en la mayoría de sistemas que sustentan a nuestra sociedad: energéticos, productivos, patrones de consumo y también los sistemas de apoyo social, que es algo que se discute menos. Si en los próximos 30 años debemos hacer estos cambios estructurales, que son muy complicados, esto no sólo afecta a las estructuras de producción, afecta también a las formas de vida de la gente y los cambios requerirán de estados que tengan la capacidad de dar un apoyo a la ciudadanía que se vea impactada por ello. Es un reto muy grande y que alcanza a todos, no es sólo un reto gubernamental. Se deben establecer sinergias cooperativas que deben ser lo máximo de inclusivas, que velen mucho por la equidad social y que se planteen cambios integrados en todos los niveles. Es un gran reto y es muy difícil, pero está en nuestras manos ir haciéndolo posible en la medida en que seamos capaces de organizarnos y analizar la realidad desde la complejidad.

Uno puede pensar que uno de los elementos imprescindibles es un cambio radical en el modelo económico, porque el actual, basado en el crecimiento constante, es incompatible con la reducción de emisiones.

Algunos trabajos académicos, como los de Tim Jackson y Peter Victor en la revista Science, han revisado si es posible o no desacoplar el crecimiento económico de las emisiones y es un tema muy complejo, es un campo de discusión abierto. Los cambios que deben hacerse son a muchos niveles y quizás la palabra modelo económico queda simple ante la complejidad del mundo. Lo que tenemos es una realidad muy compleja que deberá cambiar en muchos de sus procesos (transporte, producción de energía y bienes, consumo, redes de apoyo social, entre otros) si queremos una sociedad que sea climáticamente sostenible.

¿Uno de los elementos que habrá que afrontar serán las resistencias a estos cambios, que pueden venir de actores diversos?

"Habrá acontecimientos que serán distintos de los escenarios arquetípicos que predicen los modelos, porque las sociedades son complejas", según Carnicer

Sí, todas las transformaciones que requieren estos procesos de mitigación pueden afectar a agentes económicos, pero también a familias, estilos de vida, patrones de consumo... y esto puede generar resistencias. Básicamente debemos hacer un esfuerzo de informar de la complejidad del cambio climático y de las transformaciones que implica la mitigación, y después debe haber probablemente unos sistemas de apoyo a nivel público que ayuden a la gente a facilitar los cambios. Estos sistemas con capacidad de acompañamiento y de protección son muy importantes y deben permitir no dejar a nadie atrás y deben ser inclusivos en el proceso tanto de deliberación como de acompañamiento social. Y esto es muy fácil de decir, pero es muy difícil de hacer.

Entiendo que lo ideal sería hacer un proceso de este tipo de forma planificada, pero no sé si quizá se puede llegar a la reducción necesaria de forma casi involuntaria, es decir, a través de un colapso provocado por el agotamiento o el coste excesivo de los combustibles fósiles, como apuntan algunos científicos.

Hay muchos investigadores que trabajan en modelizaciones que incorporan estos escenarios, por ejemplo, en Catalunya se ha realizado recientemente el modelo Medeas o los trabajos clásicos del informe Meadows de 1972. Son modelos que tienen este tipo de feedback, que pueden ser desde patrones de encarecimiento y agotamiento de los recursos materiales básicos o que haya dificultad en el suministro del petróleo o el gas, lo que se llaman procesos de pico, que pueden estar basados en el agotamiento, en procesos de cambio en los mercados, en cambios geopolíticos o en la interacción de ambos fenómenos. Estas situaciones son uno más de los escenarios posibles que debemos considerar. Si se producen estos fenómenos habrá que seguir planificando escenarios y trayectorias de mitigación y de acompañamiento social a la transición energética y, evidentemente, habrá acontecimientos que serán distintos de los escenarios arquetípicos que predicen los modelos, porque las sociedades son complejas.

El Mediterráneo está considerado uno de los "puntos calientes" del cambio climático, en el sentido de que es una región que se calienta más que la media global y que el nivel del mar sube más rápidamente. Es evidente que por el contexto socioeconómico la situación será más grave en la orilla sur que en la norte, pero si nos centramos en el caso de la Península Ibérica, ¿qué impactos podemos encontrarnos en las próximas dos o tres décadas?

La información que tenemos es que la región mediterránea y la Península Ibérica son un punto caliente en los impactos del cambio climático. En el calentamiento de los últimos años ya estamos en 1,5-1,6 grados, mientras que la media global es de 1,1 y, por tanto, el cambio climático puede operar un 20% más rápido en los ámbitos mediterráneos que en otras zonas. En las próximas dos décadas existen dos mensajes. Ciertamente tendremos elevados impactos de olas de calor o de fenómenos extremos de pluviosidad, pero el segundo mensaje es que también está en nuestras manos moldear el escenario climático que podemos tener en las próximas décadas. Ahora estamos en un cruce de caminos, que podríamos simplificar en que o bien nos esforzamos mucho y mitigamos las emisiones y, por tanto, vamos a trayectorias de calentamiento moderado, por debajo de los dos grados, o tomamos una trayectoria donde no hacemos grandes esfuerzos y no conseguimos reducir las emisiones. En este último caso, en las próximas décadas las predicciones son que tendríamos un elevado incremento de impactos como sequías, olas de calor y también las trayectorias de subida del nivel del mar serían más rápidas.

¿Cuáles serían las zonas especialmente afectadas por estos impactos?

"En el caso de Catalunya y con relación a la subida del nivel del mar, podemos hablar de los impactos en zonas como el Delta del Ebro", recuerda Carnicer

Tendremos una multiplicidad de zonas. En el caso de Catalunya y con relación a la subida del nivel del mar, podemos hablar de los impactos en zonas como el Delta del Ebro o todos los sistemas de humedales costeros, que son especialmente sensibles a estos fenómenos. Pero existen otros componentes vulnerables, como todos los sistemas alpinos, y después tenemos cerca del 60% del territorio con una gran masa forestal y que podría verse afectado por un incremento muy notable del riesgo de incendios y esto impactaría en todo el mundo rural. Hay cuencas hidrográficas, algunas por ejemplo en el Empordà, que ya están teniendo unos patrones de afectación por sequía y de déficit de agua muy notables y esto impacta en el sector primario, en otros usos e interactúa con problemas de gestión de acuíferos o de los humedales litorales. Con el aumento de los fenómenos extremos también serían puntos de vulnerabilidad el sector turístico y la gestión de costas, incluyendo las tramas urbanas. Y, por último, las grandes áreas urbanas como Barcelona, que sufrirían por las olas de calor, tanto por el efecto de isla de calor que se da como por la población envejecida. Tenemos impactos en todo el territorio y en los diferentes sectores y nos conviene con todos estos componentes establecer análisis profundos y buenas estrategias de acción que sean muy inclusivos y que aborden los fenómenos desde la complejidad.

¿Vamos también hacia un escenario de mayor déficit hídrico como consecuencia de una menor pluviometría, una lluvia más concentrada en pocos días y una mayor evaporación del agua debido al incremento de la temperatura?

Sí, vamos a un escenario de mayor déficit hídrico. Por un lado, porque las lluvias se harán más irregulares, serán menos aprovechables y, además, disminuirán en la zona mediterránea en componentes que podrían estar entre un 5 y un 20%. Además, el calentamiento atmosférico aumenta un proceso llamado demanda evaporativa de la atmósfera, de forma que a pesar de tener los mismos recursos hídricos en el subsuelo, se puede impactar fuertemente la transpiración de agua en los bosques, las plantas y los cultivos.

Más allá de la mitigación, ¿hay que llevar a cabo políticas de adaptación y, por ejemplo, hacer modificaciones en el urbanismo, especialmente en el litoral para prepararlo para el incremento del nivel del mar?

Sí, y de hecho, ya se está trabajando activamente en ello. Han salido informes recientes a nivel catalán sobre los procesos de adaptación en el sistema costero litoral [como el informe Un litoral al límit] y tanto a nivel español como a nivel autonómico se están planteando programas de adaptación multisectoriales (Estrategia catalana de adaptación al cambio climático 2021-2030 y el Plan Nacional de Adaptación al Cambio Climático). En el caso de la subida del nivel del mar, implica que debemos empezar a plantear políticas no sólo a escala de unas decenas de años, sino a una escala temporal muy elevada, porque son procesos que tardarán 100, 200 o 300 años y requerirán aproximaciones a corto, a medio y muy largo plazo. Algunas soluciones que nos podrán servir a medio plazo dejarán de ser útiles a largo plazo y esto significa que debemos pensar muy bien estratégicamente cómo hacemos estas aproximaciones.

¿A nivel agrícola también habría que apostar por determinados cultivos y abandonar otros?

Se trabaja intentando optimizar el uso de los recursos hídricos, en desarrollar o seleccionar variedades que sean resistentes a los fenómenos extremos, ya sean oleadas de calor, estreses de sequía o incluso heladas, y también en la planificación de los cultivos en relación con la gestión hidrográfica de cuencas. Ciertos cultivos y ciertos usos que consuman una gran cantidad de recursos hídricos tendrán que equilibrarse o racionalizarse.

¿Cuándo escucha proyectos como la ampliación del aeropuerto de El Prat o la voluntad de celebrar unos Juegos Olímpicos de Invierno en el Pirineo en el 2030 piensa que van en la dirección opuesta de la que debería irse?

"El reto ahora para las sociedades es saber leer el tiempo en el que vivimos", explica Jofre Carnicer

El reto ahora para las sociedades es saber leer el tiempo en el que vivimos y aprender a analizar estratégicamente qué nos conviene a una escala de varias décadas, teniendo en cuenta el contexto de cambio climático y también la evolución del contexto internacional. En todos estos procesos la sostenibilidad debería ser un elemento central en el análisis y también poder hacer diálogos sociales que puedan estar muy bien informados, complejos y ordenados. En el caso del aeropuerto de El Prat, la crítica de la sostenibilidad es obvia, y una segunda crítica que es importante es que como sociedad debemos aprender a dialogar y analizar en profundidad, dando voz al debate y fomentando un diálogo profundo entre los principales expertos y actores.

Porque, por decirlo coloquialmente, el proceso social de debate de la ampliación del aeropuerto fue muy desordenado y los retos que tenemos delante no los solucionaremos con este tipo de aproximaciones por parte de los actores principales. Tiene que haber un esfuerzo para fomentar los diálogos tranquilos y profundos con datos y ver las limitaciones de los escenarios ambientales que tenemos por delante.

¿Quizás a nivel social no se es suficientemente consciente del momento en el que estamos?

El cambio climático representa también un reto de análisis en profundidad. Vivimos en una sociedad que se comunica a partir de mensajes simplificados, en redes sociales fácilmente polarizables y, por tanto, es necesario también un cambio cultural y de valores y un cambio en los modelos de diálogo, de inclusión social y de análisis estratégico. Necesitaremos generar debates tranquilos, que informen a la gente de la complejidad del fenómeno, que la eduquen a pensar en la complejidad y dificultad de estos procesos y que la acompañen con sistemas fortalecidos de protección social, porque los retos que tenemos probablemente no son abordables con instituciones débiles, con instituciones polarizadas y con diálogos simplificados y donde se simplifican procesos complejos con blancos y negros que poco tienen que ver con las soluciones reales.

Serán procesos complejos y en los primeros intentos de solución las cosas no siempre saldrán bien enseguida y, además, nos encontraremos con que cuando hagamos pasos decididos habrá fenómenos que pueden ser contraproducentes. Por ejemplo, si como sociedad ahora damos un paso adelante para evitar más de 1.000 muertes anuales por la contaminación del aire en Barcelona con una zona de bajas emisiones, si no educamos a la gente en la complejidad lo que tendremos es una polarización de los debates en los que sólo vemos las consecuencias negativas para nuestra comodidad o interés personal en los usos de movilidad, sin considerar en los debates que es una política que es efectiva en términos de un bien común esencial como la salud ambiental.

El cambio climático puede aportar muchas situaciones similares. Un bien común como puede ser un clima mucho más estable y que nos permita una sociedad del bienestar en las próximas décadas requerirá este tipo de cambio cultural, de agentes sociales que sepan cooperar y dialogar en profundidad, que eduquen en la complejidad y que acompañen activamente en la inclusividad y la protección social. La otra opción es la polarización y la estridencia social y la venta de soluciones y visiones simples que no resolverán o afrontarán estratégicamente los problemas.