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El 'casus belli' de Ucrania: Europa, la OTAN y Rusia abren el debate sobre seguridad más trascendental desde el fin de la Guerra Fría

Vladimir Putin ha hecho de las intenciones de Ucrania para formar parte de la OTAN y de la UE un 'casus belli'. Esta semana se producen las conversaciones para evitar un enfrentamiento bélico a las puertas comunitarias y para sentar los pilares de la nueva arquitectura en la seguridad y defensa europea.

11/01/2022 Vladimir Putin
Vladimir Putin en la Rueda de Prensa anual en Moscú. Kremlin/ dpa / Europa Press

Tres palabras de 1990 están agitando las fronteras europeas 30 años después. "Not an inch" (Ni un centímetro). Son las garantías (verbales) que Estados Unidos y Alemania dieron a Mikhail Gorbachov a través de James Baker, por entonces secretario de Estado estadounidense, sobre la no ampliación de la OTAN hacia el Este. No aparecen en ningún tratado oficial, pero Vladimir Putin, presidente ruso, se siente traicionado por Occidente, que desde 1999 ha incluido a 14 países del centro y este europeo en la Alianza Atlántica. Los países bálticos lo hicieron en la gran ampliación de 2004, un paso que para el ex agente del KGB no suponía en aquel momento "una tragedia".

Pero es la perspectiva de la inclusión de Ucrania y Georgia lo que ha terminado de azuzar los tambores de guerra en las puertas europeas. En 2008, la declaración de Bucarest abrió el camino de la OTAN a estas dos repúblicas ex soviéticas, que Moscú considera áreas de su influencia. Una promesa sobre papel mojado porque la incorporación de Kiev y Tiblisi es una quimera, principalmente por la oposición de Francia y Alemania.

Esta es una de las líneas rojas de Vladimir Putin: obtener garantías vinculantes de que no entrarán en la órbita del Artículo 5 –el botón nuclear de la OTAN que establece que si un país del foro es atacado, lo son todos-. El presidente ruso encara con esta exigencia la tanda diplomática que se celebra a lo largo de esta semana en Ginebra, Viena y Bruselas para enfriar los fantasmas de un conflicto bélico. El nuevo año arranca con una ofensiva a nivel internacional que busca por todos los medios afianzar la desescalada. Durante los últimos meses, el Kremlin ha desplegado más de 100.000 soldados y artillería pesada en la región del Donbás, incrementando el riesgo "real" de una nueva guerra con tintes de pasado.

La retórica de Guerra Fría ha regresado a las fronteras europeas. Desde hace semanas, la UE mantiene la respiración ante los rumores de una nueva invasión rusa en Ucrania siete años después de la invasión de Crimea. A las conversaciones celebradas el lunes en Ginebra entre las delegaciones estadounidenses y rusa le sigue el miércoles el primer Consejo OTAN-Rusia de los últimos dos años. El multilateralismo y el diálogo quieren abrirse paso en medio de la desconfianza mutua y creciente entre Rusia y Occidente.

Las que están en marcha son una de las negociaciones más trascendentales para la seguridad europea desde el fin de la Guerra Fría y la desintegración de la Unión Soviética en el mismo año en el que se produce el primer centenario de su nacimiento. Pero las expectativas de alcanzar resultados tangibles en los principales temas en juego son muy bajas. Estados Unidos y los europeos quieren caminar a paso piano, pero Rusia quiere resultados rápidos y concretos. Algunos analistas apuntan a que Putin podría forzar el fracaso de las negociaciones para responsabilizar a sus oponentes y utilizarlo como una lanzadera para justificar la retórica bélica ante sus ciudadanos. Los grandes desarrollos podrían suceder tras las conversaciones, en lugar de ser fruto de ellas.

¿Cuáles son las posturas?

El Kremlin aterriza en la cita con borradores de dos tratados en los que ha excluido deliberadamente a los europeos. En Bruselas hay mucho malestar por la bilateralidad entre Moscú y Washington para tomar decisiones sobre la seguridad y la defensa europea. Las voces de la capital comunitaria envían a ambos un mensaje: los tempos de Yalta, cuando Churchill Roosevelt y Stalin dividieron Europa por zonas de influencia tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, han quedado atrás. "No habrá seguridad en Europa sin seguridad en Ucrania (…) Los rusos tendrán que hablar con nosotros les guste o no", señaló recientemente Josep Borrell, Alto Representante de Exteriores de la UE.

Pocos saben qué quiere Putin o cuáles son sus intenciones. Ser impredecible es una de sus virtudes. Pero el presidente ruso sí ha establecido una hoja concreta de demandas –hasta la fecha inasumibles para su contraparte-: garantías de que Ucrania y Georgia o cualquier nación ex soviética no se unirán a la OTAN, alejar las maniobras militares en el flanco oriental euopeo y una moratoria sobre misiles de corto y medio alcance. Para Occidente se trata de exigencias inasumibles propias de otros tiempos y reiteran que Rusia no tiene derecho a dictaminar o vetar el futuro de Estados soberanos.

Por su parte, la principal demanda occidental es la retirada de los soldados que se agolpan en el Donbás, el respeto de los acuerdos de Minsk y fomentar una relación de transparencia. Su línea roja es, contrariamente, que no está dispuesta a aceptar los chantajes o limitaciones del Kremlin al futuro europeo de Ucrania.

Pero para su pesar, los europeos son poco más que espectadores. La UE está dividida y apenas tiene voz y voto en este terreno de juego. El principal foro de respuesta está siendo la OTAN –a la que no pertenecen todos los Estados miembros-. El tono de los aliados sí se ha elevado durante los últimos días. El secretario general, Jens Stoltenberg, ha advertido de que la amenaza es muy seria, aunque ha insistido en que la prioridad es "prevenir un conflicto y no librar una guerra". "La maquinaria, la retórica y la herencia pasada envían un mensaje de que existe un riesgo real de un nuevo conflicto armado en Europa", ha reconocido recientemente.

Un contexto internacional volátil

La aversión entre Moscú y Bruselas y Washington es una contante. Desde 2014, las relaciones no han cesado de encadenar mínimos históricos. La invasión de Ucrania, las campañas de desinformación o los presuntos envenenamientos a los opositores rusos han provocado un clima de tensión y enfrentamiento incesante. La coyuntura global tampoco ayuda a la estabilidad y la predictibilidad. El sistema multilateral nacido tras la Segunda Guerra Mundial está siendo cuestionado y los balance de poder, alterados. El tándem Estados Unidos y UE ha sufrido grietas con Afganistán, Trump o el viraje de Washington a Asia. La prioridad estratégica de la Casa Blanca es confrontar a China y ya no tanto proteger a Europa. Y Rusia está aprovechando estos mares de cambio.

Reconocido por él mismo, Putin anhela proyectar a su país como la potencia fuerte y firme que fue en su época dorada. A nivel interno, Rusia está asfixiada por la pandemia y por el poco despegue de su economía. A ello se suma la gran inversión en conflictos de países terceros como Siria o Libia. El apoyo político y económico a Bielorrusia. Y en las últimas horas, la inestabilidad en Kazajistán, país al que ha enviado efectivos militares para sofocar las protestas antigubernamentales.

¿Miedo a la OTAN o miedo a la UE?

Algunos alistas afirman que el verdadero temor del presidente ruso es la aproximación de Ucrania, país al que ha llegado a considerar una extensión de Rusia, al bloque comunitario. Ser miembro de la Alianza Atlántica te brinda el escudo de la protección y defensa de 30 aliados, como comprobó Estados Unidos tras el 11-S. Pero ser parte de la UE es un impulso para el desarrollo económico, los derechos fundamentales y la prosperidad, como comprobaron los países del Este tras la gran ampliación de 2004. Algunos análisis geopolíticos recogen que Putin querría evitar la implosión democrática de Ucrania, que podría tener efecto dominó en una Rusia con gran presencia de oligarcas y de corrupción.

Con este telón de fondo se verán las caras la OTAN y Rusia el miércoles. El jueves, el debate se elevará al marco de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE). Y un día después, los ministros europeos de Asuntos Exteriores se reúnen en un encuentro extraordinario en Francia –que ostenta la Presidencia del Consejo- para pasar revista a los progresos. Todo ello llega precedido por calientes declaraciones en ambas bancadas. Mientras Sergei Lavrov, ministro de Exteriores ruso, ha calificado a la OTAN de "proyecto geopolítico" que quiere "controlar los territorios que quedaron huérfanos" tras el colapso del Pacto de Varsovia y de la URSS, su homólogo estadounidense, Anthony Blinken, ha asegurado que el deseo de Putin es restablecer la lógica de la Unión Soviética para condicionar y dictar el camino de los países que pertenecieron al bloque comunista.

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