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El asesinato de Abe recuerda una de las caras más oscuras de Japón: un militarismo exacerbado en su sociedad

Ese militarismo exacerbado latente en lo más profundo de la sociedad nipona ha ido ganando espacio público en las últimas décadas y que la nueva geopolítica internacional podría avivar de forma peligrosa.

El ex primer ministro japonés, Shinzo Abe, en una imagen de Archivo.
El ex primer ministro japonés, Shinzo Abe, en una imagen de Archivo. EPA/KIMIMASA MAYAMA / EFE

El asesinato del ex primer ministro japonés Shinzo Abe por un exmilitar recuerda una de las caras más oscuras del Japón contemporáneo: la existencia de un militarismo exacerbado y latente en lo más profundo de la sociedad nipona, que ha ido ganando espacio público en las últimas décadas y que la nueva geopolítica internacional podría avivar de forma peligrosa.

El asesino de Abe se llama Tetsuya Yamagami y fue detenido tras perpetrar el magnicidio en Nara, durante un mitin del exmandatario por las elecciones al Senado del domingo. El atentado ocurrió al aire libre y sin apenas seguridad, algo bastante normal en una sociedad, la japonesa, donde los índices de criminalidad son muy bajos. El detenido es un desempleado de 41 años que sirvió en las Fuerzas de Autodefensa niponas, en concreto en la Marina, durante tres años, hasta 2005, y que estaba muy decepcionado con Abe. Algunas informaciones han indicado que tenía explosivos en su domicilio, también de fabricación casera.

Si bien ha habido otros ataques contra políticos, ha sido con armas blancas

El control de armas de fuego es muy estricto en Japón. Y si bien ha habido otros ataques contra políticos, ha sido con armas blancas, como ocurrió en 1960 con el líder socialista Inejiro Asanuma, acuchillado por un estudiante ligado a la extrema derecha. Es en este ambiente ultranacionalista donde está muy arraigado un militarismo descontento con el papel de verdugo que se sigue atribuyendo a Japón en buena parte de Asia por las brutalidades cometidas en la Segunda Guerra Mundial y sus prolegómenos en el este de Asia, especialmente en China y la península de Corea. Ese ultranacionalismo tiene amplias bases en la universidad, el ejército nipón, en determinadas grandes corporaciones y en ciertos grupos religiosos, opuestos al pacifismo impuesto durante la ocupación estadounidense de Japón, tras la derrota de la contienda mundial. Sin embargo, esas fuerzas reaccionarias rara vez han recurrido a la violencia y menos aún al asesinato de un alto dirigente cuya propia ideología podría rozar en algunos aspectos ese mismo nacionalismo extremo, como sucedía con Shinzo Abe.

El primer ministro revisionista

Abe, primer ministro en dos ocasiones, entre 2006 y 2007, y entre 2012 y 2020, no se caracterizaba por tener un mensaje pacifista. Siempre apostó por un revisionismo sin tapujos para eludir la condena histórica que recayó sobre Japón por los crímenes de lesa humanidad y genocidio cometidos durante la guerra mundial y en la invasión, años antes, del este de China y de la península de Corea. Abe evitaba así hablar de la matanza de Nankín a manos del Ejército japonés en 1937, durante la cual cerca de 300.000 personas fueron masacradas en esa ciudad del este de China. Decenas de miles de mujeres fueron violadas y después asesinadas en un salvajismo sin parangón que no se detuvo ni en niños ni ancianos.

Abe fue el artífice de muchos milagros económicos para apartar a su país del estancamiento y de la amenaza de la deflación

El político conservador, que tenía 67 años en el momento de su muerte, fue el artífice de muchos milagros económicos para apartar a su país del estancamiento y de la amenaza de la deflación, con estrategias controvertidas —las famosas "abenomics"— que fueron criticadas incluso en el seno de su fuerza política, el Partido Liberal Demócrata (PLD). Pero también fue el promotor de un lavado de cara de Japón por la vergüenza ante esos crímenes cometidos por su Ejército en la primera mitad del siglo pasado. En este sentido, Abe siempre defendió el espíritu militar tradicional japonés ante las reiteradas condenas de los países vecinos que sufrieron las atrocidades de las Fuerzas Armadas niponas en el pasado.

Hacia un nuevo Ejército japonés

Shinzo Abe no solo engrosó durante su mandato el presupuesto de Defensa de Japón e incrementó los lazos militares con Estados Unidos, sino que en 2014 hizo una añagaza legal para reinterpretar la Constitución impuesta por Washington tras la derrota nipona de la Segunda Guerra Mundial y así permitir que soldados japoneses pudieran combatir fuera del territorio nacional. El objetivo frustrado de Abe era cambiar esa Constitución pacifista de 1947 y sustituir el concepto de las Fuerzas de Autodefensa de Japón, como se llama eufemísticamente al "oculto" Ejército nipón, por el de unas fuerzas armadas convencionales que permitieran a Tokio enviar sus tropas allá donde fueran necesarias. También en apoyo de sus aliados, esto es, en defensa de la hoja de ruta geoestratégica liderada por Washington en el Pacífico.

En la reciente Cumbre de la OTAN celebrada en Madrid entre el 29 y el 30 de junio, la Organización Atlántica dio la bienvenida a dos nuevos miembros, Suecia y Finlandia. Pero más importante si cabe en el nuevo concepto estratégico aprobado en Madrid, que regirá en la próxima década la doctrina militar de Occidente, fue el espaldarazo dado a países como Australia, Nueva Zelanda, Corea del Sur y el propio Japón para afianzar sus relaciones con la Alianza Atlántica y tomar parte en futuros ejercicios militares en la cuenca del Pacífico y el Índico.

El peligro chino

La caracterización de China como un "desafío" (por su asociación con la Rusia invasora de Ucrania) definió en Madrid el nuevo contrincante común. El mismo al que Abe aludió numerosas veces durante su mandato, el más largo de un líder político nipón tras la Segunda Guerra Mundial. Shinzo Abe siempre acusó a China de pretender imponer por la fuerza su soberanía en las islas del Mar del Japón reclamadas por ambos países y de animar a Corea del Norte en sus acciones agresivas contra Corea del Sur y Japón.

Abe era un halcón en política exterior y de defensa, y nunca lo quiso ocultar

Otro ejemplo de su belicismo lo dio Abe el pasado 27 de febrero, tres días después de la invasión de Ucrania por Rusia. Entonces señaló que debería reconsiderarse la posibilidad de que Japón albergara armas atómicas estadounidenses y aseveró que si Kiev hubiera dispuesto de ese tipo de armamento, jamás habría sido atacada por Moscú. En este sentido abogó por un acuerdo con Washington y la OTAN para que Japón quedara protegido en ese ámbito por la Alianza Atlántica, dirección sugerida de nuevo en la Cumbre de Madrid por japoneses y estadounidenses.

Abe era un halcón en política exterior y de defensa, y nunca lo quiso ocultar, de ahí sus numerosas visitas a Yasukuni, como muestra de su apuesta decidida por el revisionismo histórico.

Yasukuni, la meca del militarismo japonés

Cuando el 15 de agosto de 2004, apenas despuntado el día, avancé por la avenida principal del Yasukuni Jinja, aún desconocía el enorme significado simbólico que este templo del norte de Tokio tenía para el espíritu militarista subyacente en Japón desde su derrota en la Segunda Guerra Mundial. A mitad de la cuesta un enorme "tori", ese arco típico de los templos japoneses, daba la bienvenida, o alertaba, a los visitantes de Yasukuni, un lugar sagrado erigido para honrar a las almas de más de dos millones y medio de japoneses muertos por la patria desde mediados del siglo XIX. Entre ellos 14 criminales de guerra.

De pronto, un anciano se dirigió hacia mí con muchos aspavientos y una retahíla de frases que no llegué a comprender. Llevaba poco más de dos semanas en Tokio como nuevo delegado de la Agencia EFE en Japón y no entendía apenas el idioma. Pronto advertí que el anciano no estaba indignado. Al contrario, no cesaba de hacer reverencias mientras un caudal de lágrimas le anegaba los ojos. Entonces, paró su arenga en japonés y pasó a un inglés bastante comprensible: "¡Gracias, muchas gracias por venir a rezar aquí por nuestros hermanos caídos! Es usted muy buena persona", afirmó el hombre.

Eran cercanas las ocho de la mañana y seguramente yo era el primer extranjero que acudía a Yasukuni en esa memorable jornada, en la que se conmemoraba el fin de la guerra en el Pacífico, en 1945. Allí, según me acercaba al tempo vi en los laterales de la avenida cómo varios pelotones de paramilitares uniformados de azul oscuro lanzaban gritos marciales y marchaban a paso ligero en extrañas maniobras para mí incomprensibles. Estaba en el corazón del militarismo japonés más recalcitrante.

Que yo visitara Yasukuni no le importaba a nadie, salvo quizá al anciano que vio en mí, erradamente, una muestra de la solidaridad internacional con los militares muertos allí venerados. Pero sí que tuvieron siempre mucha repercusión dentro y, sobre todo, fuera de Japón las visitas de sus políticos. Y entre quienes acudieron al altar de Yasukuni en varias ocasiones estuvo Shinzo Abe.

Mishima y la contradicción nipona

Hay un Japón subterráneo, en las sombras, que escapa a la visión de la sociedad moderada y afable que nos llega a Occidente. Un ejemplo de la pervivencia de este Japón arraigado en viejas doctrinas militares lo ofreció el 25 de noviembre de 1970 uno de los mayores escritores que han dado las letras niponas, propuesto tres veces para el premio Nobel, aunque sus ideas extremistas dieron siempre al traste con esta posibilidad. Ese día, Yukio Mishima, acompañado de cuatro compañeros, asaltó el cuartel general en Tokio del Comando Oriental de las Fuerzas de Autodefensa. Allí, tomó como rehén al comandante de la institución y trató de forzar un golpe de estado militar con el objetivo de restaurar al emperador de Japón todo el poder del pasado. Fracasó. Entonces, embebido en lo que él creía que era un sagrado compromiso con su país e incapaz de superar el abismo trágico y grandilocuente al que le habían llevado sus ideas militaristas, el autor de El mar de la fertilidad cometió seppuku (harakiri) ante sus hombres.

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