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Néstor Majnó Ucrania convierte al mayor líder militar anarquista en un héroe del 'merchandising'

Néstor Majnó fue el líder a Armada Negra, que estuvo cerca de lograr el sueño comunista libertario, pero los bolcheviques lo abortaron y él murió en la capital francesa. Ahora, sus últimos descendientes vivos han dado el visto bueno a la repatriación desde París de sus restos para llevarlos a su ciudad natal, llena 'merchandising' asociado a su distorsionada historia. 

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La estatua de Néstor Majnó, en Guliai Pole, galvanizada y dorada, ha reemplazado a la de Lenin. / Ferrán Barber

Un escultor local ucraniano llamado Alexander Milov convirtió hace un par de años en Darth Vader una gran estatua de Lenin a remolque de la ley de descomunistización de Petro Olosenko. Le alentaba, sobre todo, el odio que suscita cualquier símbolo soviético o vagamente emparentado con lo ruso. La mayoría de los ucranianos preferirían levantar un altar a Belcebú que mantener los bustos de los viejos dinosaurios de la dictadura del proletariado.

Claro que lo de Vader fue en Odessa, a muchos cientos de kilómetros de la villa campesina que se interpone en el camino de Kiev a Mariupol (Donbass). Guliai Pole (Ciudad Libre) no es la clase de ciudad a donde uno llegaría por azar. Se precisa determinación para desdoblarse en diez mil encrucijadas de caminos o para conducir cientos de leguas sobre la maraña de reventadas carreteras secundarias que conectaban los 'koljoses' (granjas colectivas) de la estepa en los tiempos de la Nomenklatura.

La peculiaridad de Guliai Pole es que allí se ha reemplazado la vieja estatua de Vladimir Ilich 'Lenin' por la de un guerrillero anarquista, quizá el más grande de la historia, y también el menos conocido: Néstor Majnó, el líder de la Armada Negra, su hijo predilecto, el hombre que más cerca estuvo nunca de crear, junto a sus camaradas, un espacio regido por los principios antiautoritarios. Se trata del llamado Territorio Libre de Ucrania o más popularmente, la 'Majnovchina (1919-1921). Su programa era sencillo. Ni Dios, ni patria, ni patrón. Ni imperialistas europeos, ni bolcheviques rusos, ni nacionalistas ucranianos. Ni el hetmanato de Skoropatski, ni los burgueses de Petliura, ni la dictadura del proletariado. Como es sabido, fracasó.

La avenida del sicario de los nazis

Mientras en Kiev dedican nombres de avenidas a sicarios de los nazis como Stepan Bandera o en Vinnytsia organizan homenajes a asesinos de judíos como Simón Petliura, en Guliai Pole algunos rinden culto a un anarquista. Bien es verdad que se le ha despojado de su verdadera herencia ideológica para convertirlo en una suerte de corsario justiciero que vivió en el primer tercio del pasado siglo al servicio de los desposeídos campesinos del sureste del país.

Yuri Ivanovich, último descendiente del líder anarquista visita la tumba de los padres y hermanos de Néstor, entre ellos, su bisabuelo, en el cementerio de Guliai Pole. / Ferrán Barber

En la Ucrania del judío Volodimir Zelensky –el último presidente electo gracias, entre otras cosas, al apoyo del oligarca Kolomoiski–, como en la de sus predecesores Porosenko y Yulia Timoshenko, el anarquismo es una especie de raquitismo de la inteligencia, un tumor infeccioso del que es preciso preservarse, alguna clase de patraña relacionada con Rusia y con el comunismo que aleja al país de Europa y de la OTAN, de Donald Trump y de sus directrices neoliberales.

Para elevar a Majnó hasta el altar de los héroes que proliferan en parejo al odio hacia los rusos era preciso, por lo tanto, desconectarlo de su verdadero legado comunista libertario

Para elevar a Majnó hasta el altar de los héroes ultranacionalistas que proliferan en parejo al odio hacia los rusos era preciso, por lo tanto, desconectarlo de su verdadero legado comunista libertario. Una vez falseado su pasado, incluso los ultranacionalistas de Svoboda o los paramilitares del National Corps pueden ponerle cuatro velas o meterlo en un sagrario con Bandera, lo que, de hecho, sucede. Algunos lo llaman “nacional-majnovismo”. Otros, usurpación de la memoria.

El malentendido aún es mayor cuando las gentes de Svoboda se pasean por las calles con banderas rojinegras. No es la primera vez que confunden a los pocos anarquistas de Kiev con los radicales de la Ultraderecha. Claro que en el caso de los seguidores de Bandera (en sus horas más bajas tras su fracaso de las elecciones), el rojo y negro está invertido, y separado por una línea horizontal. Algunos relacionan los colores con el concepto de la sangre y tierra de los nazis.

Los castaños de Ciudad Libre

Alborea en Guliai Pole y un madrugador empleado de la limpieza da zarpazos con el escobón junto al jardín de lirios donde erigieron la estatúa de Majnó, la única que existe en el país, un delirio muy 'kitsch' que alguien ha galvanizado con una capa de dorado. Si llegada la Navidad le ponen luces, sólo le faltaría ya una cabra y un violín gitano. Nadie diría que está junto a una réplica de aquel bajito hombre de campo libertario.

“Está pidiendo a gritos que alguien la llene de pintadas”, nos diría algunos días antes un anarquista. “¿Podrías pegarle tres de éstas? Seguro que a él le hubiera gustado”, añade mientras extiende un par de pegatinas que después nos traducen: “Guerra a los bastardos del sistema”.

Los hechos pueden reescribirse y falsearse, algo que, de hecho, sucedió. Pero la historia alternativa de su gesta habla de la defensa de la autonomía de los pueblos y de cómo Majnó y sus camaradas campesinos terminaron con las servidumbres del Estado y sus señores, los terratenientes menonitas. Como un engrudo negro se extendieron alrededor de Guliai Pole hasta alcanzar Crimea y las riberas del Azov. “Era una especie de bandolero; el asesino que mató al hermano de mi bisabuelo”, nos dice una muchacha en el paseo marítimo de Berdiansk, al tiempo que nos aclara que su antepasado era una suerte de atamán o de aristócrata, lo que, de algún modo, explicaría su destino.

Trotsky y Stalin temían más a los anarquistas que al capitalismo

No son pocos los que, incluso en la ciudad natal de Majnó, se refieren a él como un asesino o un forajido. Así lo retrataba, de hecho, la película soviética Jmuroe utro (1959). El Majnó de Vitaly Matveev era una especie de proscrito ignorante de pulsiones viscerales. Cuando Jrusev se hizo con las riendas del Kremlin a finales de los 50, los bolcheviques ya habían exterminado toda traza del pasado anarquista de Ucrania, proporcionando una visión de la epopeya de los 'negros' que les equiparaba a una partida de criminales nihilistas. Y aquella idea arraigó y a menudo se mantiene incluso a día de hoy. Trotsky y Stalin temían más a los anarquistas que al capitalismo.

Tras el Euromaidán, el sesgo en la percepción de su pasado sólo podía ir a peor. Y Majnó sería lo mejor que tienen en su búsqueda incansable de héroes nacionalistas. Sería perfecto de no ser porque Majnó era un internacionalista convencido. Claro que eso no parece inquietar mucho a los mentores nuevos que le han salido a Néstor en Kiev entre la casta ultracorrupta de políticos locales.

Pirata anarquista

A su leyenda de pirata aún contribuyó más la bandera que portaban sus jinetes: la calavera y las tibias cruzadas de la 'jolly roger' impresa sobre un harapo negro. Terror llegó a infundir entre las tropas austro-húngaras a las que golpeaba, aquí y allá, sirviéndose de sus míticas 'tachankas', un carruaje guiado por tres hombres en cuya parte posterior se situaba una ametralladora. Respetaba la vida de los soldados que capturaba y los mandaba a casa con un puñado de libelos anarquistas. Ni siquiera impuso el anarquismo nunca entre las masas populares campesinas que se levantaron junto a él porque ello contradecía su sagrado sentido de la libertad humana.

Réplica de una 'tachanka', en el museo local. / Ferrán Barber

Hay dos réplicas de una 'tachanka' en el museo local de Guliei Pole, pero ni una sola referencia al anarquismo. Una vez más, la música de su canción ha sido censurada. “Era un actor local, que terminó convertido en asesino tras volverse anarquista”, nos dice una estudiante de un centro educativo. Y su profesora le corrige, “era un monárquico anarquista”. ¿Cómo?

La versión de la maestra –una señora tan gentil como ignorante de la historia– es todavía más confusa que ese mito popular que lo asocia al ideal romántico del Sich de Zaporiyia, un territorio semi-autónomo situado en el centro del país, y controlado por los cosacos más irreductibles, entre los siglos XV y XVIII.

Néstor falleció pobre, solo y enfermo de tuberculosis en París cuando no había cumplido los 45 años

Todo el mundo se desvive en Guliei Pole por ayudar al periodista. Todo el mundo, en realidad, en Ucrania, es extremadamente hospitalario y posee un sentido de la dignidad que enmascara su pobreza. Ahora se les ha metido en la cabeza a alguien sacar a Majnó del cementerio del Père-Lachaise y ya tienen la conformidad de la familia. Néstor falleció en París cuando no había cumplido los 45 años. Murió como morían los buenos anarquistas: pobre de solemnidad, solo y enfermo de tuberculosis. No había un solo país de Europa, desde su natal Ucrania a la capital de Francia, donde no hubiera sido encarcelado, torturado y humillado.

Nos dicen que la idea de traer de nuevo a Ucrania sus restos mortales fue de un alto funcionario de Interior, de un político, de Aleksandr Ishchenko. Quieren turistas y necesitan las cenizas. Han ideado incluso una especie de obelisco virtual, jalonado por dos escalinatas, para situar sus restos, si es que en verdad queda todavía algo. Entre tanto, guardarían sus restos en el museo local, el único lugar de este planeta donde los militares del Gobierno trabajan, sin saberlo, bajo el retrato de un comunista libertario. Nada de política, en todo caso, en la lección que recita la guía de carrerilla. “La ametralladora de la tachanka pesaba 26 kilos; el carruaje era tripulado por tres hombres y pesaba...“. Sabe mucho de pesos, y poco o nada de Emma Goldman.

En Ucrania no es nuevo lo del turismo revolucionario. Muchos occidentales viajaron a Kiev o hasta el Donbass en el punto álgido del Euromaidán para unirse, según sus aptitudes y predisposición ideológica, a los nacionalistas radicales o a las pretendidamente comunistas fuerzas proxies de los rusos. En un penal de la capital de Ucrania terminó uno de estos últimos, un brasileño al que han condenado un tribunal a trece años. Lo tenía más fácil los que buscaban el batallón de Azov, donde se sabe a ciencia cierta que hubo en su día un puñado de anarcofascistas hasta arriba de anabolizantes y enterrados bajo las runas de sus tatuajes. Soñaban todos con el Walhala.

'Merchandising' de Majnó

En el centro de Guliai Pole, han comenzado a menudear puestecitos de souvenirs con jarras e imanes de nevera y pequeños vasos de chupito con su busto en actitudes épicas. Se asemeja más a Napoleón que al despierto campesino que era. A unos pocos metros, en lo que fue en su día el cuartel general de la Majnovchina, y lo que es hoy el edificio del concejo local, han adherido a la pared una placa conmemorativa, enmarcada entre los bellos castaños en flor que jalonan las limpias calles de la Ciudad Libre durante la primavera. Es como si Néstor se obstinara en regresar desde la nebulosa cósmica donde flota la memoria de los guerreros anarquistas; es como, si al igual que el Cid, volviera a cabalgar de nuevo sobre una camiseta china de algodón para rescatar a sus paisanos de la mugre sempiterna. Ascaso, García Oliver y Durruti –a quienes conoció en París– le lloraron.

Placa dedicada a Néstor, sujeta a la fachada del Ayuntamiento de Guliai Pole, antaño cuartel general de los majnovistas. / Ferrán Barber

“Queremos que venga la gente a vernos”, dice Stanislav Overko, el propietario de un café decorado con fotos de Majnó mientras tiende, a modo de presente, un retrato del guerrillero serigrafiado sobre una plancha de castaño. El pueblo entero se ha movilizado para ayudar al reportero. 

Se ha ofrecido a traducirnos Anna Chuchko, y con ellos visitamos el cementerio. Allá yacen sus padres, y dos de sus cinco hermanos. En realidad, ya habíamos estado en el lugar un día antes junto a una profesora y tres alumnos de la escuela local. Ellos nos ayudaron a encontrar a Yuri Ivanovich, el último descendiente vivo de Majnó, bisnieto de Emelian, el hermano de Néstor asesinado por los alemanes.

-Néstor era el más joven -nos aclara Yuri-. Recuerdo que mi abuela me contaba que fue un niño muy especial. Sus padres aún están enterrados en el cementerio local...
-¿Y os habéis propuesto traerlos?
-Sí, hay gente no indiferente a la memoria de Néstor que está dispuesta a financiar la repatriación de sus cenizas.
-¿Anarquistas?
-No. No son anarquistas... Ya no quedan anarquistas (hecho incierto). Sólo algunos en Moscú. Hemos hecho los trámites precisos para traerlo y ahora sólo nos resta entregar la documentación que acredita que yo soy descendiente de la familia, lo cual no es un problema porque tengo los papeles. No es preciso ni realizar pruebas de ADN.
-¿No es curioso ver a Néstor retratado con Bandera?
-No son comparables. Vivieron en tiempos y territorios diferentes.
-Sí, esa es la cuestión. Dudo que a tú tío-bisabuelo le hubiera gustado ir al cine con Bandera.
-Tuvieron enemigos comunes y ambos lucharon por la independencia de Ucrania [falso], pero Bandera era una persona contradictoria. Mucha gente cree que cooperó con los fascistas, claro que no está probado. Yo no siento ningún respeto por él, y tengo una opinión muy negativa sobre su persona... Néstor era un internacionalista y Bandera, un nacionalista.
-¿Llegaste a conocer a su familia?
-Le oí historias a mi abuela Bárbara, y luego, en 1974, su mujer Jalina y su hija vinieron a Guliai Pole, y nos hablaron de aquellos tiempos en que vivieron en Rumanía, Polonia o Francia. Jalina contó que se divorciaron en Francia. Dijo que incluso su hija se cambió el apellido porque a los franceses no les gustaba Néstor y eso les creaba muchos problemas, pero no sirvió de nada. Todo el mundo sabía quién era... Ambas murieron en Kazajistán, a donde fueron deportadas por Stalin. La hija falleció en 1992...

La desgracia del bolchevismo

“¡Que la experiencia de Rusia sea un aviso para vosotros. ¡Ojalá que la desgracia del bolchevismo ruso nunca arraigue en vuestro suelo revolucionario!”, le escribió Majnó a los anarquistas catalanes en abril de 1931, tres años antes de su muerte. Majnó sabía de lo que hablaba. Después de liderar uno de los mayores levantamientos campesinos de la historia; después de haber sido capaz de plantar cara a los zaristas de Denikin; a los nacionalistas ucranianos de Petliura; a los señores alemanes de las granjas menonitas; a las tropas austro-húngaras y a todos los ejércitos enviados con los europeos; después de haber logrado controlar un enorme territorio en el sureste de Ucrania, y haber sido capaz de conferir a la insurrección de varios millones de hombres y mujeres una orientación anarquista; después de haber hallado el modo de defender los logros de la Revolución en Ucrania, fue traicionado por Lenin y entregado a las fieras bolcheviques, junto al resto de sus camaradas. Entre veinte y treinta mil de ellos fueron masacrados.

Trotksy se ocupó personalmente de borrar toda traza de memoria de aquel experimento libertario, de aquella súbita erupción de humanismo radical. Todo lo que queda hoy es una estatua, una placa, un museo con los zapatos de Majnó –a quienes los campesinos rebautizaron a su pesar como 'padre'– y su memoria traicionada. ¿Puede haber algo más bizarro que el banco central de Ucrania le dedicara a un anarquista una moneda?

"Quieren repatriarlo para convertirlo en una 'marca registrada' que atraiga a los turistas extranjeros", grupo de amigos de Néstor Majnó

La 'gente de la diáspora' se opone a que traigan sus cenizas. “Quieren repatriarlo para convertirlo en una 'marca registrada' que atraiga a los turistas extranjeros. ¡Ya imaginamos montañas rusas con tachankas! Convertir a Majnó y los campesinos en un símbolo de la lucha nacionalista es ridículo porque a él no le importaba el origen de los trabajadores, fueran rusos, judíos, griegos o armenios”, escribían hace algunas semanas un grupo de anarquistas autodenonimados los 'amigos de “Néstor Majnó”. Irónicamente, Petliura fue ejecutado por el majnovista Samuel Schwarzabard.

Sólo quedan hoy en todo el país un centenar de anarquistas, jóvenes antifascistas todos, de grupos como Rev Dia. También hay un puñado de comunistas libertarios rusos, pertenecientes en su mayoría al colectivo Narodnaya Samooborona, que han salido huyendo del FSD, el KGB de Putin. Dicen que la verdadera memoria de Majnó vive sólo inalterada en el fuego que ellos portan.

La administración ucraniana no ha consensuado todavía con las autoridades francesas los términos en los que ésta debería ser realizada. Se cuenta con el beneplácito verbal de la familia conocida y accesible, pero los galos van a exigir pruebas fehacientes de la relación consanguínea con Majnó del más cercano de sus allegados, a quien en última instancia parece corresponder la decisión de traerlo de nuevo a su tierra natal.

A los anarquistas de la diáspora no les hace mucha gracia que Kiev y las autoridades de Guliai Pole vayan a utilizar ahora al líder militar como un icono nacionalista. Sus camaradas contemporáneos no pueden impedir el retorno de los restos, pero han pagado recientemente por el espacio del cementerio parisino donde yace Majnó, lo que podría dificultar y demorar la repatriación.