Verano porteño (12)
En el chalet de Bianchi, envuelto en el humo de un puro, Roberto Esteban descubre que la mierda llega cada vez más alto.
Este es el duodécimo capítulo de la novela de verano por entregas de David Torres.

-Actualizado a
En el salón donde el joven de gafas me dejó esperando a Bianchi cabía de sobra la peluquería de Belgrano. Enfrente, un ventanal enorme que daba a la piscina ocupaba toda la pared. En el lado derecho destellaba un lienzo enorme, casi tan blanco como la propia pared, en uno de cuyos ángulos parecía que hubieran estampado un cuajarón de sangre y un par de huevos. A la izquierda, una biblioteca forrada de libros de arriba abajo, un escritorio de madera tallada y un par de sillas de otro siglo, de ésas que te sientas y te crece barba. Me acerqué a husmear uno de los libros, que parecía bastante maltrecho, y me encontré que el autor era el mismo tipo que le encantaba a Belgrano, el ciego ése con el que me da la chapa.
-¿Le gusta Borges?
Bianchi había aparecido a mi espalda a través de una puerta corredera empotrada en el cuadro, como si hubiera brotado impoluto de una de las yemas de huevo. Llevaba una camisa gris muy elegante, pantalones de seda, mocasines de ante y una sonrisa ficticia pegada a la cara. Parecía un vendedor de teletienda. No le eché más de cuarenta años.
-Es una primera edición. Me la consiguió mi esposa en Buenos Aires.
-Lo he leído poco, la verdad.
-Dicen que es un escritor para escritores, pero yo lo encuentro fascinante —Lo de "fascinante" en sus labios sonó casi tan falso como su sonrisa—. Hay cuentos de Borges que valen por una novela de quinientas páginas y frases para las que cualquier otro necesitaría tres páginas. Pero supongo que no está aquí por la literatura, señor.
-Esteban. Roberto Esteban. ¿No ha hablado todavía con el Turco?
-¿Debería haber hablado? Estoy muy ocupado con el cumpleaños de mi hija.
-Mejor así. Vengo a pedirle un favor en nombre de un buen amigo. Belgrano, un exiliado argentino. Debería haberse jubilado hace tiempo, pero ya ve. Tiene una barbería y un pequeño piso encima y no le dejan vivir en paz. Ni a él ni a ningún vecino.
Bianchi acentuó su sonrisa de estraperlo, fue hasta el escritorio, abrió una cajonera y sacó una caja de habanos.
-¿Quiere? Cohiba Behike. Creo que ahora andará por los doscientos y pico euros.
-¿La caja?
-El puro, amigo mío.
-Es tentador, pero no fumo. Verá, en el edificio donde vive Belgrano, la mayoría de los vecinos se opone a las viviendas turísticas. Creo que ese es su negocio.
-Uno de ellos. De los más pequeños, en realidad.
-Los matones del Turco les están haciendo la vida imposible. Es gente que se ha pasado la vida pagando por el cuchitril en que viven. No creo que sea mucho pedir que los dejen en paz.
Bianchi cortó la punta del habano con una pequeña guillotina, encendió una cerilla larga y le prendió fuego lentamente. Invirtió un par de minutos hasta que decidió que estaba listo para llevárselo a la boca. Aspiró y soltó una bocanada de humo.
-Por supuesto que es mucho pedir, señor Esteban. Sería detener la marcha del progreso. Y el progreso, como usted sabe, es inexorable.
-No sé por qué, pero me da en la nariz que cuando alguien pronuncia la palabra "progreso", se refiere al suyo propio.
-Con esa nariz no debería hacer suposiciones. Pero no me refiero sólo al mío propio, al de esta ciudad o al del país en general. Me refiero al de gente muy importante. Mucho más importante que esos muertos de hambre que le dan tanta lástima. Mucho más importante que usted o que yo. Aunque no se lo crea, hay gente por encima de mí, muy por encima. Usted ni siquiera soñaría en llegar allá arriba.
Era la tercera vez que tropezaba con la misma escala jerárquica, la tercera vez que me advertían sobre el peligro de subir demasiado deprisa y demasiado alto. De un yonqui al Turco, del Turco a Bianchi, de Bianchi a vaya usted a saber. Como si estuviera escalando una montaña de mierda sin arnés y sin cuerdas. Un Everest de mierda del que en cualquier momento iba a desprenderse un alud de mierda.
-Pero usted sí puede. No le costaría nada hablar con ellos, convencerles para que se vayan con la música a otra parte.
-En efecto, no me costaría nada —Bianchi dio otra calada al habano y lo admiró como si acabase de disparar una escopeta—. Sin embargo, no voy a hacerlo por dos razones. La primera, discúlpeme, es que me importa un carajo esa gente.
Sebas me había advertido que Bianchi era un católico de los de misa semanal. Pero no podía imaginar que lo fuese tanto.
-La segunda es más personal —Bianchi sonrió hasta que la mueca de su cara parecía a punto de estallar en una tormenta de dientes—. Belgrano es mi padre. Quiero joderlo vivo precisamente porque es mi padre.
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