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Franquismo Núñez Seixas: "Franco no tenía el carisma de Hitler o de Mussolini, pero la Iglesia católica sacralizó su poder"

El historiador Xosé Manoel Núñez Seixas, autor del libro 'Guaridas del lobo' (Crítica), donde se plantea qué hacer con el legado de Franco.
El historiador Xosé Manoel Núñez Seixas, autor del libro 'Guaridas del lobo' (Crítica), donde se plantea qué hacer con el legado de Franco. Xoán Álvarez

Xosé Manoel Núñez Seixas (Ourense, 1966) ha recorrido los lugares de (des)memoria de los dictadores europeos para tratar de responder a una pregunta: ¿qué hacer con el legado de un tirano tras su derrocamiento o su muerte? La idea de su nuevo libro, Guaridas del lobo. Memorias de la Europa autoritaria, 1945-2020 (Crítica), surgió cuando le encargaron que presidiese la comisión de expertos, constituida a instancias del Parlamento de Galicia, para estudiar las vías legales para que el Pazo de Meirás fuese de dominio público. Tras investigar cómo se enfrentaron otros países a los fantasmas de Hitler, Mussolini, Salazar o Stalin, el catedrático de Historia Contemporánea y Premio Nacional de Ensayo 2019 ha hallado una respuesta para saber qué hacer con los espacios asociados a Franco, como el Valle de los Caídos

La caída de un dictador ayuda a esculpir su carisma, sobre todo si se vio forzado a exiliarse o su muerte fue trágica, como una ejecución o un asesinato.

Hay varias fuentes del carisma. Max Weber decía que es una cualidad casi mística e innata a determinadas personas capaces de ejercer un poder hipnótico y que, por esa razón, son irrepetibles. Los dictadores a veces no son personas carismáticas en sí mismas, pero se ayudan de mecanismos desde el poder —sobre todo de la propaganda, de la imagen y de las narrativas elaboradas desde arriba— para crear ese carisma.

Es cierto que la forma en que fallecen muchas veces los humaniza, aunque si mueren de manera violenta, si son ejecutados de manera sumaria e incluso si perecen defendiendo sus ideales en el exilio, se pueden convertir, además de en líderes carismáticos, en una suerte de mártires, lo cual aumenta todavía más su capacidad de atracción entre sus seguidores. Así ocurrió de alguna manera en Italia y en Rumanía. En cambio, cuando el dictador se muere en la cama, esto no se produce.

No cabe duda de que Hitler y Mussolini eran, además de histriónicos, carismáticos. En lo que respecta a Franco…

En Franco es difícil encontrar un carisma del estilo de los líderes fascistas de masas, como Mussolini, Hitler u otros que no llegaron al poder, como Codreanu [líder de la organización fascista y ultraortodoxa rumana Legión de San Miguel Arcángel, abatido en 1938 por los guardias de una prisión durante un supuesto intento de fuga]. Franco es un general de la contrarrevolución, más parecido a Metaxás en Grecia, a Horthy en Hungría, a Pilsudski en Polonia o a Mannerheim en Finlandia, aunque el caso de este último es el contrario, porque lo tenía todo para ser dictador y no quiso.

"Hay que desacralizar y resignificar el Valle de los Caídos, porque la piqueta no es una solución. Debe contextualizarse la iconografía religiosa y nacionalcatólica"

Lo que pasa es que Franco venía precedido de una cierta aura de vencedor —y de buen comandante militar— y después se le construyó desde el poder un halo de estadista prudente y responsable que seguía siendo una suerte de buen velador de los intereses de todos. Después, la propaganda transmutó de manera progresiva ese carisma en un Franco supuestamente pacificador, en un hombre de familia y en un abuelete de todos los españoles.

El carisma posee diversas facetas e incluso los dictadores más dotados de un carisma hipnótico, que son líderes de masas y capaces de entusiasmar a las multitudes, cuando están en el poder recurren a la burocratización y a la rutinización. Es decir, procuran que su carisma se convierta en algo repetitivo y suelen apelar a fuentes tradicionales de legitimidad del carisma. Es decir, imitan a los reyes. Así, Stalin imitó algunos gestos de los zares y el mariscal Tito, de la monarquía serbia e incluso de la austrohúngara.

También se revisten de legitimidad religiosa como salvadores y defensores de la fe. Es más, si tienen el apoyo de la jerarquía eclesiástica, como fue el caso de Franco con la Iglesia católica, ese poder casi se sacraliza. Además, son defensores de la nación, algo que se aprecia claramente en aquellos dictadores que son vistos hoy en sus países como fundadores de la independencia patria, a pesar de todo... Es el caso de Ante Pavelić en Croacia y de Jozef Tiso en la República Eslovaca.

Al hilo de su reflexión sobre la imitación de las monarquías, en el libro plantea una diferencia entre reyes y dictadores: el origen de los segundos en muchas ocasiones era humilde, de ahí la importancia de sus casas natales como "lugares de (des)memoria" vinculados a los tiranos.

Los dictadores pueden vivir y morir en palacios, pero no han nacido en ellos. Por otra parte, los monarcas tienen tumbas regias y el pasado real suele ser colectivo, por lo que hablamos de panteones y de criptas reales, de modo que una vez que los reyes entran ahí se deshacen de su cuerpo colectivo. Pensemos en ese ritual de la cripta de los Habsburgo, tan bonito en su momento e incluso recreado en el cine; o en el pudridero de El Escorial.

Cuando murió Lenin —quien a fin de cuentas fue un dictador y fundó una dictadura—, el nuevo Estado soviético quiso acentuar su legitimidad creando un mausoleo específico para señalar esa ruptura con el orden anterior y al mismo tiempo para edificar la nueva legitimidad de un nuevo tipo de Estado. En este sentido, los mausoleos de los dictadores son importantes porque —aunque pueden revestir formas religiosas o pertenecer a dinastías familiares, como en Corea del Norte— normalmente son individuales y marcan una ruptura y una nueva era.

Volviendo a las muertes trágicas como reforzadoras del carisma, en España podríamos remitirnos a la figura de José Antonio Primo de Rivera, puesto que Francisco Franco murió intubado y encamado.

Claro, por eso Primo de Rivera siguió siendo un mito para algunos falangistas que veían en él el símbolo de la revolución pendiente, es decir, el fascismo de la España fascista que no había llegado a ser. Jose Antonio —quien debe de ser uno de los pocos líderes políticos en el mundo al que todos llaman por su nombre de pila— es equiparable a Codreanu en Rumanía, pues murió perseguido por un régimen militar afín. Ni siquiera lo mataron los enemigos durante una guerra civil y simbolizó para sus partidarios, con un aura casi mística, la Rumanía que no era.

Lo que pasa es que en el culto a Primo de Rivera, pese a ciertos elementos —murió con 33 años, igual que Jesucristo—, buena parte de los falangistas intentaron desarrollar un culto más laico. Y esto se aprecia, sin ir más lejos, en todo el ceremonial del traslado de sus restos en 1940 desde Alicante hasta el Valle de los Caídos, en San Lorenzo de El Escorial. El documental que lo registró es una de las muestras más aquilatadas del ceremonial fascista en la España de Franco. Luego lo que viene es una cosa mucho más católica —o nacionalcatólica—, mucho más piadosa y, en definitiva, menos laica.

Si un dictador es derrocado por las armas, resulta más fácil resignificar los espacios asociados a él, pero eso no sucedió en España. Aunque, bien mirado, la revolución contra Caetano fue incruenta y, tras su exilio, Portugal miró hacia adelante.

Desde luego, Franco murió en la cama. Como él, Stalin falleció de muerte natural y tampoco fue fácil resignificar los espacios asociados a él. Y con Salazar pasó lo mismo. Tras la Revolución de los Claveles, en Portugal hubo un ajuste de cuentas con el pasado bastante radical: se desterraron nombres de calles, fue fácil retirar las estatuas de Salazar porque había pocas y su propio nombre casi desapareció de la esfera pública. Sin embargo, se olvidaron de su casa natal y de su tumba.

Precisamente por el hecho de que no había muerto de manera trágica tampoco se convirtió en una víctima. En cambio, Caetano falleció en el exilio de Río de Janeiro porque no quiso regresar a su país —aunque el expresidente Ramalho Eanes le ofreció a su familia repatriar los restos— y su entierro fue seguido por un número respetable de portugueses exiliados, partidarios del dictador que sucedió a Salazar.

Pero lo velaron en la distancia… Su muerte en el exilio no es comparable a la de Mussolini, ni posteriormente se ha rendido culto a su figura.

En absoluto, pues el régimen de Mussolini cayó después de una guerra civil no declarada. Ahora bien, no fue condenado en un juicio con luz y taquígrafos, sino ejecutado de una manera bastante sumaria, aunque se leyó una sentencia del Comité de Liberación Nacional Alta Italia.

De hecho, plantea que una muerte violenta puede crearle problemas a la democracia que sigue a una dictadura. Así, respecto al mito del martirio de Mussolini, décadas después los fascistas seguían concentrándose en la capilla familiar del cementerio de San Cassiano, en la villa natal del Duce. Por cierto, antes de recibir sepultura en Predappio, su cadáver permaneció escondido durante doce años en sitios tan singulares como un armario o el maletero de un coche...

La escena de la plaza de Loreto le repugnó a muchos antifascistas, entre ellos a Leo Valiani, porque consideraban que la legitimidad de una República no podía comenzar con un espectáculo como ese, con los cuerpos expuestos para que les escupa el gentío. Como dijo Ferruccio Parri, fue una "carnicería mexicana". De algún modo, siguió pesando esa suerte de fantasma del dictador del que no te has deshecho de la manera correcta. En cambio, otros murieron en combate y Hitler se suicidó.

Los rescoldos siguieron alumbrando la segunda mitad del siglo XX. Así, el Movimento Sociale Italiano fue el cuarto partido más votado en los sesenta, hasta que Gianfranco Fini lo refundó en 1995 y, ya al frente de la posfacista Alianza Nacional, llegó a ser ministro de Exteriores y presidente de la Cámara de los Diputados. Sin olvidarnos, claro, de otros partidos neofascistas como Fiamma Tricolore —que logró un europarlamentario—, La Destra, Azione Sociale —fundado por Alessandra Mussolini, también con escaño en Bruselas— o Forza Nuova.

El neofascismo contaba con una presencia regular y lograba casi el 10% de los votos en la Italia de posguerra. De hecho, la operación del traslado de los restos de Mussolini a Predappio tuvo mucho que ver en un principio con un cálculo electoral, pues la Democracia Cristiana necesitaba el voto de los neofascistas. Y, al mismo tiempo, persistía una mala conciencia por el modo en que había sido derrocado y, sobre todo, ejecutado.

El caso de Italia es un buen contrapunto para comprobar que no todo en Europa occidental ha sido un patrón exitoso y virtuoso de políticas de la memoria y de actitud crítica hacia el pasado dictatorial. Han persistido más zonas de sombra de lo que parece, que salen a la luz cuando se estudian este tipo de lugares de memoria.

Durante algunos años, en Madrid ha habido concentraciones importantes en la Plaza de Oriente y en el Valle de los Caídos. Ahora bien, el espectáculo al que se asistía en Predappio al menos tres días al año —con cientos de neofascistas desfilando por las calles, repletas de tiendas de souvenirs— es difícilmente imaginable en otros países. En ese sentido, el contraste con Alemania y con Austria es muy claro.

¿Lo achaca a un sentimiento de culpa y al pecado heredado, incluso entre los jóvenes?

Claro. En Alemania hay un discurso de memoria pública que ha apostado de manera decidida —no sin alguna contradicción de vez en cuando— por el análisis crítico del pasado, por hacer pedagogía cívica, por que los contenidos se expliquen en la enseñanza obligatoria... Eso es en buena parte modélico y tiene que ver con el hecho de que en Alemania también ha fructificado una cierta conciencia de que los crímenes del nazismo no solamente son un asunto interno, porque en su mayor parte tuvieron lugar fuera del país en guerras de expansión imperial, por lo que tiene una responsabilidad hacia el resto del continente. O sea, que el mundo los mira y los juzga.

"Hay españoles que siguen pensando: 'Yo no soy franquista, pero dejad a Franco en paz"

Pero hay que tener en cuenta que esto empezó a ocurrir desde finales de los setenta, cuando se emitió la serie de televisión estadounidense Holocausto, protagonizada por Meryl Streep, en la segunda cadena de la televisión pública alemana.

Durante los cincuenta, los sesenta y principios de los setenta, imperaba un cierto olvido y hubo alguna ley, aprobada de tapadillo, que exculpaba los crímenes cometidos por los pequeños perpetradores. La mayor parte de la justicia transicional —es decir, los juicios a los criminales nazis, tanto el de Núremberg como los subsiguientes— fue llevada a cabo hasta los años ochenta por los aliados, al igual que sucedió en Austria.

El Berghof fue bombardeado, incendiado por los propios nazis, saqueado por los aliados y finalmente demolido para evitar las visitas. Sin embargo, no lejos de la segunda residencia de montaña de Hitler en Obersalzberg, el Nido del Águila —concebido como una casa de retiro para el Führer— sigue siendo hoy una atracción turística. Y en otros casos, tanto en Europa como en España, de peregrinación nostálgica. ¿Qué haría usted con ese tipo de espacios: resignificarlos, dejarlos caer o dinamitarlos?

Una solución general es difícil. No todos tienen las mismas connotaciones, ni están en el mismo estado de conservación. Yo opto por resignificar lo que se pueda, porque resignificar y controlar lo que se hace en ellos evita que se conviertan en lugares de peregrinación.

Si los dinamitas, la peregrinación no acaba, a no ser que elimines hasta el último resto, como se hizo en la cárcel de Spandau, donde estaba recluido Rudolf Hess. Cuando falleció, la prisión fue totalmente demolida y se llevaron los escombros para triturarlos y tirarlos al mar. Así evitaron que fuesen hasta allí neonazis con el objetivo de llevarse un cascote de recuerdo, porque habían detectado que había gente que coleccionaba esos recuerdos.

Y si los dejas derruirse, se convierten en lugares de peregrinación igualmente y, además, incluso se alimenta un cierto rencor: "¡Fíjate qué están haciendo con la gran obra del Duce!". No hay ninguna solución perfecta y, aunque siempre sea un argumento en contra de resignificarlos, esos lugares están muy sobrecargados simbólicamente y parece que el fantasma del dictador prosigue allí. Tú no puedes evitar que los nostálgicos se mezclen con los turistas o con las excursiones escolares, porque además tienen derecho a visitarlos.

En todo caso, resignificar es complicado, porque no impide que siga siendo un lugar de peregrinación para los nostálgicos. Por ejemplo, ¿qué simbolizaría ahora la cruz del Valle de los Caídos, cuando muchos de los represaliados y sus familias no son creyentes?

Exactamente. El problema es que la cruz también tiene un cierto valor patrimonial y artístico. Por eso, una buena medida de compensación sería secularizar todo el recinto.

¿Quitarle la cruz desacraliza una basílica y una abadía?

No necesariamente, porque hay una gran cantidad de iconografía religiosa también entendida en un sentido monumental y nacionalcatólico. No es una solución perfecta, pero aplicar la piqueta de manera indiscriminada tampoco es una solución. Lo que hay que hacer es contextualizarla.

¿Qué haría entonces con el Valle de los Caídos?

Yo lo resignificaría y desacralizaría todo el espacio. Se podría pensar si se deja alguna capilla en el interior, porque obviamente puede haber familiares que quieran rezar a sus muertos, y también tienen derecho.

¿Cuándo…?

Si me preguntas qué, cómo, cuándo, si aquí creamos un espacio de meditación cívica, si allá tiene que haber un centro de interpretación, entonces... Desde luego, el recinto y los edificios son amplios, por lo que se puede pensar en diversos tipos de uso.

A usted se le ocurrió escribir este libro después de que le encargasen presidir la comisión de expertos, constituida a instancias del Parlamento de Galicia, para estudiar las vías legales para que el Pazo de Meirás fuese de dominio público. Ha sido un éxito conseguir que...

Si el Tribunal Supremo no lo echa atrás, sí... [la familia Franco recurrió la sentencia de la Audiencia Provincial de A Coruña que confirma la titularidad pública del Pazo de Meirás, si bien estipula el derecho de los herederos —quienes no poseyeron la finca "de mala fe"— a recibir una indemnización por los gastos de mantenimiento; por su parte, el Gobierno, que después del fallo renunció a acudir al Supremo, terminó rectificando tras las críticas de las asociaciones para la recuperación de la memoria histórica y finalmente también presentará un recurso ante el Alto Tribunal].

¿Meirás sin su contenido es menos Pazo?

Todavía no sabemos qué podrá llevarse la familia Franco: eso lo dictaminará la Justicia. En todo caso, Meirás no será menos Pazo, porque las llamadas Torres de Meirás en tiempos de Emilia Pardo Bazán fueron sometidas a una seria intervención arquitectónica y ornamental por parte de Franco en los años cuarenta. Por ejemplo, su despacho es hechura suya y el diseño de la biblioteca —donde recibió a muchos visitantes y donde incluso se celebraron Consejos de Ministros— es claramente herencia del dictador.

"El escudo de Franco debería permanecer en el Pazo de Meirás, porque es el testimonio de una época. Aunque habría que explicar qué es..."

Si los libros pertenecían al jefe del Estado y no a Franco como propietario particular, tendría sentido que se quedasen allí. Es una biblioteca tremendamente heterogénea donde se mezclan libros de Pardo Bazán con todo tipo de volúmenes, desde obras religiosas hasta de tratadística militar o de caza y pesca, pasando por informes encuadernados, colecciones de prensa y regalos institucionales al dictador, incluido un libro dedicado por Mussolini.

Incluso aunque se lleven parte de contenido, lo decisivo es la estructura arquitectónica y ornamental. Como el escudo de Franco o una serie de elementos que fueron añadidos tras ser trasladados desde otros lugares, si bien todavía desconocemos el origen de algunos. En ese sentido, no es tan importante lo que se lleven o lo que dejen.

¿Debería permanecer el escudo de Franco?

Yo creo que sí, porque es el testimonio de una época. Aunque habría que explicar qué es...

De hecho, en la antigua sede central del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP) entre 1925 y 1931, situada en el número 50 de la Schellingstraße de Múnich, sobrevive un águila nazi —sin cabeza ni esvástica— por razones arquitectónicas...

El edificio estaba a dos manzanas de mi despacho en la Universidad Ludwig-Maximilians de Múnich, donde impartí clases entre 2012 y 2017, antes de ejercer como catedrático de Historia Contemporánea en la Universidade de Santiago de Compostela. Lo interesante es que allí no había nada de nada: ningún aviso ni ninguna placa que señalase lo que fue. Buena parte de los viandantes lo sabía y, de vez en cuando, veías a algún japonés haciéndole una foto.

Lo curioso era que, si te fijabas bien, el dintel tenía un águila a la que le habían quitado la esvástica de la parte inferior de la escultura. Yo creo que no la retiraron por completo porque, al tener que soportar la carga, podría suponer un problema. No obstante, ese lugar está cargado de significado, porque además de la sede del partido nazi allí también estaba el estudio fotográfico de Heinrich Hoffmann, donde Hitler supuestamente conoció a Eva Braun.

En conclusión, los lugares de los perpetradores presentan más problemas que los de las víctimas, por lo que cabe preguntarse qué hacemos: ¿ponemos un cartel donde explicamos todo esto? ¿Recordamos que, a la vuelta de la esquina, le prohibieron la entrada en el Schelling-Salon porque Hitler se iba sin pagar?

Son preguntas que también se harán otros países, empezando por esta: ¿qué hacer con la tumba del dictador? Una vez solucionada la cuestión, siempre quedará su casa natal, su cuartel general, su residencia de verano o la cervecería donde pronunció sus primeros discursos. En todo caso, los nostálgicos siempre encontrarán un lugar de culto, aunque tengan que inventárselo.

Es una enseñanza de lo que hemos visto en otros países: si no hay una tumba, se venera la de los padres.

Caso de los padres del propio Hitler, si bien la desmantelaron hace casi una década para evitar romerías ultras en Leonding (Austria).

Todo es relativo, porque a veces la veneración tiene que ver con el carisma en vida del dictador y con las circunstancias de su muerte. Hitler despierta una fascinación especial, porque realmente empezó de la nada. Sin embargo, la tumba de su hermana en Berschtesgaden nunca fue un centro de peregrinación, porque Paula Hitler no tenía ningún carisma y era bastante limitadita. Sin embargo, la de sus padres sí que lo fue durante un tiempo.

Para evitar ese tipo de concentraciones, debemos aprender de otros países cómo fueron elaborando leyes y reglamentos, además de la retirada de sepulcros en el caso de que fuese necesario. Pero pensemos en el Azor, el yate de recreo de Franco: un empresario lo compró para convertirlo en un lugar de atracción para los nostálgicos y al final terminó llevándoselo a las afueras de un pueblo de Burgos, donde pretendía montar un complejo hotelero. ¿Qué pasó? Pues que no no iba ni el tato. Desde la perspectiva del turista facha, si puedes ir al Valle de los Caídos, para qué vas a desplazarte hasta Cogollos para ver un yate varado en un páramo.

Ahora bien, si Cuelgamuros ya no resultase atractivo, buscarán otros lugares: por ejemplo, la casa natal de Franco sigue estando ahí. Es un espacio reducido, de propiedad privada y perteneciente a la familia del dictador, aunque podrías encontrarte con gente que va a rascar la pared para llevarse un poco de arenilla de recuerdo, como sucedía en la de Hitler. Claro, eso refleja la diferencia de carisma entre Franco y el Führer, porque sus seguidores todavía siguen atribuyendo un cierto poder a este tipo de recuerdos, algo que no sucede con el Caudillo.

En el caso del líder nazi, todo lugar puede ser susceptible de ser reivindicado, de explotarlo como reclamo turístico o de convertirse en un destino ultra. Imaginémonos un cartel en la Academia de Bellas Artes de Viena: "Aquí no estudió Hitler porque no fue admitido". El comentario es irónico, aunque maldita la gracia, porque a saber qué pasaría si superase la prueba y no terminase siendo un artista frustrado con bastante mala baba.

Pero podría ser posible y los ejemplos, llevados hasta el infinito. Ahora bien, en algunos casos funciona y en otros, no.

Estados Unidos evitó que se venerase a Bin Laden haciendo desaparecer su cuerpo. Hay varias versiones, si bien la cuestión fundamental es que no se conserva su cadáver, como tampoco hay una tumba de Hitler [resulta interesante el itinerario de sus despojos, descrito por el autor de Guaridas del lobo]. No obstante, los neonazis, ante la falta del Führer, han venerado los restos de sus secuaces.

Exactamente ["La sepultura de Rudolf Hess, con la inscripción Me atreví, se convirtió cada 17 de agosto, aniversario de su muerte, en un lugar de peregrinación para cientos de neonazis, que pasaron de ciento veinte en 1988 a mil cien en 1990. Hess devino así en un mito movilizador para el fragmentado espectro político neonazi, y empezaba a atraer además a ultraderechistas europeos", escribe Núñez Seixas en su libro].

¿Se seguiría rindiendo culto a los tiranos aunque no existiesen los lugares del dictador?

Siempre habrá modos de hacerlo, pese a que los lugares de memoria continúan teniendo un atractivo especial. Por ejemplo, puedes crear una web o un perfil en una red social con un gran número de seguidores. Yo me he limitado a reseñar los objetos y los espacios físicos, si bien podríamos llevar los lugares de memoria hasta el absurdo.

En Europa del Este han aprovechado como atracción museística los lugares de los dictadores, como el cuartel de Targoviste donde fue ejecutado Ceaucescu. Una forma de hacer caja…

Totalmente, porque es una absoluta disneylandización de la memoria. Esa tentación también estuvo presente en Predappio con Mussolini o en Vimieiro con Salazar [Rui, sobrino del dictador, planteó la creación de un museo en su casa natal, una idea comprada primero por un alcalde socialista y después por otro conservador que llegó en 2008 hasta el Parlamento, donde fue frenada por el Partido Socialista, el Bloco de Esquerda y el Partido Comunista. Tras la adquisición de las tres casas de Salazar por parte del Ayuntamiento de Santa Comba Dão para crear el Centro Interpretativo do Estado Novo, en 2019 los diputados progresistas volvieron a tumbar la iniciativa, detalla en su libro Núñez Seixas, quien subraya que el debate sigue abierto].

Esa idea de la disneylandización responde al siguiente razonamiento: "Ya que vienen visitantes y turistas, aprovechémoslo y que paguen una entrada, coman, cenen y duerman aquí". En Europa central y occidental siempre ha habido reticencias, desde la movilización de sectores de la sociedad local hasta la intervención de los Estados.

Sin embargo, es bastante sorprendente y preocupante la falta de reflexión que existe en algunos países de Europa del Este, donde se lleva a cabo una explotación turística buscando el morbo. Por eso hablo del "síndrome de Drácula" en el caso de Ceaucescu, mientras que en la dacha de Sochi exhiben una figura de cera de Stalin. En algunos de esos Estados prefieren hacer tabula rasa del pasado y explotar el recuerdo de los dictadores, pero sin ofrecer una explicación crítica.

Acerquémonos más a España... ¿Qué pasaría si se crease un museo de la memoria en la antigua tumba de un dictador y luego apareciesen turistas, desconocedores del pasado, que posan ante la cámara haciendo el saludo romano como un gesto para ellos exótico?

En primer lugar, hace falta una legislación que impida la banalización de estos lugares. En el caso del Valle de los Caídos o del Pazo de Meirás, hablamos de espacios pensados para una pedagogía cívica, porque también irán escolares, por lo que debería haber una ley que prohibiese hacer apología de la dictadura.

Y al turista oriental, por ejemplo, que lo haga de broma habrá que advertírselo. Cuando visité Auschwitz​, varios chinos alzaron el brazo junto a un tren en Birkenau, pese a que había un letrero en inglés y una excursión de jóvenes israelíes a cincuenta metros de ellos. Yo temía que saltasen las chispas, pero cuando les intentabas explicar que había que respetar a las víctimas, te respondían: "Bueno, también en China hubo muchas víctimas... ¿y usted sabe algo?".

¿Cuándo deberían haber sido trasladados a Mingorrubio (El Pardo) los restos de Franco?

Mucho antes. Y, a ser posible, con mayor consenso, en una fecha no cercana a convocatorias electorales y sin luz ni taquígrafos. No obstante, más vale tarde que nunca… Otra cuestión es que el panteón del cementerio fuese sufragado por el Ayuntamiento de Madrid y que pertenezca al Estado, pero a veces se hace lo que se puede y cuándo se puede…

Antes comentaba que el traslado de los restos de Mussolini a Predappio le interesaba a la Democracia Cristiana, pues necesitaba el respaldo de los diputados neofascistas en el Congreso. Salvando el tiempo y la distancia, me ha recordado que la candidata del PP a la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, también precisará el apoyo de Vox para gobernar, por lo que no le interesa que el partido ultra se quede fuera del Parlamento regional.

En el caso del traslado de Mussolini, el Gobierno democristiano de Adone Zoli no preveía que allí surgiese un lugar de culto.

Tampoco pueden prever los madrileños qué sucederá si Vox forma parte del Gobierno regional.

Es más, uno de los intermediarios en el traslado de Mussolini a Predappio fue el socialista Pietro Nenni, comisario político de la Brigada Garibaldi, que combatió en defensa de la Segunda República.

Vamos, que no va a hablar de Ayuso ni de Vox...

Bueno, hasta cierto punto es algo parecido: la "mayoría natural" a la que aludía Manuel Fraga [respecto a la coalición de UCD y Alianza Popular]. Esa idea de que "no somos falangistas ni franquistas radicales, por lo que queremos que haya democracia y modernización, pero tampoco nos pasemos con los muertos ni con el Caudillo".

Me hizo gracia que, cuando se publicó el inventario de los bienes de Meirás y se pudo apreciar que había muchos objetos de propiedad pública, un conocido columnista gallego se mostró indignado en un periódico: "¡Qué decepción! Yo nunca pensé que Franco podía ser tan sátrapa y codicioso. ¡Hay que ver la oportunidad que ha perdido esta familia de tener un gesto generoso y donar Meirás!".

Y yo, entonces, pensé: "Me alegro de que a su edad se haya dado usted cuenta de esto, porque en sus tiempos de joven Guardia de Franco, pues bueno…". La anécdota refleja que hay un cierto sector de la población española que sigue pensando: "Yo no soy franquista, pero dejad a Franco en paz".