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Ecología urbana El adiós al coche para lograr entornos escolares más saludables y tejer lazos sociales

El reto de pacificar la zonas escolares pasa por restringir el uso del coche, pero también por crear un tejido en la comunidad que permita empoderar a los menores y garantice su seguridad a la hora de ir andando al colegio. Basándose en esta premisa, el Ayuntamiento de Barcelona ha iniciado un proyecto para devolver el espacio urbano a los menores.

Una madre y sus hijas esperan a que los coches pasen para poder cruzar cuando van de camino a la escuela./ EFE-Archivo

alejandro tena

El paradigma de las ciudades está cambiando. La cosmovisión que otorgaba a los vehículos el dominio de los espacios ha sido puesta en duda y, con ello, la forma en la que se entienden las urbes. No obstante, hay quien se aferra a las ruedas y los tubos de escape, que contaminan el aire y, a consecuencia de ello, terminan con la vida de miles de personas en todo Europa, tal y como muestran las estadísticas de la Agencia Europa del Medio Ambiente. Pero también hay quienes se sumergen en una corriente cada vez más fuerte que, ligada al principio de decrecer para sobrevivir, apuesta por transformar los entornos y relegar al pasado la cultura del automóvil. No se trata, en cualquier caso, de destruir los coches, sino de convertirlos en objetos prescindibles para el día a día.

El primer paso se halla en las escuelas y sus perímetros, donde los coches tienden a acumularse en filas dobles y los jóvenes llegan a las aulas, en la mayoría de los casos, sin poder caminar y conectar con el barrio. Tal es el poder de los vehículos a motor, que los aledaños de los colegios se han visto privados de las combas, los balones y los gritos de los pequeños. El juego es ahora una práctica casera y virtual. Para evitar esto, el Ayuntamiento de Barcelona ha iniciado un nuevo proyecto que tratará, en primera instancia, de pacificar los centros educativos y crear plazas frente a la entrada de 200 de los colegios más afectados por la contaminación.

"La idea es atender a los perfiles más frágiles de la sociedad, los niños y las niñas, partiendo de la base de que es en las escuelas donde más tiempo pasan"

“La idea es atender a los perfiles más frágiles de la sociedad, los niños y las niñas, partiendo de la base de que es en las escuelas donde más tiempo pasan”, explica a Público Xavier Matilla, arquitecto jefe del Ayuntamiento de Barcelona que ha liderado este proyecto ambicioso que busca cambiar el paradigma urbano empezando por los colegios y centros educativos. “Si hacemos una ciudad mejor para los más pequeños, la haremos más habitable para el resto de ciudadanos”, agrega, para explicar que el proyecto, además de la apertura de nuevos espacios, tratará de restringir la circulación masiva de vehículos en los aledaños de los colegios. Todo ello se enmarca dentro de las aspiraciones del Gobierno municipal de crear un entramado urbano que ponga en el centro al ser humano por encima de los coches privados.

El objetivo final es terminar actuando sobre el conjunto de centros de la ciudad y, en cierta medida, servir de ejemplo a otros consistorios del Estado español que presenten problemas de tráfico y calidad del aire. La prioridad en los tiempos de ejecución se debe articular, según explica Matilla, en base a cuatro criterios. En primer lugar, los centros de educación infantil o preescolar, ya que la población de edad más temprana es la más expuesta y vulnerable. En segundo lugar, prevalecerán los criterios de contaminación atmosférica y, en tercer lugar, los de contaminación acústica. Por último, las escuelas con mayor número de alumnos. Bajo esas premisas se comenzarán a transformar los entornos educativos en lugares más saludables.

Todo termina entroncando con una idea simple como es “el derecho a la ciudad de los niños”, explica Carmen Pérez del Pulgar, investigadora en ecología urbana, gentrificación y espacios sociales en la Universidad Autónoma de Barcelona. También con el interés de educar las miradas y las costumbres de los más pequeños que, al crecer en un entorno seguro ambiental y socialmente, podrán trastocar la cosmovisión imperante del culto al coche. Es decir, si los niños del presente acostumbran a acudir andando a la escuela o en transporte público, crecerán con cierto desapego hacia una cotidianidad ligada al automóvil.

"Las escuelas son lugares de intervención y encuentro a nivel de barrio"

El hecho de modificar los espacios urbanos que abrazan los colegios no es una medida que venga a proteger únicamente a los estudiantes que, mochila a cuestas, madrugan para formarse. Lo cierto es que las escuelas se prestan como ejes capaces de articular la vida de las ciudades. “Son lugares de intervención y encuentro a nivel de barrio”, argumenta Pérez del Pulgar, que señala la importancia de que los cambios partan desde una idea de equidad y justicia social. Es decir, que la pacificación venga acompañada de medidas capaces de hacer posible el abandono del coche para todas las capas de la población. Ampliar la red de transporte público o fomentar el uso de bicicleta con infraestructuras que garanticen la seguridad son algunos ejemplos.

“Si se tiene que hacer algo, se debe hacer con la idea de generar bienestar relacional y con la idea de que los barrios menos privilegiados puedan generar estos espacios urbanos que al final sirven de refugio a nivel de seguridad comunitaria”, añade Isabelle Anguelovski, investigadora del Barcelona Lab of Urban Environmental Justice and Sustainability (Laboratorio de Barcelona para Justicia Ambiental Urbana y Sostenibilidad) de la Universidad Autónoma de Barcelona.

Y, en cierto modo, la iniciativa del Consistorio catalán parte de esa idea de tejer lazos de comunidad, tal y como explica Matilla a este diario: “La idea es crear mesas redondas en cada distrito, integradas por actores sociales, padres, comunidad educativa y personal del Ayuntamiento, que se encarguen de debatir y acordar las futuras transformaciones que se puedan ir dando en los espacios escolares”.

Los menores absorben el 20% de la dosis total de contaminación diaria recomendada en el camino a la escuela

“Con los recortes que ha hecho la Generalitat a las escuelas públicas, han facilitado a las privadas y a las concertadas y hay muchos padres que optan por este modelo, desplazándose por toda la ciudad hasta la otra punta para llevar a sus hijos a la escuela”, comenta Anguelovksi, poniendo el foco en el problema que genera que la elección de centro educativo no se realice bajo los criterios de proximidad, lo cual garantizaría un descenso del uso del coche y mejoraría la calidad del aire de las ciudades y la salud de los menores, que absorben el 20% de la dosis total de contaminación diaria recomendada en el camino a la escuela, según un estudio del Instituto de Salud Global de Barcelona.

La dependencia del coche, que durante los últimos 20-30 años ha aumentado, es la raíz del problema urbano que rodea los centros escolares que, según Pérez del Pulgar, tampoco es que fueran idílicos a principios de siglo, cuando los “barrotes en los patios tenían la misma visión negativa que hoy”. Para la investigadora, el uso del coche explica que haya "un porcentaje muy bajo” de alumnos jóvenes que vayan al colegio solos, pero además, influyen otros factores como la turistificación. Este fenómeno “hace que no exista un tejido social estable produce que aumente el miedo en los padres a la hora de dar autonomía a los niños”. A ello, se debe sumar la extraescolarización como norma, lo cual “suprime el juego público de los menores”, zanja.

El reto de apremiar la vida a pie, por ende, empieza empoderando a los menores y devolviendo el ocio más primario a las calles. Así, la cosmovisión del automóvil se trunca, sea por razones climáticas o de salud pública, y los ritmos rápidos se cuestionan con alternativas diferentes que buscan reconectar al ser humano con su entorno desde sus raíces; la niñez.