Verano porteño (7)
Después de charlar un rato con Belgrano, Roberto Esteban sube al taxi de Amadeo y recuerda su juventud perdida en San Blas durante los tiempos salvajes del caballo.
Este es el séptimo capítulo de la novela de verano por entregas de David Torres.
-Actualizado a
Lo de rezar no era mala idea, aunque eso no lo supe hasta poco después, cuando alcancé a vislumbrar el matadero en el que andaba metido. Belgrano despidió a los vecinos, fue canturreando a la cocina y se dispuso a cebar un mate. No era lo más indicado para conciliar el sueño: luego no hacía más que dar vueltas y vueltas en la cama, más con este calor de mierda. Pero qué le vas a hacer, che, es una costumbre. Un día de estos tenía que regalarme una bombilla y enseñarme todo el quilombo este del mate, era una pena pasar por este triste mundo sin probarlo. Podía haber seguido de cháchara toda la noche, sentado en la silla como un gaucho, los codos apoyados en el respaldo y chupando de tanto en tanto la boquilla.
-Esa anciana, doña Pura -dije.
-Dale.
-¿Dónde vive?
-En el quinto. El último piso.
-¿Y cómo vino en silla de ruedas? No hay ascensor.
-Ah, pibe. Te fijás un montón. ¿Viste a la mina que había a su lado? ¿La mulata larga? La sube y la baja de gamba tres o cuatro veces al día. Todos los peldaños.
-¿Quieres decir a pulso?
-Y claro. De gamba. La Nati es una campeona. No lo parece, pero tiene una fuerza bárbara. Para mí que la podría llevar de arriba abajo con silla de ruedas y toda la bola. ¿A dónde vas?
-A la calle, a que me dé el aire.
-¿Qué aire? Ahora mismo la calle es una secadora de pelo. De pelo de señoras. ¿Vos sabés por qué las vacaciones son en verano?
Mientras abría la nevera y me bebía un buen vaso de agua fría, Belgrano me resumió su teoría particular, que no tenía nada que ver con esa vaina del trabajo en el campo y el descanso de la cosecha, sino con la evidencia palmaria de que, con el calor no se puede laburar ni en pedo. Eso lo saben bien los dueños del quiosco, pibe. Mejor dejar que los laburantes se asen a la parrilla en la playa.
-Buenas noches, Belgrano.
-Saludá a Amadeo.
Al menos en lo de la secadora de pelo, Belgrano tenía razón. Eran casi las diez de la noche, el aliento se pegaba a la boca y el asfalto a las suelas de las zapatillas. Se me quitaron las pocas ganas que tenía de ir hasta el Oso Panda a hablar con Sebas, las ganas de volver a casa e incluso las ganas de vivir. Un claxon sonó a mi espalda, un par de faros se encendieron y vi a Amadeo al volante de su taxi. Era un vehículo antiguo -no sé qué marca ni qué modelo, no entiendo un carajo de coches-, aunque no tan antiguo como su propietario. Sin embargo, estaba limpio y bien cuidado, arrancó a la primera, tenía aire acondicionado y marchaba como un tiro.
Le pregunté a Amadeo cuánto tiempo llevaba de taxista, reflexionó un buen rato y al final, sin volver la cabeza, respondió: "Mucho tiempo". Era un hombre discreto, de pocas palabras, ya lo había demostrado en el piso de Belgrano, donde ni siquiera abrió el pico. Una lástima porque con un taxista, si hay suerte, puedes aprender muchas cosas. Por motivos económicos, yo suelo ir más en metro o en autobús, pero un día tomé un taxi que, en realidad, era una máquina del tiempo. Lo conducía un tipo melenudo, de mejillas chupadas y tatuajes en los brazos, que me preguntó si no me conocía de algún sitio. Puede ser, le dije; no iba a comentarle mi carrera pugilística.
-¿Tú no solías parar por el Canciller?
-Alguna vez.
Entonces bajó el volumen de la radio y me preguntó si yo no era del barrio, si no había vivido en primera persona el naufragio de los años ochenta, el auge del caballo, los yonquis, los navajeros, las praderas sin ley del parque de San Blas, las casas bajas donde traficaban los gitanos, el prestigio mitológico de la Avenida de Guadalajara, que por aquel entonces tenía fama de ser la peor calle de Europa. Me contó que tiempo atrás había trabajado de puerta en el Canciller. ¿Sabía que uno de los dueños era el comisario jefe del distrito? Vaya mierda, eh. Había unos cuantos amigos que se le habían quedado por el camino, los brazos agujereados y los ojos perdidos en el éxtasis del jaco, y otros que habían acabado en la trena, después de que pegaran un palo y los trincara la madera. Le sonaba mi cara, seguro que sabía de lo que estaba hablando. ¿No me acordaba del Kung-Fu, del Panamá, de los Vikingos, de la banda del Chino? Qué tiempos, coño. Qué tiempos.
-¿Dónde vamos? -preguntó de pronto Amadeo, devolviéndome al tercer milenio.
Le di la dirección del Oso Panda, entre Callao y Ópera, y nos deslizamos por la noche erizada de semáforos.
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