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Música Benditos malditos: 13 músicos inolvidables que deberías resucitar en tu reproductor

Vivieron rápido, murieron jóvenes y dejaron un bonito cadáver. O, todo lo contrario, subvirtieron el tópico y no cumplieron con ninguno de los requisitos para que les colgasen la maldita etiqueta. Periodistas, críticos y artistas los rescatan del pozo.

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Benditos malditos de la música española.

Vivieron rápido, murieron jóvenes y dejaron un bonito cadáver. O, todo lo contrario, subvirtieron el tópico y no cumplieron con ninguno de los requisitos para que les colgasen la maldita etiqueta. Sin embargo, sus vidas infortunadas, al límite, accidentadas, desbordantes o trágicas han contribuido a catalogarlos como artistas a contracorriente. Periodistas, músicos y programadoras glosan a sus cantantes malditos. Todos yacen bajo tierra, aunque quizás sea el momento de resucitarlos en el reproductor. 

Eduardo Benavente

Ana Curra y Eduardo Benavente.

El líder de Parálisis Permanente falleció en 1983, a los veinte años, en un accidente de tráfico cuando regresaba de un concierto. Había tocado la batería en Alaska y los Pegamoides, que dejó para cantar —acompañado de los hermanos Canut— en una banda punk y oscura que sólo facturaría un elepé, El acto. “Fue un genio convertido demasiado pronto en mito y merecidísimo artista de culto”, cree Mar Rojo, programadora de la Sala El Sol.

“Nos regaló desde ese club de los outsiders que fue Parálisis Permanente —como antes lo había sido Pegamoides y Prisma— actitud y versos oscuros rebosantes de sexo, muerte y sustancias. Autosuficiencia o Adictos a la lujuria son odas inolvidables al malditismo”, cree Rojo. “Afortunadamente, de aquella época seguimos contando con la reina siniestra por excelencia: Ana Curra”. La artista madrileña, hospitalizada tras el accidente, era entonces su pareja y con el tiempo emprendería su carrera en solitario.

También engrosarían la nómina de Parálisis Permanente Jaime Urrutia (Gabinete Caligari) y el bajista Rafa Balmaseda, quien compartió grupo con Poch en Derribos Arias. “Ahora es normal que aparezcan chavales de diecinueve años que empiezan a tocar con la lección aprendida”, matiza Eduardo Tébar, periodista del diario Ideal. “Lo asombroso de Eduardo Benavente es que trascendió con muy poco. Asimiló un presente en temblor y lo disparó al futuro”.

La programadora de la madrileña sala El Sol recuerda la letra de Adictos a la lujuria, firmada por Curra y Benavente: “Ahora estoy ya sin sentido / metido hasta dentro en el vicio / las pupilas ya se ocultan / ya no sufro, no me agito”. Su muerte temprana acrecentó la leyenda y lo convirtió en un artista di nicchia —que dirían los italianos—. O sea, de culto. Y, en su caso, también de nicho.

Silvio

Silvio.

“Silvio era un juerguista, no un ser atormentado”, cree Eduardo Tébar. O sea, según el colaborador de Efe Eme, no sería un maldito canónico, acaso un bendito iconoclasta. Quien lo conoció y lo sigue venerando es el periodista Alberto Gayo, quien considera al rockero sevillano —fallecido en 2001— como el Curro Romero del rock and roll. “Silvio Fernández Melgarejo fue imagen pura del malditismo versión RAE: persona de dañadas costumbres a mayor gloria del alcohol; condenado al olvido general más arriba de Despeñaperros por la justicia musical; y obstinado en saltarse toda norma terrenal —había bolos en que desaparecía en pleno cante para no volver al escenario—”, recuerda el adjunto al director de la desaparecida revista Interviú.

Su guitarrista, Andrés Herrera —artísticamente conocido como Pájaro, cuya música bebe del rock semanasantero de su incorregible maestro—, recuerda en esta entrevista que cuando toca fuera el público sigue rezándole. ¿Silvio era Jesucristo? “No, Cristo era Silvio. De hecho, si te fijas en la portada del disco Al este del Edén, parece que él está en medio de los apóstoles”, respondía el autor de Gran Poder. “Él no salía de Sevilla, Cádiz y Huelva, porque era muy complicado sacarlo de ahí”, confiesa Pájaro, quien mantiene vivo el legado de quien dijo aquello de que la música es el silencio bien cortado.

“Sammy, hijo de Silvio y de la inglesa Caroline, apenas lo conoció, porque su madre se lo llevó con dos años a las islas británicas”, rememora Alberto Gayo. “Tuvieron que pasar treinta años para que aquel crío se diese cuenta de quién era Silvio, icono popular y músico hasta la muerte. Ese día Sammy entendió que él también era sureño… y rockero”, añade el colaborador de El País Semanal en una sentida semblanza. “Fue víctima propicia de una antigua maldición: ganarse el pan con el propio sudor, como decía una de sus canciones más famosas”.

Carlos Berlanga

Carlos Berlanga. / ELEFANT RECORDS

Kaka de Luxe, Alaska y los Pegamoides, Alaska y Dinarama… Tras escribir letras para otros y emprender una carrera en solitario, el músico madrileño falleció a los 42 años de una enfermedad del hígado. Hoy, muchos escuchan sus composiciones, aunque desconozcan su autoría. “Con los años he comprobado lo instaladas que están sus canciones en los garitos más petardos, esos donde todavía se pincha electroclash”, explica Eduardo Tébar, colaborador de la revista Efe Eme. “Supongo que se debe a la audacia de Carlos, que entendía la música como elemento funcional. Hay algo de gozoso, triunfal e infalible cuando en un momento de la noche se trenzan Indicios y Gritando amor, de Fabio McNamara”, añade el periodista del Ideal.

El DJ y locutor Javi Bayo ensalza su obra, en ocasiones una frivolidad trascendente. “Los músicos de los ochenta con frecuencia renegaron de los artistas españoles de las décadas anteriores sin darse cuenta de que, como estos, formaban parte de una generación de artesanos de la canción. Una de las últimas… Carlos Berlanga era canción, estribillo y genio racionado en dosis de dos o tres minutos”. A saber: Bailando, Perlas ensangrentadas, Ni tú ni nadie, A quién le importa, Cómo pudiste hacerme esto a mí...

Pedro Almodóvar describió el entierro de Carlos —“uno de los mayores talentos naturales que yo haya conocido”— en El País. Ana Curra acompañó en coche a su padre, el cineasta Luis García Berlanga, del hospital al cementerio. El director de Plácido le comentó a la artista —quien había coincidido con Carlos en Alaska y los Pegamoides— que “se podía hacer de todo, disfrutar de todo, ir contra todo, menos contra la biología”, relata Almodóvar en Crónica de un adiós. “Pero para respetar la biología hay que ser realista, incluso muy realista, y Carlos nunca se llevó bien con la realidad. Eso hizo que su arte fuera tan exquisito, tan rico y tan peculiar, y su vida tan corta”.

Poch

Poch protagoniza la portada del libro 'Yo disparé en los 80' (Munster), de la fotógrafa Mariví Ibarrola.

El líder de Derribos Arias no era un maldito en el sentido estricto del término. En ello coinciden sus amigos, cronistas y biógrafos, aunque la corea de Huntington se lo llevaría por delante en 1998, a los cuarenta y dos años. Poch, de Pochete, porque siempre estaba malo. “Estudiante de Medicina, supo pronto que era víctima de una dolencia hereditaria, y que la única manera de retardar el deterioro de su sistema nervioso consistía en llevar una vida moderada. Y optó justamente por lo contrario”, escribía Diego Manrique en un obituario publicado en El País, donde subrayaba la “genialidad” de un músico “autodidacto y practicante de un personal surrealismo”.

Teclista de Ejecutivos Agresivos —de nuevo, Jaime Urrutia a la guitarra—, a Ignacio Gasca le cayó una maldición en forma de enfermedad, como malhadado fue el disco de La Banda sin Futuro, que no llegó a ser editado en su día. En el recuerdo, algunos temas del grupo que compartió con Alejo Alberdi, como Branquias bajo el agua, Dios salve al lendakari o A flúor.

“Es maldito porque murió supuestamente antes de tiempo”, matiza el líder de Siniestro Total, Julián Hernández. “El objeto de una maldición, pero todo depende de cómo entiendas la palabra. Para mí, fue uno de los chicos más listos, inteligentes y brillantes que he conocido en mi vida. ¿Maldito, maldito? ¡Maldita la enfermedad!”.

Carlos Rego, autor del libro Derribos Arias. Permiso para aberrar (66 RPM), también descarta la catalogación, mas no obvia su singularidad. “El malditismo clásico tiene un aire romántico decadente que en Poch no existía. Nadie lo escuchó quejarse. Y si él no dramatizaba sobre su situación, no vamos a hacerlo nosotros. Más que en el club de los malditos, Poch encajaría en el de los músicos de culto, muy admirado por unos cuantos”, explica el fundador de Cosecha Roja y actual cantante de Burgas Beat.

¿Pero cuántos son unos cuantos? “Su reconocimiento podría haber sido mayor, aunque iba a ser más limitado que el de una estrella del pop”, matiza Hernández. “Simplemente, le cayó un sambenito. Si bien no sería ilícito hablar de él como parte de un club, lo suyo no llegó a más por culpa de una enfermedad. Eso sí, tampoco utilizaría la palabra malogrado, pues hizo un trabajo increíble, montó exposiciones, grabó discos y fue un auténtico personaje, que no necesita para nada entrar en el olimpo del malditismo”.

Carlos Rego, además de insistir en rechazar su encasillamiento, ahonda en su pozo vital. “Aunque no cabe en esa clasificación, pocos han sufrido una maldición tan terrible: conocer exactamente el atroz futuro que le esperaba, el mismo que ya había vivido de primera mano durante el declive vital de su hermano mayor" [Javi Pochete, de quien había heredado el mote, también fallecido por la enfermedad de Huntington].

"Paradójicamente, su maldición tal vez fuera su bendición, porque el temprano conocimiento de su porvenir lo empujó a vivir una vida libre de ataduras, absolutamente centrada en disfrutar el día a día y en mantener viva su creatividad. Una lucha permanente por permanecer activo artísticamente a pesar de las trampas que le ponía su cuerpo. Lo consiguió hasta que éste no dio más de sí, algo muy digno de respeto y admiración”, concluye el músico ourensano y autor del libro Derribos Arias. Permiso para aberrar.

Antonio Vega

Antonio Vega.

“No sólo es uno de los grandes maestros de la música de nuestro país, sino también de la literatura. Letrista excelso preocupado por la rima y por el uso adecuado de la lengua, además era un genio hilando melodías. Un gran compositor”, cree Anabel Vélez, crítica de la revista Ruta 66. “Antonio Vega (Madrid, 1957-2009) vivió su vida como sus canciones, desapegado de su propio talento y en una espiral de autodestrucción. Dejó que las drogas lo arrastraran, pero nunca lo ocultó”.

La autora del libro Mujeres del rock. Su historia (Ma Non Troppo) ahonda en dos de los atormentados del pop español de los ochenta, la movida que un día se paró. “Desapegado del talento que tenía y en una espiral de autodestrucción: creo que ésa es una de las principales razones por las que se le considera un artista maldito”, añade Vélez, quien entronca al cantante de Nacha Pop con el de Los Secretos. “A Enrique Urquijo le pasó un poco lo mismo, las drogas marcaron su historia y, como Antonio Vega, dejó que la luz de su estrella brillase tanto que lo abrasó”.

Juan Antonio Canta

Foto de contraportada del disco 'Las increíbles aventuras de Juan Antonio Canta'.

Quizás algunos recuerden aquello de “un limón y medio limón”, el one-hit wonder de Juan Antonio Canta, fallecido en 1996, después de publicar su único disco en solitario, Las increíbles aventuras de Juan Antonio Canta. En realidad, de apellido Castillo en el libro de familia, apodado el Patuchas y cantante de la banda cordobesa Pabellón Psiquiátrico, con la que editaría seis álbumes.

Ese legado ácido, la Danza de los cuarenta limones, tendría una versión posterior. “El rap de los 40 limones, quién lo diría, tiene su origen en la apacible Mi limón, mi limonero, de Henry Stephen. Sin embargo, para conocer la verdadera historia de Juan Antonio Canta, hay que acudir a la película documental Patuchas: el hombre de los mil limones, dirigida por Asbel Esteve Obiol”, señala el periodista musical Eduardo Tébar.

El músico cordobés sufría depresión y se quitó la vida a los treinta años. “La suya es una historia trágica. La parodia engulló al artista. Es una lástima que la gente asocie su figura al late night de Pepe Navarro, cuando detrás había un torbellino creativo, con una obra teatral seria y una habilidad de esponja para el arte de la canción”, deja claro el colaborador de la revista Efe Eme.

Germán Coppini

Germán Coppini.

“La maldición de Germán Coppini es el poco caso que su propia generación le hizo para lo muchísimo que le copiaron todos”, se lamenta Teresa Cuíñas, colaboradora de la revista Rockdelux. Sin embargo, también hubo un olvido posterior a su paso por Golpes Bajos, tras haber fundado Siniestro Total junto a Julián Hernández y Miguel Costas.

Durante años, probó con varios proyectos, aunque su carrera fue errática y la industria le dio de lado. “Él abrió el camino, pero a principios de los noventa se encontró con que las bandas de la década anterior habían sido ignoradas o incluso repudiadas por los nuevos músicos, quienes mataron a la generación previa”, recuerda en este reportaje el crítico Xavier Valiño.

“Después de separarse Golpes Bajos, fue un tío incomprendido. Era muy intenso y no se le entendió en el universo de la música mainstream. Cuando las discográficas vieron que no tenía mucho éxito en solitario, dejaron de hacerle caso”, abunda Pablo Novoa. El músico vigués cree que tendría que haber encontrado a alguien con quien trabajar tranquilamente, adáptandose a sus ritmos y tiempos, si bien sus arriesgados proyectos underground tampoco ayudaron. “Necesitaba un buen compositor y dio demasiados tumbos”, añade Novoa, quien destaca su energía y —pese a su escasa fortuna— el mérito de algunas de sus iniciativas.

En 2005 probó suerte con una superbanda formada por músicos de los ochenta: Ñete (Nacha Pop), Carlos Rodríguez (Mamá), Patacho Recio y Juan Jarén (Glutamato Ye-Yé), quien había sustituido en la guitarra a Fernando Martín (Desperados). El combo se llamaba Anónimos y no funcionó, como tampoco lo harían Lemuripop o Néctar.

Durante la promoción del disco homónimo, Germán se quejaba en una entrevista a la revista Fugas del revés que habían supuesto para él las nuevas generaciones: “La gente joven me ha demostrado que es muy orgullosa. Cuando empezaba, yo hacía gala de decir abiertamente las cosas que me gustaban o que copiaba. Estos de ahora parece que no copian a nadie y que han empezado de la noche a la mañana. Son perfectos y no quieren saber nada de los hermanos mayores”.

Coppini seguía intentándolo, infructuosamente. “Hasta ahora he estado malviviendo. He participado en proyectos y en grabaciones, pero me fallaron un poco las relaciones humanas. Me vi trabajando con gente mucho más joven que yo o con otro tipo de espíritu. He tenido que asumir que mi intención era volver a compartir escenario y trabajo con mis antiguos compañeros”, explicaba en la entrevista, una vez recuperado el contacto con las viejas glorias de la edad de oro del pop español.

“En estos años, he realizado una búsqueda constante, porque aquí el que se dedica a la música tiene que demostrar una y mil veces lo que vale. No porque tengas un nombre lo tienes todo ganado, sino más bien al contrario”, se quejaba. “No sé hacer otra cosa, pero sigo sin poder vivir de la música. Aún así, me considero un privilegiado, pues hago lo que realmente me gusta”.

El DJ y locutor Javi Bayo cree que la losa de sus dos primeras bandas pesaban demasiado. Siniestro Total continuaría facturando himnos generacionales y hasta Miguel Costas, cuando dejó el grupo, saboreó el éxito al frente de Aerolíneas Federales, banda que ha recuperado y que actualmente compagina con su proyecto en solitario. Coppini, en cambio, corrió peor suerte. “No logró quitarse de encima la etiqueta de ex Golpes Bajos. Parece que la magia de la banda no se reprodujo entre sus miembros de forma individual, aunque bien es cierto que Teo Cardalda sí disfrutó al menos del éxito comercial que se le resistió al cantante cántabro”, explica el presentador del podcast Moscas y Arañas.

Luego, con el paso de los años, fue reivindicado por bandas como Maga, con quienes colaboraría. Críticos y melómanos como Eduardo Tébar ensalzan hoy su obra: “Me sigue epatando el corto pero deslumbrante legado de Golpes Bajos. Al margen de Malos tiempos para la lírica o No mires a los ojos de la gente, canciones con las que hemos crecido, hay una faceta muy loca en temas como Colecciono moscas”, explica el periodista del Ideal. “No hay que perderse, por lo pintoresco al menos, la versión que grabaron Crystal Fighters de la Fiesta de los maniquíes”.

Ahora, Iván Ferreiro le rinde tributo en el disco homenaje Cena recalentada (Warner), producido por el propio Novoa. Y Xavier Valiño rescata su momento cumbre en Escenas olvidadas. La historia oral de Golpes Bajos (Efe Eme). “Desde entonces, Coppini no pudo reproducir la química de los vigueses, porque no contaba con las armonías de Teo y de Pablo”, justifica el autor del libro. En 2013, tras grabar un disco y cuando se disponía a defenderlo en directo con Néctar, un cáncer de hígado se lo llevó por delante a los 52 años. “Bienvenido sea Iván Ferreiro”, concluye Teresa Cuíñas. “Con su tributo, pone su enorme éxito a disposición de la divulgación —entre nuevos públicos— de Coppini y también de Golpes Bajos”.

Enrique Urquijo

Enrique Urquijo. / EFE

“Lo que más llama la atención de Enrique Urquijo es que su camino por el lado salvaje, por ponernos poéticos, empezó desde muy pronto, algo insospechable visto el aspecto pulcro de los primeros Los Secretos”, explica Carlos Rego, autor del libro Nuevo Rock Americano, años 80 (Editorial Milenio). “Siempre lo vi como una persona muy discreta, muy poco dada al espectáculo y centrada en su música. Es cierto que su muerte fue muy truculenta, pero la verdad es que hasta que no leí Adiós tristeza (Rama Lama), de Miguel Ángel Bargueño, no supe de lo turbulento de su trayectoria”.

El líder de Burgas Beat toca un ingrediente intrínseco a muchos, aunque no necesario para la receta. “Conozco a muchas personas con vidas semejantes a las que no llamamos malditos porque no se dedican a la música. El cantante torturado y con afición a las drogas siempre tuvo un atractivo que sólo se entiende por la conexión con sus canciones, y las mejores de Enrique Urquijo (Madrid, 1960-1999) llegaron a mucha gente a pesar de su tono más bien afligido, o tal vez por eso y su combinación con unas melodías agradables”.

¿Qué o quién es un maldito?

Son House, Maestro Reverendo, An-Tonio y Bruno Lomas.

Indicábamos en este reportaje sobre los cantantes malditos felizmente vivos algunas de sus características: el tormento, la introspección, la introspección, el aislamiento, la autodestrucción, el imán de la oscuridad, la convicción de ir contra lo establecido y el tránsito por el lado salvaje de la vida, que puede incluir el uso o abuso de sustancias ilegales. Ahí echa el freno María Ballesteros, presidenta de los Periodistas Asociados de Música (PAM), quien desmitifica el uso de drogas. “Para hacer buenos textos en forma de canción en los que se cuente una historia —ya sea mundana o extraordinaria— y encontrar la inspiración, uno o una debe pulirse y entrenarse a diario. Colocarse sólo sirve para divertirse, mas no para trabajar. Y, a veces, los efectos de la fiesta provocan que la profesionalidad brille por su ausencia. Éste es el doble filo de las rock stars y de los artistas malditos”.

Julián Hernández amplía el significado hasta el artista descarriado, perdido o desconocido, quizás maldito con más razón. “Quien desaparece sin dejar rastro, como Son House, el cantante y guitarrista del Mississipi. Al final lo encontraron, pero ajeno al rock, viviendo en el sur profundo de Estados Unidos. Eso es ser maldito sin necesidad de morirse, aunque —al contrario— el Maestro Reverendo también podría serlo, porque murió antes de tiempo. Cabe Bruno Lomas, así como otra gente que estuvo en la sombra, como Alfredo Mahiques, trombonista de Los Canarios y también trompetista de Alcatraz, quien llegó a grabar con Siniestro Total”, explica Hernández, siempre dado a la retranca. “Cuando fui a la fiesta del cuarenta aniversario de Aviador Dro, pensé: Llevar cuatro décadas con un grupo: ¡eso sí que es una maldición!”, ironiza el líder de la banda viguesa, que pronto cumplirá la misma edad sobre los escenarios.

“La prensa y los seguidores a veces gastamos la palabra genio con artistas que tuvieron muchos momentos de lucidez o que fueron geniales. Pero llamemos a las cosas por su nombre…”, retoma su discurso María Ballesteros. “Algunos de ellos sólo fueron tipos muy sensibles que se refugiaban en esa cualidad que supuestamente los hacía únicos para justificar su adicción. Y, entre colocón y colocón, escribían canciones”, añade la exdirectora de comunicación del Mad Cool Festival. “Sin embargo, para mí genios y genias son los hombres y mujeres que llegan a fin de mes con el dinero justo o no pierden la sonrisa a pesar de estar enfermos. Los otros son solamente tipos con suerte y un puñado de talento”, concluye la periodista.

Aunque algunos se quedan fuera, pues la nómina podría ser ingente —Iosu de Eskorbuto, Pepe Risi de Burning, Migué de Los Delinqüentes, An-Tonio o Antonio Flores o aquel cantautor rockero algecireño, extremo y duro—, María Ballesteros y otros colegas del mundo de la música eligen a sus malditos por excelencia. A saber:

El Pijote

Jesús Monje Cruz, el Pijote, hermano de Camarón de la Isla. / EFE

“Un maldito que casi nunca se explora: Jesús Monje Cruz, el Pijote, hermano de Camarón de la Isla. Era un desgraciado, un señor que podía vivir del brillo de José de una manera muy fácil, porque Camarón se lo llevaba en su cuadrilla y cantaba más o menos bien”, explica Silvia Cruz Lapeña, periodista de Vanity Fair.

“Sin embargo, bebe demasiado, tiene mal carácter, no termina de cuajar en el grupo de Camarón, va por su cuenta y no tiene fortuna. En la portada del único disco que grabó, aparecen su hermano y él. Me parece una sombra de artista que ha tenido más recorrido, el colmo de la desgracia. El eco de la voz tiene un punto, aunque nada que ver con la de su hermano”, subraya la autora del libro Crónica jonda (Libros del K.O.), quien recuerda el verso del Pijote, quien sólo publicaría el disco Quejío a mi hermano Camarón. Viento de Menta (Discoloco, 1994): “Yo no soy malo / canto como mi hermano”.

“Cuando lo escucho, se me parte el alma”, reconoce Silvia Cruz Lapeña. “Pudiendo vivir del eco de su legado o simplemente arrimándose, había tan poca cabeza que ni pudo beneficiarse de ello. Una figura muy triste”.

Sergio Algora

Sergio Algora.

“Ahora empezamos a tomar conciencia de la verdadera dimensión creativa de su figura. Creo que el hecho de pertenecer a la primera generación del indie español, que carga con el lastre de las letras macarrónicas en inglés y el mimetismo ramplón de las formas anglosajonas, minusvaloró el contrapunto de quien rizó el rizo de las posibilidades expresivas en el pop rock español del fin de siglo”, argumenta Eduardo Tébar.

Sergio Algora, fallecido en 2008 antes de cumplir los cuarenta debido a sus problemas cardiacos, publicó poemarios y libros de relatos. Antes de grabar con La Costa Brava —junto a Fran Fernández, fundador de Australian Blonde y ahora al frente de su proyecto personal, Francisco Nixon—, había montado los grupos Muy Poca Gente y, antes, el surrealista El Niño Gusano.

“A mí me pone los pelos de punta la anticipación a la temática de la dependencia tecnológica en una canción como Sobrinito ¡en 1996! Que para colmo remata con un aforismo glorioso: No pesa más de un gramo todo lo que amo”, concluye el periodista musical del diario Ideal y colaborador de la revista Efe Eme.

Ray Heredia y Jeros

Ray Heredia (fotografiado por Mario Pacheco) y Jeros.

“Tanto Ray Heredia [fundador de Ketama] como Jeros [el del medio de Los Chichos] son dos artistas que, si no existieran, habría que inventarlos. Algunos de los títulos de sus canciones y de sus discos ya eran, quizá, premonitorios no sólo del final que tendrían sus vidas, sino también de sus constantes estados anímicos”, cree María Ballesteros. Ray debutó en solitario con Quien no corre, vuela en 1991, poco antes de morir de sobredosis. Jeros —dieciséis discos con Los Chichos y dos bajo su nombre— se precipitaría al vacío cuatro años más tarde tras una existencia turbulenta.

“Convertirse en un artista atormentado suele ser un síntoma de una búsqueda de la perfección constante. Si a eso le sumamos la fama y las falsas amistades, por interés, la mezcla es explosiva. A estos compositores ingeniosos no hay que olvidarlos y se debe reconocer su trabajo, pero la faceta que no se debe encumbrar, creo, es la de sus demonios”, matiza la presidenta de los Periodistas Asociados de Música (PAM). “En todo caso, Ray Heredia y Jeros fueron dos artistas fundamentales para la música contemporánea de este país”.

Josetxo Ezponda

Josetxo Ezponda.

Glam y rock, pose y actitud, cardado y eyeliner. Los Bichos publicaron dos elepés en tres años con Ouihuka: Color Hits y Bitter Pink. Cuando, años después, Munster homenajeó a los navarros, le dieron la vuelta al calendario con Los Bichos 1991-1988, un recopilatorio que rendía tributo a la banda de Josetxo Ezponda, cuya carrera musical mereció mayor suerte comercial. “Quizás se adelantaron a su tiempo o quizás, si hubiesen sido de Nueva York o de Londres y no de Pamplona, su trascendencia sería otra, pero como le gusta[ba] decir a su líder: Es la historia de mi vida”, escribe en La Fonoteca Fernando Fernández Rego.

A Josetxo, quien llegó a editar discos con su propio nombre o como El Bicho, le sobrevino la muerte en abril de 2008, anticipando la de Josetxo Anitua, vocalista de Cancer Moon, justo cinco años después. El primero había cumplido cincuenta, no tenía un duro y su cadáver fue encontrado en la vivienda que había heredado de su madre. El segundo, cuarenta y tres. Antes de morir, Ezponda le envió una carta a sus apreciados Atom Rhumba, con quienes Anitua —también admirador de su tocayo— grabó un álbum de versiones. Ambos eran declarados fans de Corcobado, luminoso maldito en vida.

“Llegó un momento en que, simplemente, me quedé sin cobertura y nunca volví a tenerla”, respondía Josetxo Bicho a Víctor Lenore en una entrevista publicada en Rockdelux tras la edición en 2007 del recopilatorio. “Puede que a ciertas personas esta música les parezca genial; la crítica siempre estuvo con ella, pero a la hora de la verdad no hubo manera de que nadie se mojara”, se lamentaba el músico. “Fue un insoportable rosario de noes, no a todo, y uno es fuerte pero no Superman. No lo digo con amargura. Sólo cuento lo que hay. No nos hicieron ni puto caso, eso es todo”.

Miguel Bocamuerta

Miguel Bocamuerta.

Otros malditos lo fueron tanto que no figuran ni en los archivos del olvido. Eduardo Tébar rescata a Miguel Bocamuerta, nacido en Córdoba, residente en Madrid y Barcelona, fallecido alcanzada la treintena. “Un suicida joven al que aún no hemos elevado a los altares. Este cordobés grabó un solo disco, en la navidad de 2004, que apareció tres años después, ya muerto”, recuerda el periodista del Ideal, quien subraya que su tierra ha sido fértil en personajes trágicos.

En la portada del álbum de Bocamuerta, Tú en Marte y yo en Plutón, la discográfica había adherido una pegatina con el lema El primer disco póstumo de un artista novel.

“Intuyo que cantaba muy puesto y que la poesía lo desbordaba. En sus canciones late el pálpito de Lou Reed, de Bob Dylan, de Albert Pla y del rock argentino que tanto admiraba. Entre sus papeles encontraron citas a bolígrafo de Rilke”, concluye Tebar. “El productor, Fernando Vacas, que suele disfrutar cuando hablamos de trabajo, esquiva este capítulo. Siempre me dice que le costó mucho acabarlo. La edición a través de su sello, Eureka, estuvo a la altura. Hoy es un tesoro casi imposible de encontrar”.