El diccionario que inventa las palabras para entender lo que sentimos: "Lo que no se nombra no existe"
'Público' habla con John Koenig, escritor y autor del 'Diccionario de las tristezas sin nombre', que reflexiona sobre el poder del lenguaje, las lenguas minorizadas y aquello que se resiste a ser nombrado.

Madrid-
¿Alguna vez has sentido una emoción que no sabías cómo describir? ¿O cómo nombrar? La manera en la que nos referimos a las cosas, las palabras que utilizamos, el modo en el que narramos nuestras vidas y la realidad... tienen efectos sobre las cosas, nuestras vidas y la realidad misma. Esta conciencia es en parte lo que caracteriza el giro lingüístico: las tendencias de la investigación filosófica y social del siglo XX que ponían el lenguaje en el centro. Su desarrollo ha cobrado incluso un cariz político. "Lo que no se nombra no existe", se afirma desde distintos movimientos –especialmente los feminismos–. El lema viene a defender quizás la manera más radical de este giro lingüístico, y es que el lenguaje no sólo tiene efectos, sino que crea la realidad.
Estas disquisiciones tienen un valor político en cuanto a la manera en la que la sociedad civil se organiza y articula su programa. Pero además, el lenguaje crea sentido de nosotros mismos. La manera en la que nombramos nuestras experiencias y pasiones permite un entendimiento del yo, una lectura que es muy personal, pero –como también nos enseñaron los feminismos– puede ser muy política. Por este motivo, John Koenig ha dedicado 12 años de su vida a crear el Diccionario de las tristezas sin nombre (Capitán Swing, 2026), un proyecto que comenzó en 2009 en forma de blog.
La primera palabra que creó fue sonder, cuya acepción es la "constatación de que cada viandante con el que nos cruzamos al azar es el personaje principal de su propia historia, en la que nosotros solo somos un extra en segundo plano". Pronto encontró que este concepto se extendía y que, lo que creía que era una emoción muy particular, resultó que hacía referencia a algo que mucha gente ha sentido alguna vez. En su libro, reconoce: "Por supuesto, sonder no era real cuando yo la escribí, pero algún día podría pasar a otro diccionario más prestigioso y ocupar su lugar junto a mileurista, perreo, espóiler o teletrabajo, que ascendieron en la jerarquía de un modo similar".
Eros dulce y amargo
Sin embargo, ¿por qué centrarse en "las tristezas"? ¿Por qué no crear palabras que nombren las alegrías? El título original es The Dictionary of Obscure Sorrows, es decir, las penas ocultas, inciertas, oscuras o desconocidas. "Originalmente, sorrow no era solo una emoción negativa, era plenitud. Ese es su significado original. Así que el libro recoge cualquier emoción que me hiciera sentir lleno, ya fuera feliz o una mezcla de sentimientos, La felicidad y la tristeza forman parte de lo mismo", explica en conversación con Público.
Si intentas vivir una vida superficial, solo en la luz, todo se disolvería en una especie de niebla intermedia y nada tendría sentido
La poeta y ensayista Anne Carson recupera en Eros dulce y amargo la palabra glukupikron (literalmente, dulceamargo) que Safo inventó para referirse al amor como una experiencia simultáneamente placentera y dolorosa. Y es que a veces nos regocijamos en la melancolía y la pena porque encontramos cierta dulzura en las tristezas. "La vida son contrastes. No puedes tener una sin la otra. Si intentas vivir una vida superficial, solo en la luz, todo se disolvería en una especie de niebla intermedia y nada tendría sentido. El sentido reside en la distinción entre lo que es importante y lo que no lo es. Y ese contraste es necesario para que el sentido pueda existir", reflexiona.
Parodia de un diccionario
Precisamente para dar cuenta de dicho contraste, Koenig ha creado este diccionario, que también hace las veces de ensayo. "Es un diccionario, pero en cierto modo es también una parodia de un diccionario. No es real. Se ríe de la idea autoritaria del diccionario, en la medida en la que es la figura que otorga legitimidad a ciertas palabras y en consecuencia determinan 'esto es real, pero esto no'. Lo que trato de demostrar es que todas las palabras son inventadas. Esa es la verdad. Y por tanto podemos expresarnos y definirnos a nosotros mismos".
Entender el vocabulario como una invención humana abre un potencial político en absoluto desdeñable. En este plano, "muchas de las dificultades e incluso las disputas que tenemos se deben simplemente a las definiciones de las palabras", afirma el autor. Una aseveración muy similar a aquella de Ludwig Wittgenstein –quien inauguró el mencionado giro al proponer que todos los problemas filosóficos son, en realidad, malentendidos lingüísticos–. "Yo vivo en Mineápolis (Minesota, EEUU). ¿Quién es americano? ¿Quién es mujer? ¿Quién es artista?", se pregunta Koenig.
Es demasiado cómodo reducirlo todo a abstracciones en lugar de aceptar la complejidad de la realidad o de los sentimientos
"Hay muchas abstracciones diferentes que todos utilizamos para estructurar nuestra vida y contener el caos. Y creo que, en cierto modo, el lenguaje es una especie de tecnología y se nos ha escapado de entre las manos porque es un atajo hacia lo que creemos que somos capaces de transmitir". "Si podemos dar complejidad al lenguaje y ralentizar a la gente, obligándola a mantener conversaciones en las que realmente se expliquen con detalle en lugar de limitarse a utilizar términos simplificados, creo que todos saldremos ganando. Creo que es demasiado cómodo reducirlo todo a abstracciones en lugar de aceptar la complejidad de la realidad o de los sentimientos".
La 'anemoia' o la nostalgia por un pasado jamás vivido
Las palabras que un nuevo diccionario propone –sea o no parodia– da cuenta también de las ansiedades, los deseos y las necesidades que se despliegan en un determinado tiempo y sociedad. Uno de los términos que más se ha popularizado es anemoia: "Nostalgia de una época que nunca vivimos". Koenig reconoce un creciente anhelo por etapas históricas como la era victoriana, los años sesenta o incluso los noventa. "Muchas personas que han vivido estas épocas no caen en la fantasía, pero hay algo que te hace desear poder vivir en medio de una historia y no al final de ella –que es como experimentamos el tiempo–, como si todo estuviera contenido, sellado y ya definido para nosotros".
Vivimos el tiempo en un presente radical. Cada segundo que pasa es el último segundo experimentado en el universo, un proceso que nos aboca a una incertidumbre perpetua. Quizás podemos saber lo que pasó los segundos anteriores, pero es imposible saber qué sucederá en el próximo hasta que, de hecho, ya haya sucedido. "Creo que ese es el núcleo de esa emoción, realmente queremos saber hacia dónde va la Historia mientras estamos en ella, pero, lamentablemente, no podemos".
'Make America great again' es pura nostalgia por una época que probablemente nunca existió
Se trata de una emoción que refleja el Zeitgeist contemporáneo, es decir, el espíritu de nuestra época, marcada por movimientos que abogan por volver a un tiempo pasado que –aseguran– fue mejor. Koenig menciona el lema trumpista Make America great again (MAGA): "Es pura nostalgia por una época que probablemente nunca existió. Es solo un sueño que tiene una parte de la ciudadanía, porque si mucha gente volviera a los años cincuenta, desearían desesperadamente volver al presente. Y creo que eso se ve también en toda Europa".
Koenig, que durante varios años vivió en Hungría, destaca que allí identificó "una especie de nostalgia por el antiguo imperio que, de alguna manera, todavía se puede sentir. Así es como se crean los mitos, que ayudan a unir a la gente, pero también a separarla. Todos necesitamos sueños, pero a veces estos pueden ser dañinos. Así que al poner esa palabra [anemoia] ahí, espero que ayude a abrir una brecha. Que la gente piense en ese proceso con toda su complejidad, no solo como nostalgia o como una emoción que puede ser acogedora, sino como algo que tiene su propia magia oscura, que puede escaparse de nuestras manos".
Ecología lingüística ante la muerte de las lenguas
La palabra anemoia ha sido creada a partir del griego antiguo ánemos (viento) y nóos (mente). El diccionario se nutre de un centenar de lenguas antiguas y modernas. El proceso por el que se emplearon unas u otras para la formación del diccionario fue "implícito, subjetivo e instintivo", cuenta Koenig. Por ejemplo, la palabra eisce se define como "conciencia del papel infinitesimal que desempeñamos en la formación de nuestra sociedad". Para esta emoción "sentí que necesitaba algo realmente musgoso, antiguo e irlandés, por lo que acudí al diccionario de esta lengua". En él encontró eisceacht, que significa "excepción", y le inspiró para nombrar dicho sentimiento.
Ninguna palabra del diccionario es arbitraria. "Hice un trabajo de investigación para conocer exactamente cuál era el origen de estos términos. Lo hice para que el resultado fuera real, en lugar de solo palabras sin sentido o juegos de palabras, que es lo que suelen ser muchas palabras inventadas". Aunque ahora vive en EEUU, el escritor creció en Ginebra (Suiza). "Me encanta jugar con las lenguas. Me crie en un lugar rodeado de un montón de lenguas diferentes. Eso creo que te da una perspectiva plural. Te das cuenta de la cantidad de formas que hay de mirar el mundo. Realmente pueden enriquecer tu visión del universo cuando las conoces".
La extinción de lenguas minorizadas es una forma de pérdida de sentido. Es un vaciamiento de las diferentes formas de ver el mundo
En La muerte de las lenguas, el lingüista David Crystal reconoce el valor ecológico de los idiomas. Tengan más o menos hablantes, contribuyen a cierta forma de biodiversidad, en la medida en la que permiten una mayor capacidad de adaptación a las nuevas realidades y, por tanto, facilitan entre sí su evolución. A este respecto, Koenig admite su sensibilidad con las lenguas minorizadas: "Su extinción es una forma de pérdida de sentido. Es un vaciamiento de las diferentes formas de ver el mundo".
Lo innombrable
Diferentes idiomas tienen diferentes palabras para nombrar diferentes facetas de la realidad. "Todo es una cuestión de palabras", dice Samuel Beckett en El innombrable. Palabras más específicas nos permiten dar cuenta de nuestro mundo con todo lujo de detalles y matices, pero esto no siempre es posible. "Tengo miedo, miedo de lo que mis palabras harán de mí, de mi escondite, una vez más", expresa también la novela experimental del escritor irlandés. De acuerdo con Koenig, "hay un espacio realmente fructífero para esa tristeza deliciosa. Pero algunos temas se resisten a este tipo de trabajo. Creo que el amor romántico es uno de ellos. La tecnología es otro".
El autor del diccionario considera que algunas emociones resultan "innombrables". "Hay muchas cosas que el lenguaje en sí mismo no puede abarcar. No nos pueden ayudar porque el lenguaje, en última instancia, es reduccionista. Es decir, trata de reducir cuestiones inconmensurables como las emociones o los pensamientos. Son cuestiones que a menudo simplemente se resisten a ser contenidas". Algunas tristezas continúan tras el velo de las constelaciones oscuras que vertebran la psicología humana, y puede que siempre permanezcan sin nombre.

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