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Chernobyl Los 'okupas' más salvajes de Europa viven alrededor de Chernobyl

Como anarquistas, han desafiado al Estado para vivir sin patria ni patrón ni leyes en un ecosistema mutante.

Gente mayor en Zelena Polyana, que se encuentra a poco más de 50 km de Chernóbil. / FERRAN BARBER

Gracias a Chernobyl, los científicos ya no albergan dudas de que la presencia de humanos en un ecosistema es más perniciosa para cualquier forma superior de vida que los rescoldos radioactivos de las cuatrocientas bombas de Hiroshima que escupió el reactor 4, a razón de dos por hora desde el fiasco. Las ranas se han tornado más oscuras y los ratones han mutado, pero la vida ha encontrado la manera de ganarle la partida al cesio. Dicen los salvajes samosely que habitan en la profundidad del bosque que los lobos han vuelto a aúllar como jamás lo habían hecho antes. Quizá no sean tan grandes como insinúan y quizá no le canten a la luna de un modo diferente al de antes de la tragedia, pero el miedo al lobo es algo atávico que renace en los humanos tan pronto como volvemos a la selva -a cualquier selva. ¿Y puede haber algo más selvático y brutal que vivir entre grandes osos y felinos radioactivos en la zona de exclusión de Chernobyl?

'Samosely'' significa 'okupa'. Es lo que son. Ni el más vicioso desvarío ciberpunk pudo imaginar un escenario así: parias desesperados y paupérrimos volviendo a la jungla nuclear del escenario del desastre, como Marlowe remontando el río Congo a la búsqueda de Kurtz y de un lugar no sometido a la dictadura de los hombres y sus normas. El horror. O justamente lo contrario, el reencuentro con el 'buen salvaje'.

Muy probablemente, este territorio es el único espacio verdaderamente anarquista de Europa, un lugar sin leyes ni policías; sin cárceles ni jueces; sin patrón y sin Estado. Sólo que los okupas más temerarios del planeta no saben que son ingobernables. Si hubiera que escribir de algún modo su epopeya, habría que traer a colación el espíritu irreductible de los cosacos del Dnieper o el de los milicianos libertarios de la Armada Negra que comandó Néstor Majnó, el “Durruti” ucraniano.

Mapa de situación de Zelena Polyana.

Volvieron a su Matrix

El Gobierno de Ucrania ni siquiera les permite empadronarse. Claro que, si lo hicieran, ¿qué dirección harían constar? ¿Avenida del Mutante, distrito de la Alienación, condado de la Zona Muerta? Quedan sólo unos doscientos, o acaso algunos menos; han estado allí desde el principio del desastre. Procedían casi todos de Chernobyl y las aldeas aledañas. No lograron nunca acostumbrarse a vivir en las colmenas donde los realojaron; no sabían respirar desconectados de su vieja Matrix campesina. De manera que optaron por llevar una honrada vida de proscritos entre las criaturas que habitaban alrededor de la Zona 0 del Apocalipsis. La Administración ucraniana se resignó a aceptar que jamás se irían de allá.

La primera y única niña nacida en ese ecosistema radioactivo cumplirá veinte años el mes que viene, aunque ya no habita entre los 'comanches' ucranianos. Esta tribu de 'okupas' samosely ha ido envejeciendo con el tiempo. Hoy, muchos son octogenarios, lo que demuestra, al menos, que el lugar no era necesariamente incompatible con la vida, o no más, en todo caso, que otras áreas algo más alejadas del epicentro del Armageddon, donde se multiplicaron los cáncer de tiroides con los años, tanto del lado ucraniano como del bieloruso.

Una campesina de Zelena Polyana cultiva su huerto, a sólo tres kilómetros de los límites de la Zona Muerta. /FERRAN BARBER

Un apariencia bien distinta a las de los asentamientos postapocalípticos de los samosely presentan los pueblos limítrofes con las fronteras de la Zona Muerta a los que nos dirigimos en busca de otra nueva especie de colonos del desastre: gente que ha salido huyendo de la miseria y de la guerra del Donbass; hombres y mujeres que prefieren las 'cornás' del Cesio-137 a las del hambre, el desarraigo y las bombas. Este es un fenómeno mucho más reciente que arranca del Euromaidán y al que HBO debería dedicar una miniserie.

'Tajao' de vodka

“Las explotaciones colectivas de Maryanivka, Zelena Polyana y Mlachivka se fundieron en un único koljós hace 52 años”, nos aclara alguien a nuestra llegada, como si eso significara algo para nosotros. Fuere cual fuere el aspecto de las granjas soviéticas, no debía distinguirse mucho del que presentan todavía. Un pequeño tractor ruso remolca a un Lada rojo a la entrada de Maryanivka, otro pequeño pueblo del área de Polyssia. El chaval le ha tuneado la capota con luces navideñas que hace parpadear a nuestro paso, mientras un vecino arrea violentamente a su caballo. A juzgar por el modo en que se escora en el pescante va 'tajao'. En todos los pueblos hay dos o tres de ellos, los borrachos agresivos, mendicantes y orgánicos de la institución de la pobreza. “Dame 50 hrinas para un trago”, dice su antigua tonadilla.

“Zelena Polyana es por allí”, farfulla un viejo mientras repite: “Tres kilómetros, sólo tres kilómetros a la frontera de los límites de la zona de exclusión y treinta, a la central. Por aquí no hay problema”. Pero después, ladea la cabeza y añade: “Mmmmmmmm... casi no hay problema”.

¿Casi? Amén. Todos los pueblos solapados o cercanos al territorio radioactivo son, según los científicos, casi seguros; las setas que recolectan -casi nunca-, hacen saltar los contadores Geyger y las vacas que ordeñan, casi con total certeza, no producen leche radioactiva. Excepto cuando la producen. Por eso casi es mejor vivir aquí que en una casita de Luhansk destruida por los morteros o es preferible casi ser un paupérrimo mujik que convertirse en un urbanita, casi igual de miserable, de los que se hacinan en las jrusovas cenicientas de los suburbios de Kiev, Berdiansk o Mariupol.

Las casas son a menudo casi gratis. La mayoría se han venido abajo, y hay algo definitivamente evocador en las enmarañadas lianas que estrangulan y devoran a las chozas. Una casa en buen estado con un gran pedazo de parcela puede adquirise por poco más de tres mil euros, pero de esas hay pocas. El resto se halla a la venta por sólo algunos pavos.

Casas abandonadas y reocupadas en Zelena Polyana. / FERRAN BARBER

Ectoplasma alienígena licuado

A punto estamos casi de beber el agua de un caño herrumbroso que gotea frente a la cabaña de madera de uno de esos colonos recién llegados. “Niet. De esa, no”, nos advierte una viejecita parlanchina, la misma que después nos abrirá su casa, y nos llenará, para la vuelta, de comida: miel, hongos y judiones de Chernobyl. Es el 'paquete del pueblo' radioactivo de Jalina. “Morcillas no es preciso”, le aclaramos. “Meat is murder”. Nos comemos los judiones. Fuera miedo.

Después de su advertencia sobre el agua, el caño parece mucho más siniestro. Se diría que el agua lodosa que se extiende sobre el suelo se asemeja a alguna clase de fluido extraterrestre. Es la sangre corrosiva de alguna extraña criatura subterránea que supura por los manantiales de Zelena Polyana. Muchos de los pozos de estos pueblos están hoy contaminados, pero aun así la gente se suministra de ellos después de hervir el agua.

No hay nada en la belleza del lugar; nada en sus pintorescas cabañas de madera, en los castaños o los abetos; nada en los juncales de sus lagos o en los campos de lavanda; nada en los nidos de cigüeña o en las piruetas de los vencejos que insinúe que estamos en un pedazo de Tierra profanada. Zelena Polyana literalmente significa 'Campo verde'.

Habíamos oído hablar de la cordialidad y la proverbial hospitalidad de los lugareños ucranianos, pero ahora Jalina, octogenaria, le ha puesto por fin cara. Es un pueblo, el ucraniano, con un sentido de la humanidad que dignifica su indigencia. En pocos rincones del planeta son tan amables con los extraños, y eso no atañe sólo al extranjero. Extraordinarias gentes las de Ucrania, portadores del fuego. Y los de Chernobyl son los buenos de un filme que nadie ha producido todavía. Si les descubren los frikies del desastre que ahora acuden en masa al Disneywar de Prypiat, el Gobierno los confinará en una reserva; los masacrarán a selfies los youtubers y los supervivencialistas. La llegada de un periodista es siempre un mal presagio, el comienzo de algo peor; es el 'scout' que engaña al indio y que termina anticipando al Séptimo de Caballería. HBO sólo abrió la espita.

En el interior de la casa de Jalina. La anciana se obstina en invitar a los extraños. / FERRAN BARBER

El espíritu de Majnó y de los cosacos

Por los 'colonos' venidos desde Crimea o el Donbass averiguamos que los habitantes más antiguos de estos pueblos se volcaron a ayudarles a su llegada, a pesar de que nada les unía a esas aldeas. Eso es también probablemente alguna clase de legado de la época soviética, o quizá, la consecuencia irrenunciable de una cultura agraria y rural que enaltece a los homínidos. “Los campesinos no saben mentir”, diría el líder anarquista Néstor Majnó a principios del pasado siglo, mientras cercenaba las cabezas de cuantos terratenientes menonitas encontraba a su paso. Liberaba a los soldados austro-húngaros y los mandaba a casa con libelos de Kropotkin.

A Majnó no le gustaría saber que los campesinos de Chernobyl, antes que los liquidadores, fueron los más terriblemente despojados por la brutalidad de la dictadura del proletariado. Todo para el Estado y para sus zares bolcheviques; nada para los humanos. “Han igualado a los eslavos en la roña y en la servidumbre”, se quejaba el anarquista Piotr Arshínov en sus memorias de la Majnovchina. Los de la Armada Negra odiaban como nadie al 'jesuita Lenin”.

De Zelena Polyana al primer puesto de control policial porque el que se accede a la zona de exclusión hay apenas nueve kilómetros y apenas dos mil metros, o poco más, hasta las fronteras de la zona de exclusión. En todo caso, se quedaron fuera del anillo, así que sus habitantes no fueron desalojados junto a las 116.000 personas que inicialmente evacuaron, como si una línea sobre una mapa hubiera de preservarles de los bubones que imprimía en los humanos la terrible plaga radioactiva. Con el tiempo, terminarían pudriéndose desde dentro a fuera, desarrollando toda clase de tumores, la 'enfermedad' de los colonos. Es una de las partes más desconocidas de la historia que tanto fascina a los occidentales; la de los hombres y mujeres de campo que habitaban y aún habitan en las fronteras de la hecatombe.

Alimentos radioactivos para las embarazadas

“Los desastres modernos requieren un estado moderno para limpiarlos. El problema era que las zonas rurales de Ucrania y Bielorrusia, donde caía el mayor volumen de lluvia del reactor en llamas, tenían pocos de los recursos necesarios para superar un Apocalípsis tecnológico”, escribió Kate Brown en un magnífico y recomendable libro titulado 'Manual para la supervivencia”. La mayoría de los pueblos como Polyana Zelena o Maryanivka ni habían oído hablar de tuberías o calefacción central, de modo que la gente se calentaba durante los gélidos inviernos que siguieron al accidente con madera o turba radioactiva. “Los caminos de tierra levantan polvo que transportaba partículas en suspensión. En las tiendas rurales sólo se vendía sal, queroseno y fósforos, así que los agricultores se comían lo que producían en sus parcelas, que abonaban con cenizas y estiércol, dos magníficos concentrados radioactivos. Las moscas que se alimentaban del estiércol llenaban después las cocinas de las casas. Todos trabajaban en los campos, incluso mujeres las embarazadas y los niños”.

Anciana de la vecina población de Maryanivka, también en el área de Polyssia. /FERRAN BARBER

En algunas aldeas bielorusas, se superaron los niveles de radiación de los reactores 1 y 2 de Chernobyl. Nadie dejó de hacinar heno en el granero o de comer los pollos y los cerdos que criaban en sus cobertizos. Nadie dejó de pastorear los animales en los pastos radioactivos o de recolectar las bayas y las setas. “Los agrónomos elaboraron manuales de supervivencia para enseñar a los agricultores cómo vivir y trabajar en un mundo postnuclear. Los hogares de los lugareños se habían convertido para entonces en el bazo donde anidaban los isótopos”, contó Brown en su libro.

Distópicos campesinos cyberpunk

En las áreas con más de dos curies por kilómetro cuadrado, podía verse a los campesinos trabajando como operadores nucleares; embutidos en trajes, respiradores, sombreros, guantes y dosímetros. “A los jefes de los koljós que ni tenían dosímetros ni hubieran sabido cómo usarlos se les dijo que, de alguna manera, establecieran puestos de control radiológico en cada aldea. Los granjeros se duchaban después del trabajo; no podían acostarse en el pasto; comer al aire libre o desplazarse en carretas de caballos. No podían quemar ramas u hojas, ni pastar sus ganados en junio y julio, o usar leña o turba local en las estufas. No podían fertilizar sus jardines con estiércol y cenizas ni recolectar hierbas, setas y bayas silvestres en los bosques”. No podían, en suma, hacer ninguna de esas cosas que les permitían sobrevivir, de manera que desobedecieron. “Se les pidió que renunciaran a los medios de vida en los que habían confiado durante mil generaciones”. Nunca nadie sabrá cuántos de ellos murieron.

Todavía hoy viene de vez en cuando un técnico a medir los niveles radioactivos. Suelen decir que son “casi seguros”. Se sabe, sin embargo, que la contaminación del suelo en ciertas áreas sigue representando una amenaza para la seguridad de las personas. Recientemente, también, un equipo científico dirigido por Valery Kashparov halló niveles potencialmente peligrosos de Cesio-137 en la leche de vacas ordeñadas en las proximidades de la zona de exclusión. Nadie tiene hoy ninguna duda de que en las cantidades suficientes daña las células humanas y provoca enfermedades como el cáncer de tiroides.

Territorio Libre de Chernobyl

Se sabe que la mayor parte de las hortalizas cultivadas en la zona poseen bajos niveles de radiación -algunas menos que otras- pero se siguen investigando las bayas de los bosques y los hongos, que los campesinos nunca han dejado de recolectar. Transcurridos 33 años desde la catástrofe, los piratas de tierra del Territorio Libre de Chernobyl no tienen otra forma de supervivencia que las propias de sus viejas costumbres ancestrales. No hay más trabajo aquí que una empresa forestal que da empleo a una docena de personas. Y aun así, permanecen. No soportaría pasar lo que les resta de existencia fuera del lugar donde crecieron o, en el caso de las familias recién llegadas del Donbass, no se resignan a vivir bajo los proyectiles que intercambian los ucranianos con los separatistas apoyados por los rusos.

Zelena Polyana fue clasificada en la categoría IV, lo que en teoría significa que el lugar está limpio. Sólo tres kilómetros al norte hay una aldea de categoría III, y en las mismas entrañas de la zona muerta, existen asentamientos con niveles semejantes a los de la aldea de Jalina. No hay constancia de que los desplazados del Donbass se hayan aventurado a vivir hasta el momento por los territorios 'alienados'. ¿Para qué avanzar más hacia la muerte si es posible vivir en las fronteras de Chernobyl sin pagar renta ni electricidad? La mayoría de las casas están vacías y los okupas de Donetsk se instalan con frecuencia sin pedir siquiera autorización a sus propietarios. En torno a trescientas personas podrían vivir hoy en esta mundo paralelo postnuclear.