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Los bancos centrales reculan: viaje de retorno a los tipos próximos a cero

El aumento de los riesgos geoestratégicos, desde las guerras comerciales al Brexit o las tensiones hegemónicas entre las tres superpotencias -EEUU, China y Rusia-, ya ha contagiado a la economía global. La ralentización ha frenado en seco la trayectoria alcista del precio del dinero de la Reserva Federal y otras áreas anglosajonas. En medio de fuertes presiones del populismo político hacia las autoridades monetarias.

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Vista de la fachada del Banco Central Europeo (BCE), en Fráncfort (Alemania). EFE/ Ronald Wittek

La crítica acérrima del neoliberalismo al dispendio monetario de los bancos centrales desde el inicio de la crisis por sus políticas de tipos de interés próximos a cero, junto a sus estimulantes planes de compra de deuda soberana y corporativa o sus estrategias de inyectar más dinero en circulación al sistema -mecanismo al que denominan despectivamente el helicóptero-, volverá a estar en el centro del debate económico en los próximos meses.

Después de más de un año en el limbo, desde que la Reserva Federal inició decididamente la paulatina subida de los tipos de interés, coincidiendo con el acceso a su presidencia de Jerome Powell, el candidato de Trump, que tomó posesión de su cargo en febrero de 2018, con la misión de hacer transitar la política de la Fed hacia la ortodoxia monetaria. Es decir, a alejar con decisión al dinero de ese estadio cercano a la gratuidad que tanto irrita a los bancos porque -dicen- la distancian de su tradicional negocio, los beneficios por sus préstamos a clientes bajo las reglas del mercado interbancario.

Una doctrina que, a los ojos de Daniel Lacalle, gurú económico del PP, “generará la próxima crisis por el carácter acomodaticio” -en alusión a su excesiva prolongación en el tiempo y a las ingentes inyecciones de liquidez- y a las que achaca el “excesivo endeudamiento” y los desequilibrios que asolan a las economías industrializadas. Lacalle publicó en 2017 La Gran Trampa, donde ya ponía la venda antes de que se produjera la herida. Eso sí, culpando a las políticas keynesianas de ser la causante de la próxima inestabilidad financiera.

Dos años después de su negro presagio, y cuando el mercado señala, con un consenso cada vez de mayor calibre, que el final del ciclo de negocios posterior a la crisis de 2008 se producirá a lo largo del próximo año, fruto, según coinciden las instituciones multilaterales y los análisis de los servicios de estudios privados, del creciente riesgo geoestratégico global, los principales bancos centrales han cambiado el paso. Sus políticas retornan hacia el abaratamiento del dinero. Es lo que dicta la realidad. Porque la coyuntura económica está asolada por el aterrizaje del PIB chino, el incierto divorcio del Reino Unido y Europa, con un Brexit a la deriva, el rampante populismo nacionalista que ha irrumpido por el mundo y la sucesión de incertidumbres sobre los derroteros que tomarán las guerras comerciales iniciadas por la Casa Blanca.

Trump actúa de punta de lanza

El presidente estadounidense ha entrado en escena. A su manera. En febrero, durante el debate sobre el estado de la Unión, admitió que EEUU navegaba por una senda de “boom económico impredecible”. Al más puro estilo Sinatra, vino a reconocer, enfatizando la parte medio llena de la botella, que el dinamismo del PIB, que volvió a registrar cotas desconocidas desde el último decenio -creció un 3,2%- que la mayor economía del planeta volverá a necesitar de la ayuda de la política monetaria. Porque detrás de este notable impulso de una actividad que “está en un estado de ebullición como nunca antes” -subrayó Trump-, subyacen tensiones de calado. Desde un déficit presupuestario que se ha ahondado por la merma recaudatoria de su doble rebaja de impuestos que, junto al alto despliegue de recursos en Defensa van a catapultar en los próximos años el desajuste fiscal por encima del billón de dólares anuales, hasta un agujero comercial de una dimensión similar a la que produjo la crisis de 2008. Y con las alarmas sonando desde los mercados de bonos, donde las curvas de rentabilidad de los bonos a tres meses y a diez años se han invertido por primera vez desde diciembre de 2007.

La intervención del presidente republicano en el Congreso ha sido el detonante que ha puesto en guardia a los bancos centrales que siguieron la estela alcista de la Fed. Sólo horas después de su alocución, el gobernador del Banco de Australia, Philip Lowe, interpretó su mensaje como el inicio de un giro en las medidas monetarias. “Los próximos movimientos de los tipos de interés serán a la baja, en vez de al alza”. Lowe emitió, pues, orden de retirada. Su visión es compartida por sus colegas de India o Brasil, que han tenido que acometer incrementos de tipos para hacer frente al cerco cambiario a sus monedas de un dólar excesivamente caro, marcado por la política de fortaleza del billete verde instaurada por el Departamento del Tesoro, y a un acceso mucho más restringido a las líneas de financiación internacional por la estrategia de subida de tipos de la Fed.

Esta declaración conjunta de intenciones ha coincidido, además, con el reconocimiento oficial del Banco de Inglaterra de dar por terminada la etapa de encarecimiento del dinero en el Reino Unido. Chile, Corea del Sur, Canadá, República Checa, Israel, México, Arabia Saudí, Suecia, Noruega, Sudáfrica, Rusia o Turquía están entre las economías cuyos últimos movimientos en los tipos de interés de sus bancos centrales han sido al alza. Por la supuesta ortodoxia liberal o, en el caso de los mercados emergentes de esta lista, por los ataques a sus divisas derivados de la fortaleza del dólar. Mientras, Japón los mantiene en tasas negativas.

El entorno de tipos de interés bajos “favorece el crecimiento americano”, explica Craig Burelle, vicepresidente y analista de estrategias en Loomis Sayles (Natixis IM). A no ser que el aumento del poder adquisitivo en los bolsillos de consumidores y empresas de EEUU impulsen la inflación subyacente”. Burelle da por descontado un “repunte coyuntural” de la actividad mundial antes de que se vean vestigios concretos de que el ciclo de negocios se apaga. Más en concreto, Ruslan Bikbov, estratega jefe de Citigroup, en una nota a inversores, otorga entre un 37% y un 45% de posibilidades de que la recesión en EEUU se convierta en realidad en los próximos doce meses. Opción que comparten en Natixis: los tambores de recesión en EEUU “parecen exagerados” que anticipen los números rojos a lo largo de este ejercicio, en el que la expansión económica y de los mercados “debería proseguir una trayectoria alcista”. De ahí la trascendencia de que los tipos de interés retornen a posiciones más próximas a cero. Como acicate para espolear una actividad que el FMI acaba de estimar en un 2% este año, y del 1,7% en 2020, a las potencias desarrolladas y que tiene su talón de Aquiles en una industria que, en términos globales, se mantiene en cotas desconocidas desde hace dos años y medio. “Se necesitan más activos para impulsar el vigor del PIB mundial”, dice Mahamed El-Erian, ex economista jefe del Fondo Monetario, ahora al frente del servicio de estudios de la aseguradora Allianz que achaca gran parte de la pérdida de fuelle de EEUU y de la economía mundial a la sobreexposición inversora de las cuatro subidas de tipos de la Fed en 2018. Ahora -enfatiza- será determinante que los bancos centrales marquen su giro hacia latitudes más laxas del precio del dinero con precaución y en función de sus expectativas de crecimiento e inflación.

La apuesta del BCE por los estímulos

¿Y Europa, qué? Pues parece cada vez más convencida de perpetuar su política monetaria. Y lo que es más relevante, con el visto bueno de Alemania. La atonía de la economía germana, en un estadio de encefalograma plano, ha hecho que Berlín se haya topado de bruces con la realidad. El BCE ya ha emitido su dictamen: tipos históricamente bajos, próximos a cero, al menos durante todo este ejercicio y dispuesto a ofrecer nuevos estímulos monetarios si la recesión arrecia en la zona del euro, a la que otorga un modesto crecimiento del 1,1% en 2019 sin secuelas de que los precios vayan a enturbiar su hoja de ruta. Entre otros mecanismos, Mario Draghi ha hablado de créditos baratos a los bancos en dificultades, ante la súbita caída de la actividad industrial, los riesgos de la batalla comercial con EEUU, el Brexit y la ralentización en China. Planteamiento que ha sorprendido al mercado que, sin descartar una reacción similar, esperaba que se lanzara más adelante, con nuevos datos sobre la evolución de la coyuntura del área monetaria. Palabras, las de Draghi, que vinieron precedidas de un consejo a los gobiernos del euro: planes con claros signos expansionistas. Es decir, reformas para espolear el dinamismo. “Nuestras acciones se irán sucediendo en función de la resistencia que plantee la economía del euro”, explicó el presidente del BCE.

Rubén Segura-Cayuela, analista de BofA Merrill Lynch, da por hecho el inmovilismo del BCE en los próximos meses, pero sin descartar algún movimiento más a la baja, “porque dispone de margen” para ello; sobre todo, si las operaciones de refinanciación corporativa en marcha se bloquean por falta de liquidez, o si los efectos del parón prestamista ahogan a ciertas entidades bancarias. Isabelle Mateos, estratega en BlackRock, es más explícita; “No tiene sentido levantar el pie del freno, cuando desde el pasado verano la economía europea emite señales de suma debilidad”. En un momento, además, en el que la Fed, persuadida o no por el persistente temor de Trump a que la economía americana descarrile a medio plazo -ha llegado a tildar a la Reserva Federal de ser el mayor peligro de la actividad mundial- ha puesto coto a las subidas de tipos, la consigna que, subrepticiamente, encomendó la Casa Blanca a Powell al entregarle el sillón de la autoridad monetaria estadounidense.

El populismo toca la independencia monetaria

Porque la intercesión de los dirigentes políticos en las directrices de los bancos centrales se está convirtiendo en tendencia. El semanario The Economist acaba de criticar en sus páginas que los ataques gubernamentales a la independencia de los organismos reguladores se suceden como nunca en los últimos 25 años y pone sobre la mesa la vuelta al escenario de los años setenta, en los que la manipulación política de los tipos de interés para conservar la popularidad de líderes en ejercicio del poder, fue una constante que ocasionó episodios inflacionistas. “En la actualidad esta amenaza procede de la confluencia del populismo, del nacionalismo y de determinadas fuerzas económicas”. Y ponen varios ejemplos. Todos ellos, ilustrativos. La casi desesperada demanda de Trump para que la Fed dulcifique los tipos -en el 2,5%- levantó suspicacias sobre la dimisión -o cese encubierto- de Powell. Hasta el punto de que salieron a relucir nombres como los de Stephen Moore o Herman Cain, sin bagaje profesional y con baja cualificación para asumir el cargo, en el comité ejecutivo de la Reserva Federal.

También menciona la notable influencia de poderes fácticos partidarios del Brexit en la gestión monetaria del Banco de Inglaterra. O las exigencias de Recep Tayyip Erdogan de contener las subidas de tipos en plena batalla contra la lira en los mercados, tarea que encomendó a su yerno, Berat Albayrak, al que nombró ministro del Tesoro y Finanzas. Aunque eta táctica no le ha impedido perder poder, por primera vez desde su deriva autoritaria, en las recientes elecciones municipales. Sin olvidarse del cambio al frente del Banco de India, con el objetivo de relajar la política monetaria para facilitar la reelección del nacionalista Narendra Modi en los comicios que se están dilucidando durante estas semanas en el complejo modelo electoral indio. Filipinas, Sudáfrica e, incluso, Brasil, donde Jair Bolsonaro baraja entregar las riendas del banco central a un ejecutivo del Santander en el país, Roberto Campos Neto, activando directamente la puerta giratoria con el sector financiero, también están poniendo en tela de juicio la independencia de las instituciones supervisoras.

Este panorama trastoca sobremanera al poder económico global. Christine Lagarde, directora gerente del FMI, ha aireado su preocupación. Aunque, quizás, el más elocuente haya sido Draghi, quien dijo sentirse “ciertamente inquieto por la independencia de la más importante jurisdicción monetaria” del planeta. “Si un banco central no tiene autonomía, los ciudadanos podrían pensar que las decisiones monetarias siguen los designios de los dirigentes políticos en vez de centrarse en sus objetivos de asegurar la estabilidad económica”, dijo tras conocer la nominación de Cain y Moore. Este último, miembro de la conservadora Heritage Foundation y artífice de las rebajas fiscales aprobadas por el líder republicano.