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PSOE y Podemos Sánchez e Iglesias; la alianza inalcanzable 

Es la segunda vez que los dos dirigentes fracasan en las negociaciones para formar Gobierno. Una historia de desconfianzas, diferencias políticas y lucha por el monopolio de la izquierda hace casi imposible el entendimiento. 

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Pablo Iglesias y Pedro Sánchez, en los pasillos del Congreso antes de una de sus reuniones de las negociaciones para formar Gobierno de 2016. EFE

La historia de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias posiblemente sea una de las historias políticas más dramáticas desde la Transición. Están condenados a entenderse, pero ya han perdido la segunda oportunidad de hacer un Gobierno de izquierdas. Hay a quienes les recuerda la situación a la de 1993 cuando Felipe González prefirió pactar con los partidos nacionalistas antes que con Julio Anguita.

El problema está — como estuvo entonces — en que la lucha por el monopolio de la izquierda nunca ha permitido el entendimiento y en que los poderes fácticos siempre han estado alrededor del PSOE para que busque otros pactos. La intranquilidad — que deja (o no) dormir — y la desconfianza se advierte hasta cuando Iglesias habla de Sánchez como Pedro, pero Sánchez siempre se refiere a él como señor Iglesias. Y siguiendo toda la historia llena de desencuentros.

El PSOE miró atónito el nacimiento del partido que surgió de un 15M harto de la corrupción política y del bipartidismo. Se instaló en la sociedad aquel pensamiento de que el PP y el PSOE representaban lo mismo, y Podemos lo aprovechó. El objetivo era "ganar a Mariano Rajoy y Pedro Sánchez" y a los dos los identificaba con la "casta". El sorpasso era posible, pero se quedaron a medio camino.

Los socialistas pasaban por horas bajas. Acusaban a los de Iglesias de populistas y aseguraban que ellos nunca pactarían con una formación así. De hecho, Sánchez no dudó en llegar a utilizar las informaciones falsas sobre la financiación de Venezuela contra Iglesias. Pero las elecciones municipales y autonómicas comenzaron a cambiar las tornas.

Las relaciones entre Sánchez e Iglesias siempre han estado llenas de altibajos

Tras los comicios, Sánchez e Iglesias se reunieron por primera vez para cenar en el reservado de un hotel. A partir de este encuentro, se sucedieron varias reuniones e Iglesias siempre recuerda esto con cierto humor: "Me he tomado alguna caña con Sánchez. Al principio, cuando quedábamos, yo siempre le decía que fuéramos a su sede o a la mía, y él siempre me citaba en hoteles. Todo muy clandestino. Entrábamos los dos en una habitación de hotel y era como: 'Pedro, esto es rollo de gente que queda para follar'", contó en una entrevista con el youtuber Fortfast. Estos tiempos fueron los primeros en los que Iglesias comenzó a pensar que podía haber opciones de pactar con Sánchez.

Hasta que llegó el primer fracaso de una investidura con las negociaciones para hacer a Sánchez presidente — y en las que Iglesias pidió la vicepresidencia —. Fue el 5 de febrero de 2016 cuando se midieron por primera vez en una reunión ya formal en el Congreso. Iglesias le dijo "o uno u otro", insistiendo al socialista para que eligiera entre Podemos o Ciudadanos. "Yo elijo que no gobierne el PP", se limitó a contestar Sánchez. El 30 de marzo Iglesias lanzó un ultimátum para negociar un gobierno mirando a la izquierda, pero Sánchez no quiso pese a que, según dicen desde Unidas Podemos, ya contaba con los votos suficientes para la investidura.

El momento en el que Pablo Iglesas entrega el libro a Pedro Sánchez antes de su reunión. EFE/J. J. Guillén

Como ahora, PSOE y Unidas Podemos se culparon mutuamente del fracaso de la negociación y del triunfo de Rajoy. Como ahora, también, el foco de las críticas del PSOE fue Iglesias y el de Podemos el acercamiento de los socialistas a Cs. Las relaciones entonces se rompieron hasta que Sánchez dio el giro, dimitió de la Secretaría General del PSOE, recorrió España en su Peugeot y reconoció en prime time que había recibido presiones del Ibex 35 y PRISA para no pactar con Iglesias

Pero pasó todo 2017 sin ningún avance real: intentos de colaboraciones y escasas reuniones entre Iglesias y Sánchez que se acabaron por las posiciones ante el 1-O. Iglesias lanzó una moción de censura y pidió a Sánchez que realizara otra para echar a Mariano Rajoy. Sánchez insistía que los números no daban, hasta que dio el paso en 2018 tras la sentencia de la Gürtel. Los números daban y dieron. Sánchez ganó y Podemos vivió ese triunfo casi como suyo. Los gritos de Sí se puede sonaban por el Congreso e Iglesias saltó de su escaño para abrazar al nuevo presidente del Gobierno.

El secretario general del PSOE Pedro Sánchez, saluda al líder de Podemos Pablo Iglesias, en el hemiciclo del Congreso tras el debate de la moción de censura presentada por su partido. EFE/J.J. Guillén

La moción de censura: a un paso de cambiarlo todo

Desde entonces comenzó una relación de mayor confianza con reuniones, negociaciones y gratitudes desde la misma tribuna del Congreso. La competencia virtuosa que siempre había querido Íñigo Errejón y que nunca llegó hasta ese momento. La etapa más álgida de la relación. La idea de Unidas Podemos era llevar hacia la izquierda al PSOE, ganar confianza, demostrar que podían colaborar y que el próximo gobierno fuera de coalición. Quizás, si hubiera durado más la pasada legislatura, se hubiera dado. Aunque ahora parece imposible hasta pensar esto tras conocer cómo han sido los últimos meses desde el 28-A. Podemos fue el socio preferente sólo hasta que pasaron los comicios. Y lo mismo ocurrió con su secretario general.

Iglesias siempre creyó que Sánchez cedería al final de esta negociación y que la negativa a la coalición era un intento de mostrar fuerza para debilitar a Podemos y que tuviera que aceptar ministerios de bajo perfil. Siempre pensó que habría septiembre y que Sánchez no tenía reticencias hacia la coalición. Se creyó que llamar colaboración a coalición era sólo un paso para no enfadar a barones y poderes fácticos antes de tiempo. Iglesias confió, aunque siempre dice que en política no hay que confiar, y ahora reconoce que fue un error.

El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, con el secretario general de Podemos, Pablo Iglesias, en su encuentro en el Palacio de la Moncloa tras las elecciones del 28-A. POOL MONCLOA/Fernando Calvo

La lucha por el poder y el miedo a un 'efecto Salvini' fueron otros motivos del desenlace. El líder ultraderechista fue el viceministro de Italia, pero su presencia y sus propuestas en los medios eran tan sonadas que parecía que ocupaba el cargo de primer ministro. Sánchez reconoció en algún momento que no quería tener que pasar por esa situación con dos liderazgos fuertes compitiendo en un Gobierno. También confesó a Iglesias en la cuarta reunión que no podía aceptar la coalición y que pareciera que había "perdido". Ni ganadores ni vencidos, vino a decirle Iglesias, pero el presidente no se lo creyó.

En Podemos creen que el PSOE hizo todo lo que estuvo en sus manos para que la negociación no saliera adelante durante la investidura fallida. Los socialistas defienden las propuestas que hicieron y culpan del fracaso únicamente a Iglesias. Las últimas declaraciones de los dos dirigentes vaticinan una campaña bronca que los devuelve a sus inicios. Sánchez alegrándose de no haber cedido porque si lo hubiera hecho no dormiría tranquilo e Iglesias contestándole que, si tiene problemas para dormir, cambie su colchón

Los dos partidos tendrán que medir bien estos ataques. Podemos, si quiere gobernar, tendrá que volver a intentar un pacto con el PSOE tras el 10-N. Los socialistas podrían mirar a su derecha, pero el riesgo de que no sumen con Ciudadanos por la caída de Albert Rivera que vaticinan las encuestas es alto. Un último factor puede ser definitivo para las futuras alianzas: el partido de Íñigo Errejón. El otro fundador de Podemos dijo que él hubiera aceptado la oferta del PSOE, y Sánchez no duda en alabar y mostrar su simpatía hacia Errejón. Si este definitivamente da el salto el 10-N, todo puede dar un gran giro.

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