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La presión social obliga a Macron al harakiri de su programa de reformas neoliberales

La movilización de los 'chalecos amarillos' provoca la mayor crisis políticas del mandatos del presidente francés, mientras los estudiantes se suman a las protestas y los sindicatos planean “una gran jornada de acciones” para mediados de mes

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El presidente francés, Emmanuel Macron, recorre la zona cercana al Arco de Triunfo, en París, donde se produjeron los enfrentamientos con manifestantes del movimiento de los 'chalecos amarillos'. REUTERES/Thibault Camus

El fuerte malestar social expresado por el movimiento de los chalecos amarillos ha forzado al presidente francés, Emmanuel Macron, a realizar prácticamente un harakiri político renunciando a algunas de las medidas su programa de reformas neoliberales, que son la principal razón de ser del macronismo, según sus dirigentes.

El primer ministro galo, Édouard Philippe, ha confirmado este martes una moratoria de seis meses para la anunciada subida del impuesto sobre los carburantes, inicialmente prevista para el 1 de enero, la principal argumento de la movilización ciudadana de las tres últimas semanas. La suspensión irá acompañada de otras medidas, pero entre las que no se encuentran el aumento del salario mínimo que piden los manifestantes.

Este movimiento de indignación social ha desembocado en una dulce venganza de la historia. Hace un año, Macron reflexionaba sobre cómo conmemorar el cincuenta aniversario del Mayo del 68. Tras los disturbios en las manifestaciones del sábado, la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, aseguró que “estas violencias son inéditas, no las habíamos visto desde el Mayo del 68”. Si hace medio siglo la revuelta francesa supuso el final “de las esperanzas revolucionarias” nacidas a principios del siglo XX con la Revolución Rusa, como recordó el gran historiador Josep Fontana, los chalecos amarillos representan ahora otro episodio en el fatídico epílogo en la era de la globalización neoliberal.

Tras décadas de exaltación del individualismo y criminalización de los sindicatos, este movimiento espontáneo autoorganizado (o más bien desorganizado) a través de las redes sociales se ha erigido en el principal dique ante la ofensiva neoliberal del joven presidente, de 40 años. Macron, que deseaba encadenar reformas con celeridad relegando a los cuerpos intermediarios, especialmente a las organizaciones sindicales, se confronta ahora directamente con el pueblo.

A pesar de las 378 detenciones y de los 133 heridos del sábado en la capital francesas o de los cuatro muertos relacionados con esta movilización (este domingo murió en Marsella una mujer de 80 años, herida el sábado en el balcón de su piso a causa del lanzamiento de una granada lacrimógena), el 72% de los franceses simpatiza con los chalecos amarillos.

La peor crisis política de su mandato

Una muestra de que el mandatario francés comprendió la urgencia en la toma de decisiones a la que obligaba la movilización en la calle, la peor crisis política de su mandato, fue su decisión de aplazar su viaje a Serbia, previsto para el miércoles. El primer ministro Édouard Philippe tampoco se desplazó a Katowice (Polonia) para asistir a la apertura de la Conferencia del Clima. El ministro de Economía, Bruno Le Maire, abandonó el lunes de forma precipitada un encuentro decisivo del Eurogrupo en Bruselas para participar en una “reunión muy importante” que se celebró por la tarde en el Elíseo.

A lo largo del lunes, Philippe se reunió con todos los dirigentes de los partidos de la oposición, como la ultraderechista Marine Le Pen, representantes de la Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon, pero también con líderes de formaciones con escasa presencia en las instituciones como Génération·s de Benoît Hamon o Los Patriotas de Florian Philippot (derecha soberanista). Estos aseguraron haber comprobado el caos que predomina en el Ejecutivo. Un primer ministro “cansado”, “asqueado”, “atrapado por Macron que no le deja margen de maniobra” y que “ni siquiera sabe si seguirá al frente del gobierno a finales de semana”, criticaron al salir de Matignon.

Para desencallar el conflicto, pero sobre todo para reflejar el presunto nuevo talante más dialogante del Ejecutivo galo, Philippe había previsto una reunión para este martes con miembros de los chalecos amarillos. Sin embargo, los representantes del colectivo chalecos amarillos libres aseguraron el lunes por la tarde que no acudirían al Palacio Matignon, la sede de la residencia del primer ministro, lo que hizo que se anulara este encuentro. Argumentaron que no habían logrado “un gesto fuerte” del gobierno, como una suspensión del aumento de los impuestos sobre el combustible y que tampoco querían ser “títeres de los políticos”. También dijeron haber “recibido amenazas en las redes sociales”.

El primer ministro participará el miércoles en un debate en la Asamblea Nacional sobre los chalecos amarillos, tras las medidas anunciadas este martes. “Le hemos dicho muy claramente que necesitamos un gesto contundente de apertura y él nos ha respondido que anunciará un gesto contundente de apertura en los próximos días”, había declarado este lunes el ministro de Cultura, Franck Riester —líder del partido conservador Agir (Actuar) —, tras ser recibido por Philippe.

El 'macronismo' pedía la derogación

Ya en el seno del macronismo se había multiplicado las voces que abogaban por la derogación del aumento de los impuestos sobre el combustible, el pretexto que originó la indignación de los chalecos amarillos, un movimiento transversal que expresa un malestar más profundo respecto a la injusticia fiscal, la pérdida de poder adquisitivo y la deriva oligárquica de la democracia francesa.

El dirigente centrista François Bayrou, cuyo apoyo resultó clave en la victoria de Macron en las presidenciales, aconsejaba desde hace días la suspensión de esta medida (aunque este lunes recordó que esta decisión resultará insuficiente).

Incluso el economista Philippe Aghion, uno de los referentes de Macron en materia de reformas neoliberales, pidió en una entrevista en Le Monde la recuperación del Impuesto sobre la Fortuna, suprimido parcialmente en el inicio del mandato del joven presidente, lo que comportó un regalo fiscal de unos 4.000 millones de euros anuales para los más ricos. También aconsejó que el déficit público superara “provisionalmente la limitación presupuestaria europea del 3% y llegara hasta el 3,5% si era necesario”. Se trataría de un objetivo de déficit muy superior al 2,4% previsto inicialmente en las criticadas cuentas del ejecutivo populista italiano. En Francia, el miedo empieza a cambiar de lado.

La oposición aún puso el listón más alto. Mientras que el líder de los conservadores franceses Laurent Wauquiez propone un referéndum sobre la fiscalidad ecológica, la ultraderechista Le Pen exige “un aumento del salario mínimo y de las pensiones”.
En cambio, Mélenchon pide que se disuelva la Asamblea Nacional y se convoquen elecciones anticipadas. Incluso el diputado insumiso François Ruffin —figura emergente de la izquierda francesa— exigió el domingo a Macron “que se vaya” del país, en una intervención realizada a pocas decenas de metros del Elíseo. “De la cólera, hemos pasado a la rabia. El orgullo del presidente, su sordera, su obstinación o su ausencia de concesiones no para de crear más odio”, afirmó.

Los estudiantes se unen a las protestas

Está por ver si la respuesta del Gobierno de Macron acalla a las movilizaciones. De momento, la temperatura social aumenta en Francia. Los estudiantes de secundaria se sumaron este lunes a las protestas de los chalecos amarillos. Más de un centenar de centros de secundaria fueron bloqueados de forma parcial o total en el conjunto del territorio francés en contra de la reforma del bachillerato y la introducción de la selectividad en las universidades, pero también en solidaridad con los automovilistas indignados. De esta forma, también se implica en la marea amarilla uno de los actores clave en las últimas décadas en el éxito o fracaso de las movilizaciones en Francia.

Además de los bloqueos cerca de la frontera de la Jonquera, que provocaron colas kilométricas, los chalecos amarillos bloquearon el lunes numerosos depósitos de carburante en buena parte del país. Algunas gasolineras se quedaron sin combustible en Bretaña, lo que comportó que las autoridades locales adoptaran sus primeras medidas de racionamiento.

La CGT, la organización sindical francesa con un mayor número de afiliados, anunció la convocatoria el 14 de diciembre de “una gran jornada de acciones”para para exigir un aumento “inmediato de los salarios, pensiones y protección social”. Aunque la dirección de este sindicato no apoya oficialmente a los chalecos amarillos, sí que desea canalizar la indignación.

Hace cincuenta años, la multiplicación de los actores que se implicaron en el Mayo del 68 desembocó en la mayor huelga general en la historia de Francia, en la que participaron 7 millones de personas. Ahora, las cifras de manifestantes resultan bastante inferiores: casi 300.000 personas en los bloqueos del 17 de noviembre o 136.000 el sábado pasado, según datos del gobierno, cuestionados por la dificultad de contar a todas las personas que participan en las decenas de acciones organizadas por los automovilistas indignados.

A pesar de ello, los chalecos amarillos han puesto contra las cuerdas a Macron. Lo han dejado atrapado en el dilema de confrontarse con una parte del pueblo francés o bien anunciar una serie de medidas sociales, lo que implicaría renunciar a su batería de reformas neoliberales.

El presidente francés afrontó su mandato con el principio thacherista de encadenar las reformas obviando las protestas en la calle. Pero ahora se ha cruzado con un actor ineludible: los chalecos amarillos, símbolo del malestar del pueblo francés.