Verano porteño (11)
Siguiendo el rastro del mal olor, Roberto Esteban descubre que en un chalet de lujo hay seis réplicas de sí mismo.
Este es el undécimo capítulo de la novela de verano por entregas de David Torres.

-Actualizado a
Tal vez se me fue la mano al mencionar a Bianchi. Lo hice más por vacilar un poco al Turco que por confirmar algo que ya sabía. Revisé el teléfono y vi que había un mensaje de Sebas, una dirección en la avenida del doctor Arce, cerca de la plaza de Cataluña. La repetí en voz alta y le dije a Amadeo si podía darse prisa. Mientras el taxi atravesaba la desolada canícula madrileña, reconocí que el Turco no exageraba: no tenía ni puta idea de dónde me estaba metiendo. Sebas había sido algo más gráfico al especificar que poseía una especie de imán infalible para atraer la mierda.
La residencia de Bianchi bien podía pasar por una de esas discretas embajadas que florecen en los barrios pijos de la capital: un chalet de tres plantas de amplios ventanales y un blanco deslumbrante del que apenas se veía el tejado; el resto estaba protegido por un muro imponente. En la verja, junto a la entrada, había una pareja de seguratas en manga corta que apenas si podía refugiarse del sol inmisericorde. Normal, un millonario no iba a gastar dinero en una garita para vigilantes con aire acondicionado. Le dije a Amadeo que aparcara al otro lado, a la sombra de un árbol, y crucé la avenida aprovechando que no cruzaba un solo coche. Los dos colegas se estiraron al ver que me acercaba a buen paso.
-Creo que se equivoca, amigo -dijo uno.
-Déjalo -dijo el otro-, a lo mejor es el ayudante del payaso.
-Debo hablar con el señor Bianchi.
-No va a poder ser. Esto es un domicilio particular. Circule.
-Díganle que me envía el Turco. Seguro que querrá oír lo que tengo que decirle.
El mote debía de sonarles de algo, porque intercambiaron una mirada bastante elocuente. El más alto me ordenó que esperase a su lado mientras el otro entraba a preguntar. Tardó un buen rato: el que me quedé asándome vivo al sol, compadeciéndome de aquellos dos pobres tipos en uniforme. Al regresar, me caían goterones de sudor por el cuello y la frente.
-Venga por aquí.
Me condujo a través de unos jardines espléndidos, entre un desfile de camareros con bandejas, gente charlando de pie, señoras tomando el sol en tumbonas y un montón de críos jugando en una piscina. Había más críos sentados delante de un payaso que anudaba globos y más globos, y entonces el segurata me explicó que era el cumpleaños de la hija de Bianchi. Al pasar junto a él, un niño me regaló un globo azul con forma de perro salchicha.
-Se llama Toby. Cuídalo bien.
-Tranquilo. Está en buenas manos.
Al fin entramos en una de las salas, donde me costó un rato habituar los ojos a la penumbra. Cuando lo hice, descubrí que estaba en compañía de otra clase de invitados: media docena de tipos grandes y fornidos a quienes no me fue difícil clasificar en la categoría de guardaespaldas. Las narices aplastadas son una especie de pasaporte internacional y la mía hacía juego con el paisaje.
-Espere aquí -dijo el segurata-. Vendrán a buscarlo.
-Gracias.
Saludé con la cabeza, tomé un refresco de limón de una bandeja y esperé a hacer amigos. Un tipo enorme me ofreció la mano.
-Así que trabajas con el Turco.
-Ya ves.
-Yo estuve un año currando con él. Menudo elemento.
-Ya te digo.
Había descubierto desde los tiempos del colegio que, gracias a ese par de respuestas, podía vadear una conversación sin problemas. No dije mucho más, aunque oí unas cuantas cosas bastante interesantes, un ramalazo de datos inconexos que mezclaba nombres de peces gordos con alusiones a viviendas turísticas, empresas y fondos buitre. Se notaba que la discreción no era el punto fuerte de aquellos mastuerzos. Con aquel sonsonete imprudente de fondo, no era difícil trazar una línea recta entre la barbería de Belgrano y un chalet de lujo en la avenida del doctor Arce. El más alto del grupo se acercó y me puso una mano como una losa en el hombro.
-Creo que te conozco. ¿Tú no eres Roberto Esteban?
-El mismo -dije, preparándome por si tenía que estamparle el vaso en la jeta.
-Macho. Roberto Esteban. Yo vi tu defensa del título contra Tom Butler en el Campo del Gas. Era una mala bestia, te arrinconó contra las cuerdas lo menos quince veces, hasta que lo dejaste seco de un directo al mentón en el cuarto asalto.
-En el quinto. Tuve mucha suerte.
-Suerte una mierda. Eras un cabrón con pintas. ¿Y cómo has acabado así?
-Ya ves.
Por suerte, no hubo tiempo para más explicaciones. Un joven con gafas irrumpió en el corrillo que se había formado a mi alrededor.
-¿Es usted quien viene de parte del Turco? Sígame, por favor.
Todavía llevaba a Toby, el perro salchicha azul, en la mano cuando empecé a subir la escalinata de mármol hacia la segunda planta.
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