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Christine Lagarde La conservadora Lagarde asume las riendas del BCE: cinco retos de su mandato

Política, con trayectoria jurídica y sin bagaje monetario. Christine Lagarde no guarda parangón con Mario Draghi. Aunque los analistas ven un periodo de continuidad inicial con la gestión del banquero italiano. La ex directora gerente del FMI inaugura una nueva era en el BCE. Será un mandato complejo. Pesa sobre ella el crédito que se ha labrado su antecesor como salvador del euro, un futuro de altos riesgos geopolíticos y económico-financieros y la amenaza de una nueva recesión.

Christine Lagarde y Mari Draghi. EFE/EPA/BERND KAMMERER / POOL

DIEGO HERRANZ

Dicen de ella quienes la conocen que Christine Lagarde y su carácter conciliador contribuirá a relajar las tensiones en el seno del Comité Ejecutivo del BCE. Pero el escenario que se le avecina al frente de la institución financiera más poderosa de Europa no será precisamente un camino de rosas.

Mario Draghi, en su despedida, al ser cuestionado sobre si su sucesora en la presidencia del BCE vivirá un mandato tan dramático como el suyo, con el euro en estado comatoso, apostó por una respuesta agradecida: “No se lo desearía a nadie”. Sin embargo, la tarea de Lagarde no va a ser sencilla. Los riesgos sobre la economía mundial y, por ende, sobre la coyuntura de los 19 socios monetarios europeos siguen latentes. Y de las decisiones del organismo regulador del sistema financiero del euro dependerá, en cierta medida, la dirección que tomarán en los meses venideros los inversores y las cotizaciones bursátiles, y la estabilidad económica y la creación de empleo de los socios que comparten la divisa europea.

O, dicho de otra forma; la labor del BCE será meticulosamente escrutada por parte de los distintos agentes económicos y políticos e inexorablemente comparada con la doble estrategia de Draghi de imponer tipos de interés bajos y estímulos a modo de compra de deuda soberana y corporativa -por valor de casi 3 billones de euros- y que han marcado su impronta durante sus ocho años de mandato. Además de los 11 millones de puestos de trabajo generados entre los socios monetarios durante su periplo en el sillón presidencial del BCE. Asunto que ha enfatizado especialmente en su despedida del cargo. Bajo este contexto, ¿cuáles serán los desafíos y el sello de identidad de la nueva jefa del BCE?

1.- Lagarde suele ser pragmática

Desde el seno del BCE se han aireado las discrepancias hacia la gestión de Draghi

En sus años como jefa del FMI era muy habitual que cerrara a cal y canto la sala de reunión con sus directivos hasta que la institución diera carta de naturaleza a sus deliberaciones: ya fueran argumentarios analíticos, ayudas a países como prestamista de última instancia y sus pertinentes contrapartidas reformistas, los mecanismos de acceso a la financiación internacional de este organismo o la posición en temas sensibles como las guerras comerciales o la doble rebaja fiscal de la Administración Trump, que ocasionaron frecuentes y serios enfrentamientos internos. Y externos, en varias citas del G-7 o el G-20, entre mandatarios de las grandes potencias mundiales. Pero ese perfil práctico no le será siempre determinante. Desde el seno del BCE se han aireado las discrepancias hacia la gestión de SuperMario. Con una misiva oficiosa de varios jerarcas de la institución -miembros de su comité ejecutivo en ejercicio o de pasado reciente, antiguos responsables de su poderoso servicio de estudios y voces críticas procedentes de varios de los bancos nacionales, preponderantemente el Bundesbank pero también de latitudes de ortodoxia elevada, como Holanda o Austria-, donde arremeten sin contemplaciones contra el helicóptero monetario de Draghi. Por mucho que haya sido el sostén del euro y pese a la inacción de las autoridades políticas para instaurar programas fiscales y reformas de gran calado que ayudaran a consolidar la divisa; en defensa de la ortodoxia alemana, que pregonó y propagó la austeridad presupuestaria -y sus sacrificios asociados- como único y genuino sanctasanctórum económico.

2.- Perfil politizado

Antes de su desembarco en política hizo carrera como letrada

Uno de los problemas esenciales de Lagarde es que acude a Fráncfort con un pecado original. Es una personalidad marcadamente política. Por encima de cualquier otro atributo. Con un nítido ideario conservador. No sólo haber sido ministra delegada de Comercio Exterior en el gabinete de cohabitación pacífica durante la jefatura de Estado de Jacques Chirac y de Economía y Finanzas con Nicolás Sarkozy. También porque su trayectoria profesional no es precisamente técnica, aspecto hasta ahora esencial en el casting de selección del presidente de cualquier autoridad monetaria y, por supuesto, la europea. Su formación es jurídica. Antes de su desembarco en la arena política hizo carrera como letrada en el despacho Baker & McKenzie, en el que adquirió la condición de socia.

Tampoco se le conoce bagaje económico previo, ni sus conocimientos estuvieron enfocados a las finanzas. El BCE rompe con la tradición de imponer a un banquero central o a un profesional de la banca en su jefatura. Y llueve sobre mojado. Porque el vicepresidente Luis de Guindos ocupó en marzo de 2018 su puesto directamente después de haber ejercido como titular de Economía en el Gobierno de Mariano Rajoy. Malos tiempos para la supuesta independencia que se le supone -y se le ampara por estatutos fundacionales- de un banco central respecto de los engranajes políticos. Y la injerencia de Berlín ha sido, es y será en lo sucesivo, especialmente incisiva en la determinación de la gestión monetaria europea. Dentro de un contexto en el que el seminario The Economist habla de pérdida súbita de autonomía de los bancos centrales por las interferencias de “intereses políticos” como los de Donald Trump en la Reserva Federal, los de Recep Tayyip Erdogán en la autoridad monetaria turca o los de Jair Bolsonaro en el Banco Central de Brasil. La máxima de que la mujer del César “no sólo debe ser honrada, sino parecerlo” no parece que sea un lema internacionalmente aceptado.

3.- Supeditación al eje franco-alemán

La nueva presidenta del BCE, la primera mujer en acceder a tal alta instancia, debe mucho a Francia y Alemania. Hasta el punto de renunciar al sueldo más alto, el del FMI, de un organismo multilateral, que supera el medio millón de dólares de ingresos oficiales, pero que puede duplicar –y lo hace a menudo– esta cantidad por incentivos, cuotas de representación a cargo del Fondo y un pasaporte diplomático con múltiples privilegios. Ahora, heredará una retribución oficial de algo más de 441.000 euros –344.000 gana Guindos–, cantidad gratificante que debe agradecer, en gran medida, al eje-franco-alemán. Porque el nuevo reparto de sillas en Europa deja a dos conservadoras al frente de los dos organismos de mayor poder del entramado institucional de la UE. Lagarde en el BCE y la alemana Ursula von der Leyen como la máxima responsable de la Comisión Europea. Después de ser titular de Defensa de la canciller Angela Merkel. Otro signo de que el spitzenkandidaten -elección por la Eurocámara- del jefe del Ejecutivo comunitario -una decisión democrática- haya caído en saco roto nada más iniciar su andadura. Lagarde, que el 1 de enero cumplirá 64 años, tiene también un pasado turbio: estuvo imputada y condenada por “negligencia con dinero público” –malversación– en el affaire Bernard Tapie. Sin que ese borrón supusiera ningún obstáculo a un currículum que debe ser inmaculado. El aval franco-alemán pone en cuestión su inclinación a apoyar el mercado de bonos europeo y su decisión sobre si el corsé inflacionista impuesto por Berlín en los estatutos fundacionales va a seguir siendo el factótum sobre el que se moverán sus movimientos de tipos de interés. Pese a que el riesgo es más deflacionario que de presión alcista de precios. La tentación a mantener la filosofía del conservadurismo alemán y de sus aliados del norte y del este de Europa será de alta intensidad, se destacaba recientemente en Foreign Policy. Desde el primer momento.

4.- Cambio de política monetaria

“El euro es ahora más fuerte”. Son palabras de Merkel, en la despedida de Draghi, quien aprovechó su adiós para pedir continuismo de tipos de interés bajos -negativos si fuera preciso- y el estímulo del Quantitative Easing (QE), el programa de adquisición de deuda europea. Además de una “política fiscal más activa” que permita “ajustar las políticas del BCE más rápidamente”. Retóricas o no, la frase de la canciller germana sitúa la disyuntiva a la que se enfrentará Lagarde en los próximos meses. O seguir los derroteros marcados por su antecesor, o virar su rumbo. La predicción del mercado es que se tomará un periodo sin cambios. Desde la dirección del FMI se mostró partidaria -incluso de forma efusiva en ocasiones- al QE. De dar un volantazo, tendría serias dificultades para explicar las razones, explican los analistas, que no creen que vaya a cometer ese error. Además, desde la atalaya del Fondo, también se ha declarado favorable, aunque en casos excepcionales, de los tipos de interés negativos. Lo hizo, por ejemplo, en 2016, cuando Japón los situó en este espacio inhóspito tras seguir la estela bajista del BCE. “Se necesita más tiempo para que los activos cobren dinamismo y surtan efecto sobre las economías”. A pesar de las reticencias de los bancos a tener que cargar sus costes de intermediación por esta hipotética medida a sus reservas de futuro. “Si no hubiéramos tenido tipos próximos a cero o, incluso, negativos, el escenario actual hubiera sido mucho peor, con los precios cercanos a una fase de deflación y un crecimiento pírrico”. Palabras de Lagarde durante el trienio de mayor actividad del ciclo de negocios surgido de la crisis de 2008.

5.- Estimulación fiscal y reformas en el euro

 Las semanas que antecedieron a su designación como candidata, al inicio del verano, fue explícita sobre la necesidad de que los gobiernos hagan uso de las herramientas presupuestarias. Y señaló a Alemania, donde -dijo sin ambages- “resulta particularmente urgente” porque es la locomotora del euro y dispone de arsenales financieros suficientes para ello. Para revitalizar su estado de contracción. El superávit corriente alemán es superior a los 300.000 millones de dólares, según el FMI, que se hacía esta pregunta durante el mandato de Lagarde: “¿por qué las familias y las empresas alemanas son tan propensas al ahorro e invierten tan poco? Hay políticas para resolver esta tesitura, explicaba la ahora presidenta del BCE. “Nuestra visión es que un crecimiento sostenido a largo plazo incrementa la prosperidad y ayuda a costear el fenómeno del envejecimiento de la población”. Lagarde reclamó entonces a Berlín partidas generosas en infraestructuras, que acelere cambios laborales, fondos de ayuda a la industria y la creación de centros educativos y sanitarios infantiles. Y, sobre todo, finanzas para lograr la neutralidad energética y los avances hacia una economía verde.

Se declara partidaria de que Fráncfort dirija sus compras de activos hacia bonos verdes

Este asunto -el combate contra el cambio climático- es un reto personal. En línea con los últimos predicamentos del FMI, desea que el BCE tenga como “misión nuclear” y se declara partidaria de que Fráncfort dirija sus compras de activos hacia bonos verdes, una vez los reguladores -varios de los grandes bancos centrales han mostrado su preocupación por los efectos sobre la política monetaria de las multimillonarias pérdidas por catástrofes climáticas en el último lustro- establezcan códigos normativos para hacer sostenible este cambio de paradigma en el mercado de deuda, informaba recientemente Financial Times. Al igual que el eurobono. Quizás Lagarde no se haya mostrado tan proclive a que los socios del euro hagan realidad uno de los sueños más de ciencia ficción de Draghi. Pero cree que sería una magnífica solución final al entramado monetario europeo. Aunque antes, tendrá que convencer a sus padrinos de París y Berlín de espolear otros progresos prioritarios. Entre otros, la creación de un presupuesto europeo o una agenda con fondos e incentivos para que Europa dé el salto hacia la digitalización y la reconversión industrial. O la culminación de la unión bancaria. En cambio, en su mente no parece reposar la idea de crear un Fondo Monetario Europeo como mecanismo prestatario de última instancia para episodios de quiebras financieras o suspensión de pagos soberanas.