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Las sanciones occidentales causan una nueva crisis humanitaria en Siria

Las sanciones que Estados Unidos y los países europeos han impuesto sobre Siria, además de las sanciones a Irán, están creando una grave crisis humanitaria en el país. Las autoridades se han visto obligadas a racionar el suministro y en las gasolineras se forman enormes colas y crece el malestar entre la población.

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Cortina de humo tras una explosión en Baghouz, en la provincia siria de Deir Al Zor. - REUTERS

La situación humanitaria en Siria se agrava rápidamente a causa de las sanciones occidentales contra ese país y contra Irán. De momento, el pan no escasea pero sí los combustibles y la energía eléctrica que justamente se genera en gran parte con el petróleo que hasta hace poco Siria obtenía de Irán.

Las autoridades se han visto obligadas a racionar el suministro y en las gasolineras se forman enormes colas y crece el malestar entre la población. A principios de mes, cada vehículo podía acceder a 120 litros mensuales, pero desde el 14 de abril solamente puede acceder a 20 litros cada cinco días. Muchos sirios cruzan la frontera con Líbano para cargar sus depósitos y bidones que luego venden dentro del país.

La situación se agrava por las sanciones que la administración de Donald Trump ha impuesto contra Irán. Los petroleros iraníes que habitualmente transportaban el combustible a Siria no pueden atravesar el Canal de Suez puesto que Egipto no lo permite por temor a desatar la ira de Estados Unidos, de manera que el petróleo no llega a los puertos sirios.

Las sanciones juegan un papel central en el deterioro de la vida ordinaria de millones de sirios que residen en las zonas controladas por el gobierno, donde existe una crisis humanitaria en ciernes que a veces alcanza tintes surrealistas, y en la que los países europeos desempeñan un papel decisivo.

Los petroleros iraníes que habitualmente transportaban el combustible a Siria no pueden atravesar el Canal de Suez

La directora regional para Oriente Próximo de Oxfam me contaba la semana pasada que las sanciones están influyendo muy negativamente en el trabajo de las ONG que operan en Siria. Un ejemplo de las consecuencias surrealistas de las sanciones es que los donantes europeos permiten que Oxfam distribuya agua potable en algunas localidades afectadas por la guerra, pero no permiten que la ONG arregle las tuberías que podrían llevar agua potable a esas localidades sin restricciones y que terminarían con el uso de los camiones cisterna.

Según estimaciones de la ONU, la guerra causó unas pérdidas de 400.000 millones de dólares en destrucciones de todo tipo. Es necesaria y urgente una gigantesca operación de reconstrucción, pero los europeos se niegan iniciarla mientras el presidente Bashar al Asad siga en el poder. Parece que hay líderes europeos que piensan ingenuamente que es posible convertir Siria en un modelo democrático similar a Dinamarca, con un gobierno y una oposición ejemplares, sin percibir que las alternativas reales son peores que el actual presidente. La consecuencia es que la población está al borde de una crisis humanitaria peor que la derivada de la guerra.

Dentro de Siria, en las calles y en las redes sociales, se procede a criticar al gobierno, lo que sin duda debe excitar a los altos funcionarios de Bruselas que impiden que empiece la reconstrucción del país mientras aspiran a que se produzca un relevo en el poder que sea magnífico, con un gobierno y una oposición tan maduros como los de Islandia.

La terrible guerra que asola al país durante años fue provocada en gran parte por la injerencia de Estados Unidos primero, con su embajador en Damasco a la cabeza, y sustentada después por países europeos que creyeron que podían intervenir militarmente, incluso apoyando a los yihadistas más feroces, para resolver los problemas del país al calor de las llamadas “primaveras árabes”.

El sufrimiento de la población civil en un país que tiene millones de exiliados y desplazados no parece preocupar lo más mínimo ni a Estados Unidos ni a la Unión Europea. Al contrario, los líderes occidentales siguen empeñados en acelerar el curso de la historia a cualquier precio con tal de que se les perciba como líderes democráticos y muy preocupados por los derechos humanos que figuran en las convenciones internacionales que ellos mismos han establecido y que tan alejadas están de la realidad de Oriente Próximo.

Cuando se inició el conflicto sirio en 2011 y la luna parecía estar al alcance de los líderes europeos, Siria producía 350.000 barriles diarios de petróleo. Al año siguiente la producción cayó drásticamente y pronto los pozos cayeron en manos del Estado Islámico y luego de las milicias kurdas apoyadas de Estados Unidos. Mientras Estados Unidos siga en el nordeste de Siria, el gobierno de Damasco no verá su petróleo.

 Cada familia solo tiene acceso a una garrafa de gas de cocina de 8 kilos cada 23 días

El gobierno de Bashar al Asad dice que en la actualidad está produciendo 24.000 barriles diarios de crudo de los pozos que controla, aunque otras estimaciones independientes señalan que la producción es sensiblemente inferior, quizá de 18.000 barriles diarios. Si antes de la guerra el país era casi capaz de autoabastecerse en el terreno energético, ahora dista mucho de ese objetivo.

El mayor daño se deriva de la decisión de Estados Unidos de incorporar a su lista negra a un gran número de empresas iraníes y rusas, principalmente, que comercian con Siria o con Irán, lo que ha llevado a otras empresas occidentales a interrumpir sus negocios con el gobierno de Damasco por temor a las represalias de Washington.

El sufrimiento de la gente corriente en las ciudades y pueblos que controla el gobierno no puede explicarse mejor que diciendo que en la actualidad cada familia solo tiene acceso a una garrafa de gas de cocina de 8 kilos cada 23 días, según lo que el gobierno acordó en el mes de marzo. Estadounidenses y europeos parecen pensar que eso no va con ellos ni con sus sanciones.