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Nazis La delgada línea nazi: grupos punks y góticos acusados de ultraderechistas (erróneamente)

Lo llaman nazismo y no lo es. Sin embargo, la fascinación de bandas industriales, románticas y siniestras por la imaginería hitleriana despistó al público, a la prensa y a los antifascistas. ¿Y qué decir de los Rolling, de los Beatles o de David Bowie?

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Siouxsie (The Banshees), Lemmy Kilmister (Motörhead), Brian Jones (Rolling Stones), Sid Vicious (Sex Pistols) y Laibach.

El hippismo, florido y feliz, no tuvo un sobrino luminoso, pues su heredero punk y luego gótico marchitó el buen rollo y fundió la luz. Mientras la sombra se cernía sobre nuevos géneros incipientes, las tinieblas oscurecieron la música y ensombrecieron sus coloridos ropajes, que en algunos casos recuperaron una estética vetada que remitía a regímenes totalitarios. Ese escupitajo a la sonrisa del tío amorosamente libre no era un gesto fascista ni un saludo nazi, aunque se valiesen de sus símbolos para darle la vuelta a la tortilla. Del neofolk a la proliferación de adjetivos, como el dark folk o el folk noir, pasando por el martial industrial y demás estilos que darían para otro párrafo.

La fascinación por la imaginería nazi —o, simplemente, la provocación por bandera (nationalflagge) y la filiación estética, que no política— llevaron a catalogar a numerosas bandas internacionales como nacionalsocialistas, fascistas o falangistas, dependiendo de la perspectiva desde donde se mirasen. Sin embargo, en la mayoría de los casos, se trataron de malentendidos o, si se prefiere, de unas filias que no fueron bien entendidas. También hubo tergiversaciones, interpretaciones erróneas o notables carencias del sentido de la ironía, que afectaron más a los ojos que a los oídos de los censores.

¿Era Siouxsie —and The Banshees— una nazi por lucir un brazalete con una esvástica? ¿Y Lemmy Kilmister, líder de Motörhead y coleccionista de atuendos militares vintage, por calzarse una gorra de plato de las SS, la fuerza de combate de élite hitleriana? Johnny Rotten también lució una camiseta con el icono totalitario en un concierto y Sid Vicious la paseó por Londres, en este caso de una forma más evidente: estampada en color negro, sobre círculo blanco y fondo rojo. ¿Era por ello un neonazi o, valga la redundancia, un descerebrado? Quizás sólo fuesen ganas de incordiar, pues basta recordar que Nancy Spungen, pareja del bajista de Sex Pistols, era de origen judío.

Alberto Monreal, promotor de varias bandas que han sido consideradas nazis o fascistas —como Death in June, Boyd Rice, Sol Invictus, Blood Axis, Allerseelen o NON—, advierte de que no conviene confundir la política con el arte o, si se prefiere, con la estética. “Hay una forma de verlo políticamente, porque hay personas aristotélicas, cuya forma de traducir esas expresiones es así. Sin embargo, nosotros lo hacemos por el arte. Es decir, lo vemos desde un punto de vista más irracional y eminentemente artístico. Me refiero a la búsqueda de la transgresión de un sentimiento, que te puede provocar rechazo o adhesión”, explica el editor de la extinta revista Maldoror. “Y la transgresión tiene que ver con la libertad y con la exploración. O sea, se trata de sentir cosas nuevas o diferentes”.

A Certain Ratio: “Nunca tuvimos ninguna relación con el nazismo"

¿Tiene algo que ver la música gótica o industrial con el nazismo o el fascismo? Más allá de esos estilos oscuros, también se han visto señalados con el dedo grupos que desarrollaban géneros diversos, del pop a la abstracción. En algunos casos, el límite es muy difuso, pero en otros se trataba de una deliberada provocación o de un postureo teatral, como le sucedió a los grupos españoles de los ochenta que fueron tachados de fascistas sin serlo. Luego, claro, hubo, hay y habrá músicos ultras a los que jamás se les ocurriría plasmar en escena de sus ideas retrógradas o totalitarias, aunque ahora hablamos de otra cosa.

En The Land of Rape and Honey, suena un Sieg Heil! —saludo nazi que podría ser traducido como ¡Salve Victoria!—, lo que ha hecho las delicias de algunos rapados. Sin embargo, el líder de la banda estadounidense de metal industrial Ministry ha salido al paso de la polémica contextualizando la cita. El corte, en realidad, es un sample (grabación) de la película El tambor de hojalata, dirigida por Volker Schlöndorff y basada en la novela de Günter Grass. También ha querido verse como una canción antifascista que, en el fondo, criticaba cómo te podían comer el cerebro antes de la moda zombi. Al Jourgensen, cantante y fundador del grupo, se excusó diciendo que de nazi no tenía nada y que, durante la gira de presentación del disco, llegó a batallar contra el republicano George Bush padre. Él era, en sus propias palabras, “un liberal de izquierdas y casi un comunista”.

La banda alemana de metal industrial Rammstein se valía de la parafernalia nazi en sus conciertos. Mientras cosechaban éxito en el exterior, en su país tenían que enfrentarse a acusaciones de nazismo, lo que forzó a sus miembros a rechazar tajantemente que fuesen simpatizantes de esa ideología y de cualquiera que ensalzase el totalitarismo y atentase contra otras razas y contra las minorías. Si Ministry se valía de un sample hitleriano extraído de El tambor de hojalata, Rammstein usaba imágenes de documental de Leni Riefenstahl Olympia en el videoclip de Stripped, una versión de Depeche Mode, grupo tan apreciado por Monreal que le ha dedicado el podcast monotemático Pobres Chavales. La banda se desmarcó del nazismo, justificó que las cintas de la cineasta constituían una obra de arte visionaria y recibió el apoyo de la Liga Antinazi.

“No hay arte moral o amoral, sino arte bueno o malo”, explica el experto en música gótica e industrial. Lejos de Madrid, Slavoj Žižek ha defendido en el documental The Pervert's Guide to Ideology (Guía ideológica para pervertidos) la apropiación por parte de Rammstein de unos símbolos execrables con el objetivo de minar el nazismo. “En lugar de promoverlo, ha encontrado la clave para socavarlo. Al eliminar la propaganda fascista de todo su contenido y presentar solo el marco vacío —los gestos sin un significado ideológico preciso—, Rammstein es capaz de desnudar el fascismo, vaciándolo de su poder como solución para los males sociales. Al luchar contra el nazismo de este modo en su estado preideológico, los fans pueden disfrutar de los gestos colectivos sin sentido mientras que la banda critica el fascismo desde dentro", comentaba el filósofo esloveno en el filme dirigido por Sophie Fiennes.

Otros grupos como A Certain Ratio ridiculizaron la ignorancia de los críticos, puesto que su ropa militar no remitía al ejército nazi, sino al británico, ya que compraban las prendas en charity shops. “Nuestro look tenía más relación con lo funcional que con un sentido estético o ideológico”, le comentaba el guitarrista Martin Moscrop a David Puente en una entrevista concedida a Clubbing Spain. “Se acabó el punk y la gente se dedicó a comprar en tiendas de segunda mano. Era más barato y encima te permitía ser más personal [e] independiente. Se creó una nueva corriente estética en la que se recauchutaba todo lo que ya estaba usado. Algo parecido ocurrió también con toda la imaginería soviética que se utilizó en el artwork de muchos discos de bandas de industrial que corrían en paralelo al post-punk”.

Jez Kerr, bajista y cantante de la banda de Mánchester, secundaba a su colega: “Nunca tuvimos ninguna relación con el nazismo y nos cabreaba que la gente hablara por hablar respecto a eso”. Moscrop ya le había insistido al periodista Chris Salmon que, pese lucir uniformes y pantalones cortos en los conciertos, había peña muy despistada: "Por eso algunas personas pensaban que éramos fascistas, pero ni sabían lo que significa fascista". Huelga decir que el batería de la banda erróneamente considerada filonazi era el afrodescendiente Donald Johnson, quien entró en el combo tras contestar a un anuncio que había puesto su primer vocalista, Simon Topping, convirtiéndose en “el salvador de A Certain Ratio”, como escribió Morrissey en su Autobiografía.

Laibach: ¿estética nazi, crítica capitalista?

Laibach, cuya estética marcial es inequívoca, han pasado por nazis cuando en realidad subvirtieron esa ideología totalitaria a través de la apropiación de sus símbolos. Aunque, en realidad, también vistieron uniformes de otros ejércitos, reprodujeron discursos del dictador comunista yugoslavo Tito y del fascista italiano Mussolini, parodiaron en sus videoclips el documental El triunfo de la voluntad (Leni Riefenstahl) y recurrieron a una iconografía propia no sólo de la propaganda alemana, sino también del socialismo realista soviético. “Laibach juega con canciones pop y las transforma a través de una ambientación neofascista, convirtiéndolas en una crítica a la sociedad capitalista. Mas no son, ni mucho menos, nazis”, aclara Alberto Monreal.

Pese a ello, de poco le valió al grupo disparar a izquierda y a derecha. Ni que el artista antinazi John Heartfield ilustrase la portada del disco Opus Dei con unas hachas que recordaban una esvástica, algo que no gustó nada a la Obra, quien los denunció por usar la marca de Escrivá de Balaguer, aunque se libraron de sentarse en el banquillo, según ha contado la propia banda, quien versionó a Queen, The Beatles y The Rolling Stones.

¡Y con los británicos hemos topado! Valga como mera anécdota, el grupo de Freddie Mercury —quien vistió uniforme negro acharolado y gorra de plato— fue tachado por el crítico musical Dave Marsh como “la primera banda de rock verdaderamente fascista” en la reseña del álbum Jazz en la revista Rolling Stone. Si la opinión puede ser exagerada y discutible, menos diáfana es la leyenda que sitúa a Hitler en la carátula de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band.

¿Llegaron los de Liverpool a incluir la figura del Führer en uno de los bocetos de la foto de la cubierta, pero al final terminó cayéndose de la nómina de personajes históricos que figuran en ella? En 2007, Peter Blake, el creador de la portada, aseguró que el dictador alemán había sido incluido, si bien quedó oculto tras el actor Johnny Weissmuller y el beatle Ringo Starr.

Vayamos a The Rolling Stones, el tercer grupo versionado por Laibach, cuyo miembro fundador, Ivan Novak, ejerció de guía de la exposición NSK del Kapital al Capital. Neue Slowenische Kunst. Un hito de la década final de Yugoslavia. En la muestra, organizada en 2017 por el Museo Reina Sofía, se presentó la recreación histórica de We Forge The Future, una performance de la banda de rock industrial eslovena. Si Mick Jagger y Keith Richards habían flirteado con la estética nazi, Brian Jones posó con Anita Pallenberg embutido en un uniforme de las SS, brazalete con esvástica incluido. La lio parda, pero escondía un as exculpatorio en la manga: “De verdad que, con toda esa melena sobre el uniforme nazi, ¿la gente no se dio cuenta de que era algo satírico?”.

Sin salir de Inglaterra, al líder de Roxy Music, Bryan Ferry, le cayó la del pulpo por alabar la puesta en escena de los grandes fastos nazis filmados por Riefenstahl y la arquitectura bunkerizada de arquitecto Albert Speer. Como parece ser que un músico no puede hablar de arquitectura, sea de la Bauhaus, del racionalismo fascista del Gruppo 7 o de la blancura nuclear de Niemeyer, tuvo que retractarse. ¿Nada que decir sobre la obra de Calatrava? Habría que preguntárselo al bueno de Bryan, aunque quizás sea demasiado tarde.

¿Y David Bowie? El camaleónico artista londinense, puesto hasta las cejas de farlopa, llegó a catalogar a Hitler com "una de las primeras estrellas del rock". Pese a haber sido coleccionista de memorabilia nazi, su etapa blanca en Los Ángeles le sirvió para justificar el subidón nacionalsocialista. Ya en Inglaterra, su saludo romano no apaciguó los ánimos de los antifascistas, aunque en su día aseguró que no entendía esa reacción. Ahí queda la duda: que lo juzguen sus fans, quienes son legión, mas no sospechosos de practicar el saludo romano.

Menos nazi chic han sido otras bandas sospechosas de la cosa. Si hay algún testigo, que alce el brazo: a los punks londinenses The Damned los acusaron de estirarlo; a los estadounidenses The Stooges —la banda de Iggy Pop—, de lucir la esvástica en un brazalete; y a los Ramones, de posar ante una cruz gamada —¿realidad o fake?—, amén de algunas letras que transportaban a sus fans al imaginario alemán. Si Johnny Ramone era un confeso republicano, Dee Dee Ramone declaró en una entrevista a Legs McNeil, tras abandonar la banda neoyorquina en 1989, lo siguiente: "Siempre me han fascinado los símbolos nazis. Tenían mucho glamour y eran muy bonitos. A mis padres les disgustaba mucho”. Su bien más preciado, un casco.

Ian Curtis, cantante de Joy Division.

¿Otros grupos punks que usaron iconografía hitleriana? Algunos hicieron apología desde sus nombres, como London SS, cuyos miembros integrarían exitosas bandas como los izquierdistas The Clash —caso de Mike Jones— y Generation X —caso de Tony James—. Curiosamente, Brian James, antes de militar en The Damned, pasó por London SS. Y, como el grupo británico, aunque sólo constase en su carné de identidad, ahí están Elvis Hitler, Dictators o Hitler SS, por mencionar algunos combos que no profesaban la mentada ideología, como Joy Division.

La banda de post-punk de Mánchester provocó el primer espasmo con su propia denominación, que aludía a las esclavas sexuales judías de los campos de concentración. Ian Curtis, pese a su fascinación por la imaginería nazi, negó tal filiación política, mas el auge del Frente Nacional pilló con el pie cambiado a su alma atormentada y siniestra. La escena punk, ante la marcha marcial de los ultras por las calles de las principales ciudades británicas, fue desechando su flirteo con la estética nazi, escribe Chris Ott en el libro Joy Division's Unknown Pleasures. Si bien Curtis era epiléptico, pero no un fascista, tampoco supo cómo defenderse ante las preguntas de la prensa, contra la que terminó cargando, provocando en las redacciones un efecto bumerán.

Ahora que tanto se critica lo políticamente incorrecto y se tratan de fijar los límites del humor, cabe sacar a colación las fronteras del dolor, provocado por dictadores y regímenes totalitarios. ¿Es lícito, ético o de mal gusto flirtear con la memorabilia nazi? ¿Y si lo hace una minoría aplastada por la esvástica? ¿Podría un músico judío lucir una cruz gamada sobre el escenario? ¿Y un gay bailar en la pista de una discoteca de ambiente embutido en un uniforme de las SS?

“Hay colectivos gais a los que les gusta la estética extrema, mas eso no significa que voten a un partido o a otro. Es un fetiche, como a quien le gustan los zapatos. El sadomaso, por ejemplo, es un juego de poderes. Y todo el mundo sabe que los uniformes nazis, obra de Hugo Boss, son los más poderosos del mundo [el sastre y empresario alemán confeccionó las camisas pardas de la Sturmabteilung (SA), los uniformes negros de la Schutzstaffel (SS) y los de las Waffen SS]. Por ello, existen grupos con una intención meramente sexual que encuentran en estos trajes una forma de expresión. O sea, que un gay antifacista podría vestirse con un uniforme nazi, aunque la Alemania de Hitler confinase a los homosexuales en campos de concentración”, razona Monreal, colaborador del programa radiofónico Testigos del Crepúsculo.

Death in June y su flirteo estético con la iconografía nazi.

Cuando programó el concierto de los británicos Death in June, tuvo que vérselas con los antifascistas a las puertas de la sala: “Yo, que soy un tío de izquierdas”, reflexiona, frustrado en su día por ver cómo una persona progresista como él estaba siendo acusada de ultraderechista. “Lo peor de todo es que —aunque generó controversia en algunos países europeos— había tocado en otras ocasiones en España sin que pasase nada. Sin embargo, cuando lo programamos nosotros, como sabían que los organizadores éramos progresistas, sí que hubo movida. Ahora bien, Death in June no es un grupo político y su aproximación al universo nazi es meramente estética”.

Sin embargo, el novelista Kiko Amat discrepa sobre el también fundador de Above The Ruins y de Sol Invictus, Tony Wakeford. "Hablamos de militancia física, no de camisas pardas, chapas totenkopf y declaraciones ostentoso-racistas para ofender a unos cuantos. Tanto Wakeford como Douglas P. —aún en Death in June— han declarado en repetidas ocasiones haberse sentido políticamente afines en su juventud a la rama Strasserita —mal llamada izquierdista— del NSDAP, o Partido Nacionalsocialista Alemán". El escritor barcelonés ahonda en su crítica en la columna Death in June, Sol Invictus, Above The Ruins y la conexión neonazi.

La parafernalia fascista en un escenario, insiste Monreal, no significa que el grupo lo sea. “En un hospital, operan a enfermos. Pero si no hubiera enfermos, seguirían abriendo a las personas en canal. Y esta idea no es mía, sino del filósofo francés Michel Foucault, lo que significa que estas situaciones suceden en ciudades con un movimiento antifascista fuerte, que a veces ve a fascistas donde no los hay”, critica el experto en música gótica e industrial. Para sustentar su tesis, pone el ejemplo de la banda española Reserva Espiritual de Occidente (REO), que también ha sido objeto de boicot. “Conozco a la cantante desde hace muchos años, pues formaba parte de la revista Maldoror, y sé que la banda buscaba explorar otros tipos de expresión, que puede ser bella aunque sea oculta, oscura y extrema. Sin embargo, no hay ninguna inclinación política que los remita al fascismo”.

Alberto Monreal reitera, por si no ha quedado claro, que él es de izquierdas. “Ahora bien, me gusta el arte que busca, explora y encuentra libertad donde algunos no la ven. Se puede encontrar belleza en la maldad y en el lado opuesto de nuestras ideas políticas. El nazismo, hoy en día, es como un insulto. O sea, una palabra vacía. Como una piedra que se le tira a uno para lincharlo. Y a REO le arrojaron una piedra, que luego se convirtió en una bola de nieve”. El coautor del podcast Pobres Chavales —junto a Elena Cabrera, presentadora del programa de la emisora de radio M21 Directo Salvaje— bucea en la polémica. Reserva Espiritual de Occidente fueron tildados de ultras por versionar Primavera, el himno de la División Azul, aunque sus miembros negaron por activa y por pasiva no tener relación alguna con la extrema derecha.

“Tocar esa canción no debía ser interpretada políticamente, ni mucho menos concluir que estuviesen a favor de un régimen totalitario, porque estaban expresando otra cosa. Y hacerlo también suponía una provocación: ¿por qué no desafiar al público para ver dónde están los límites de nuestra razón y de nuestra conciencia?”, se pregunta el Monreal. “El acto de provocar tiene que ver con la indignación y con la libertad: ¿hasta dónde puedes soportar? Hay grupos de ultraizquierda que pueden jugar con elementos de la extrema derecha para sacar los colores a la propia izquierda, así como a la música comercial que se hace hoy en día”.

El experto en música gótica e industrial profundiza en los pliegues del intelecto, del sentimiento y de la sinrazón. “En el fondo, con estas manifestaciones se trata de quemar movidas chungas alojadas en nuestro interior, por lo que no todo tiene que ser correlativo y traducido desde un punto de vista político”, concluye el promotor de bandas boicoteadas como Death in June, no sin antes girar el espejo. “La izquierda también censura y crea estructuras que se convierten en algo irracional, lo cual puede ser peligroso, por lo que sería conveniente que hiciese una autocrítica”.


* Si te interesa qué bandas españolas pasaron por fachas sin serlo, puedes leer: ¿Grupos musicales fascistas? Cuando todo es provocación o postureo.

* En cuanto a la escena internacional, el podcast La Letra Capital emitió un programa que es una mina: La culpa de todo la tiene Hugo Boss