Verano porteño (15)
Donde Roberto Esteban conoce a Aníbal Malvar y piensa si el cuarto poder todavía sirve para algo.
Este es el decimoquinto capítulo de la novela de verano por entregas de David Torres.

Madrid--Actualizado a
-¿Cómo dice que se llama?
-Aníbal. Aníbal Malvar —dijo quitándose las gafas de sol—. La primera con B y la segunda con V.
El nombre me sonaba a camelo y el apellido también. No parecía que el tío viniera de cruzar los Alpes a lomos de un elefante, aunque algo trompa sí que estaba. Ganas me dieron de mandarlo a tomar por culo, pero me contuve a tiempo. Nunca se sabe cuándo la prensa puede echarte una mano.
-¿Sabe lo que ha pasado? —preguntó Amadeo, señalando una furgoneta policial que pasaba cargada de detenidos.
-Más o menos. Vinieron a destrozar la barbería, pero se encontraron con una sorpresa. Belgrano los esperaba atrincherado en su piso y no es un tipo que se deje intimidar. De algo tenía que valer su experiencia de guerrillero.
-¿Lo conoces? —pregunté.
-Un poco —dijo, rascándose el pelo—. He tomado unos cuantos cacharros con él.
-¿Se encuentra bien?
-Vi cómo lo metían en un coche del SAMUR. Estaba inconsciente, pero uno de los sanitarios me aseguró que no parecía grave. Fingí que era su sobrino y le pedí el teléfono. Dentro de un rato me mandará un mensaje para decirme a qué hospital lo han trasladado.
Nos invitó a beber una copa en el bar de enfrente. Amadeo miró el reloj en su muñeca y dijo que era hora de almorzar. Mejor, comentó Aníbal, nos invitaba a comer, si no era molestia. Llevaba tiempo preparando un reportaje sobre la amenaza de los pisos turísticos en el barrio y las presiones que soportan los vecinos. Quizá podríamos ayudarle respondiendo a unas cuantas preguntas. Mientras la camarera ponía las bebidas, le pregunté a mi vez si también había entrevistado a Belgrano y qué le había respondido.
-No te voy a engañar —dijo, sacando una libreta y un bolígrafo de la bolsa de cuero que llevaba en bandolera—. No dijo una palabra del asunto. Mucho citarme a Borges, mucho hablarme de Milei, de Menem y de Videla, pero de los pisos turísticos no soltaba prenda.
Lo calibré de un vistazo, como a un contrincante en el pesaje, y me pareció un tío legal. A lo mejor luego me arrepentía, pero tampoco veía la manera en la que, hablando, podía empeorar todavía más las cosas. Le dije que aguardara un momento, entré al servicio y apañé como pude, bajo un chorro de agua fría, los desperfectos en las manos y los brazos: unos cuantos rasguños, nada que no pudiera restañar con un poco de papel higiénico. Después fui hasta la barra, pedí un bocadillo de tortilla de patata, una lata de cerveza fría y un trozo de pan, y volví a salir a la calle. Mafalda seguía instalada en su tenderete de trapos y mierda, amparada en una endeble raya de sombra, indiferente al calor de las dos de la tarde. Alargó una mano ansiosa hacia la cerveza, pero le advertí que primero tenía que comerse el bocadillo, aunque fuese la mitad. Lo hizo a regañadientes, taladrándome con los ojos, en tanto yo les daba unos mendrugos de pan a sus perros. Desde el otro lado de la calle, una anciana en bata observaba en silencio mi buena obra fumando de pie en un balcón. Supongo que esa estampa samaritana iba a arruinar mi leyenda de tipo duro en el barrio, pero me importaba tres cojones.
Cuando regresé a la mesa, ya habían servido el primer plato. Amadeo engullía el salmorejo sin rechistar mientras el periodista removía el suyo sin mucho entusiasmo, más atento al paquete de tabaco que le aguardaba al lado de los cubiertos y a la copa de pacharán que había pedido de aperitivo. Paladeé cinco o seis cucharadas antes de exponer mis condiciones:
-Puedo contarte unas cuantas cosas, pero te saldría un reportaje bien largo. Largo y sucio. Hay involucrados unos cuantos personajes bastante señalados y dudo mucho de que luego vayas a ser capaz de publicarlo.
-Me encantan los reportajes largos y sucios. ¿Apostamos algo?
-De acuerdo. ¿Te suena un capullo llamado Juan Antonio Bianchi?
-No.
-Pues debería empezar a investigar por ahí. El muy gilipollas acaba de sufrir un accidente doméstico.
Agarró el bolígrafo y la libreta. Le hablé del Turco, de Bianchi, del chalet de Bianchi, de los fondos buitre, de fondos de inversión extranjeros; todo ello salpicado con unos cuantos nombres que había oído en el cónclave de guardaespaldas. Vi cómo se le alegraba la cara y no era por el filete de ternera que la camarera acababa de servirnos.
-Pero esto es dinamita. ¿Estás seguro?
-Noticias frescas. De esta misma mañana.
Consultó el móvil que acababa de vibrar en la mesa, golpeando contra la jarra de agua. Anunció que Belgrano estaba en el Doce de Octubre, en la planta de Traumatología. Amadeo parpadeó, como un taxi que enciende los faros, y fue a levantarse, pero le dije que había tiempo de sobra, que termináramos de almorzar tranquilos.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.