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Acogida en familia de menores migrantes La acogida familiar de menores no acompañados, una opción minoritaria en España en la que todos salen ganando

Arbitrariedad, disparidad y falta de recursos. Esa es la foto del estado de la acogida en familia a menores migrantes. La modalidad es prioritaria, aunque en la práctica apenas se lleva a cabo por caos burocrático y desconocimiento entre las familias de que es una opción real, recomendada y con mejores resultados que los centros de acogida de menores.

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Marouan, un joven marroquí extutelado que pasó por el centro de acogida La Esperanza, en Ceuta, hasta su mayoría de edad. Ignacio Marín / Fundación Por Causa

A Esperanza Sánchez, la tormenta Filomena le trajo, además de nieve y hielo, la oportunidad de acoger a Mohamed Chekh, un chico marroquí de 18 años. Moha vivía en una casa abandonada en la sierra de Madrid con otros tres amigos, hasta que conoció a esta mujer. Al cumplir la mayoría de edad, todos los chavales fueron expulsados del centro de menores donde vivían hasta ese momento. Se quedaron en la calle. Moha estaba decidido a estudiar, a pesar de todo, para prepararse y encontrar un trabajo. Sin más indicaciones que la recomendación de un amigo, acudió a un centro de formación no reglada y conoció a las personas que le ofrecerían el acompañamiento que cualquier chaval de esa edad necesita –más aun teniendo en cuenta la barrera del idioma–.

Como cada viernes, coincidiendo con la noche de la tormenta Filomena, Moha fue con Esperanza a ayudar en la cocina de Bocatas, una asociación que entrega comida a los que la necesitan en la zona de la Cañada Real, a las afueras de Madrid. Esa noche, la nieve le impidió volver a la sierra, y Esperanza le ofreció quedarse a dormir en su casa. Ninguno de los dos sabía que esa sería la primera de muchas noches más.

Convivieron durante una semana, y Esperanza no tuvo dudas: "Moha, ¿no te gustaría más vivir conmigo una temporada y no volver a la casa okupa?", le propuso. Moha también lo tuvo claro, "para mí, era una oportunidad, ya que estaría cerca de Bocatas, en Madrid iba a ser más fácil empezar un curso de formación y aprender mejor español. Viviendo con mi amigo en la sierra tenía un riesgo, vivir con Espe era mejor", recuerda.

Pero esta es solo una historia. Y además, Moha ya era mayor de edad. No hacía falta burocracia para cuidar de él. La cosa cambia cuando quien necesita ayuda, apoyo y acompañamiento es menor de edad, aunque esté igual de solo que Moha.

Esperanza y Moha, en un parque de Madrid. Cedida por Esperanza

Una realidad dispar

Arbitrariedad y disparidad. Son los dos adjetivos que desprenden los datos sobre acogida familiar de menores no acompañados en España. Nuestro sistema establece que la acogida en el seno de una familia en estos casos es prioritaria, protegiendo al niño por encima de cualquier otra circunstancia, pero los datos muestran una realidad diferente.

En Andalucía, una de las comunidades autónomas que más menores migrantes solos acogen, en 2020 se registraron 1.379 chicos acogidos en centros de protección, mientras que solo 41 estaban en familia de acogida, es decir, solo el 2,9%.

Menos del 10% del total de niños  acogidos en familia en 2019 eran extranjeros

Otro ejemplo es el de la Comunidad de Madrid, que cuenta con más recursos, pero solo contabilizó cuatro niños acogidos en familia el año pasado. Estas son algunas de las conclusiones del informe La acogida de menores migrantes en España, elaborado por la Fundación porCausa.

Las carencias en la protección de menores en España no son nuevas. Las devoluciones en caliente de niños en Ceuta, el uso de este colectivo como pata fundamental del discurso del odio de la extrema derecha y su mayor vulnerabilidad durante la pandemia hacen aún más urgente abordar este asunto.

En 2019, según datos del Boletín de datos estadísticos de medidas de protección a la infancia, menos del 10% del total de niños y niñas acogidos en familia eran extranjeros, cuando estos representan un casi un 60% del total de menores en el sistema.

Las modalidades de acogida familiar en España

En España, hay tres modalidades de acogida familiar: de emergencia, temporal y permanente. La acogida de emergencia fue ideada para que niños y niñas menores de seis años no tengan que pasar por un centro de menores. Tiene una duración igual o inferior a seis meses. "La acogida temporal se da durante un periodo de dos años —salvo excepciones— mientras se trata de reintegrar al menor a su propio núcleo familiar o que finalmente sea acogido permanentemente en otra familia. La última modalidad, la acogida permanente, se da cuando no es posible o recomendable que el menor retorne con su familia biológica.

Esperanza, que acogió en su casa a Moha, forma parte de El abrazo de Damietta, una asociación que se dedica a facilitar la acogida familiar de jóvenes mayores de edad en Madrid. Esta organización nace de la necesidad de contar con una red de apoyo y contacto para hacer posible la acogida, facilitando procesos entre las personas que desean acoger y los y las jóvenes que necesitan un hogar.

Felipe Rojas Román, miembro de esta asociación, define la acogida como un proceso "bidireccional, como un abrazo, en el que tanto la familia que acoge como la persona acogida reciben". Esperanza se emociona cuando se le pregunta qué le ha enseñado Moha en estos meses de convivencia. "He aprendido de él lo familiar que es, el valor que tiene la familia para él. Yo tengo también mi familia, pero siempre he sido muy independiente, y verlo a él y como hasta por teléfono ayuda a su hermano pequeño a hacer los deberes es algo muy impactante. La gratuidad y el amor que tiene de dar las cosas me conmueve, me despierta, es una energía recíproca".

Jaime Martínez, miembro de la asociación Familias de acogida de Aragón (ADAFA), tuvo una experiencia parecida con los primeros niños que acogió. "Ellos para mí eran medicina. Cuando yo llegaba por la tarde a casa y estaba con ellos, se me olvidaban todos los problemas", recuerda. También los menores le han enseñado a relativizar las dificultades del día a día, a valorar lo que tiene. "Que te separen de tu familia sí es un problema, que tengas secuelas psicológicas o físicas de situaciones que has vivido es un problema", concluye.

¿Qué impide que haya más familias acogiendo?

En España, las familias que desean acoger a un joven enfrentan un camino complicado. En una primera etapa, después de la llegada y la identificación del menor por la Administración, las autoridades buscan la reagrupación familiar con sus padres y familia extensa. En caso de no ser posible, el menor puede permanecer en un centro de acogida público o pasar a formar parte del proceso de selección de familias de acogida.

El Estado español no discrimina por origen a los niños dentro del sistema y, en teoría, debe funcionar igual para nacionales como para extranjeros. No obstante, en la práctica sí que existe una división a nivel legal entre el Estatuto de Protección Jurídica del Menor y la Ley de Extranjería que afecta a la situación de los menores extranjeros no acompañados.

El proceso de acogida de un menor es diferente en cada comunidad autónoma

A esto se suma que, además, la situación de estos jóvenes varía dependiendo de la comunidad autónoma, que asumen la competencia territorial de la asistencia social, tal como marca el artículo 148.2 de la Constitución Española. Por ello, el proceso de acogida de un menor es diferente en cada región de España. Esto genera confusión y caos burocrático, y acaba lastrando los procesos de acogida y, finalmente, repercute en la inclusión y oportunidades de los chicos y chicas.

Este desorden pone en jaque los derechos de la infancia, de valor universal según consta en la Convención de los Derechos del Niño, la misma que prioriza el "interés superior del menor" frente a cualquier otra consideración, como puede ser su origen.

Debido al solapamiento entre instituciones y en los trámites burocráticos, muchos jóvenes de entre 16 y 18 años se ven obligados a abandonar el centro donde se encuentran, sin obtener toda la documentación a la que, por ley, tienen derecho. Por otro lado, para obtener la nacionalidad española se exige a estos menores que hayan estado dos años bajo tutela, bien sea en centros o familias. Sin embargo, el retraso en la tramitación de documentos —que puede demorarse varios meses— o la pérdida de algunos papeles –también habitual cuando abandonan los centros– impiden que puedan conseguirla. Esta es una de las múltiples consecuencias de la saturación en los centros de acogida, la falta de servicios de mediación necesarios y los escasos proyectos de acompañamiento que existen desde la Administración Pública.

Hora de la comida en un piso de jóvenes migrantes extutelados. Comen todos juntos y cada día le toca cocinar a uno de ellos. Ignacio Marín / Fundación Por Causa

En España es más fácil y sencillo tramitar la acogida familiar de menores que están fuera del sistema o que han cumplido la mayoría de edad, que de los que siguen bajo tutela de la Administración. Este es el caso de Esperanza y Moha, y otro ejemplo del desorden burocrático y legal que rige el cuidado de este colectivo vulnerable.

Falta de recursos y seguimiento deficiente

César Muñoz, secretario de la asociación de Familias Solidarias para el Desarrollo de Chiclana (Cádiz), cuenta que para él uno de los problemas a los que se enfrenta la acogida familiar es la falta de recursos. Por eso, el proceso para convertirse en familia de acogida es lento y hay valoraciones que duran más de un año. Desde esta asociación especializada en acogida hablan a las familias de la necesidad y la importancia del acogimiento. Cuando ven que su solicitud se demora meses, estas familias se preguntan "dónde están la necesidad y la urgencia". Cuando finalmente son contactadas, muchas familias ya no están interesadas. Como resultado, muchos niños y niñas que necesitaban un hogar se ven obligados a permanecer en centros de menores.

"Hay gente que no saben que existen las familias acogedoras. Hay mucho desconocimiento"

La falta de recursos también se traduce en un seguimiento deficiente de la acogida. Muchas familias se ven solas y "desbordadas" acompañando a niños que "vienen con su mochila", señala César. "No es porque no hagan bien el trabajo, sino porque no hay recursos. Si hay un psicólogo y tiene a cien familias, no puede hacer un seguimiento bueno, por mucho que quiera", afirma.

Otra de las dificultades es la falta de visibilidad. "Hay familias que no saben que existen las familias acogedoras. Hay desconocimiento", concluye.

El valor de la acogida

Jaime Martínez, de ADAFA, señala la importancia de acoger a menores, un acto que puede "cambiar vidas" tanto a las familias como a los niños y niñas. Él mismo tiene ahora acogidos temporalmente a dos niños españoles y permanentemente a una niña africana –prefiere no especificar el país de procedencia–. Jaime subraya que se trata de niños y que como para cualquier niño o niña en su proceso de aprendizaje vital, estar en familia es fundamental para adquirir los conocimientos tan básicos, como lavarse las manos o tener una rutina alimentaria sana.

Cuando la acogida no es posible, existe otra modalidad: la familia colaboradora, que da más flexibilidad a los hogares para acompañar a los menores. Esta colaboración está pensada para familias que pueden dedicar un tiempo al menor de manera asidua, sin acogida en casa. "Puedes dedicarle todos los sábados o sábados alternos, por ejemplo; recoges al niño y puedes llevártelo a merendar, por ejemplo", explica César.

Othman: "Cuando salí del centro estaba enfadado con ellos por dejarme en la calle"

Esta fórmula también la usan en El Abrazo de Damietta y permite que jóvenes mayores de edad que no cuentan con una familia de acogida puedan encontrar el apoyo y la conexión que necesitan en su transición a la vida adulta. Es el caso de Othman Ajaha y su "compañera" María. Ambos se encontraron gracias a la asociación y desde entonces son amigos.

Othman fue expulsado del centro de menores de Hortaleza al cumplir 18. "Cuando salí del centro estaba enfadado con ellos por dejarme en la calle. Algunos amigos me dijeron que buscara ayuda en alguna asociación, pero no quise, preferí buscar algo solo, ya no confiaba", explica. El joven encontró trabajo como relaciones públicas de una discoteca y pudo alquilar una habitación. "Mi jefe quería arreglarme el contrato de trabajo porque decía que trabajaba bien, pero después llegó la covid, cerraron la discoteca, no pude pagar el alquiler y me quedé en la calle".

Vivió cuatro meses a la intemperie, sufrió varios robos y perdió las dos cosas más valiosas que tenía en ese momento: sus documentos y su cámara de fotos. "Hice más de diez entrevistas, me apunté a cursos, pero nadie me llamaba y parecía que siempre tenía mala suerte y había perdido mucho... Pero gracias a María poco a poco va mejor", explica.

La compañera no puede acoger a Othman, pero sí pudo ayudarle a encontrar un sitio donde vivir y le apoya en trámites administrativos o le ofrece consejo. Aunque ambos señalan que lo más importante que tienen es el tiempo de calidad que pasan juntos, como amigos.

Pese a todas las dificultades, Jaime y César tienen claro que vale la pena acoger y recuerdan que cualquier tipo de familia es válida para ser familia de acogida. "Yo siempre digo que, si de aquí a diez años me preguntan tres cosas importantes que he hecho en mi vida, una de ellas seguro es los niños que han pasado por mi casa", explica Jaime.

Esperanza Sánchez, Felipe Rojas y Moha, en la escuela de formación de cocina donde estudiaba el joven acogido. Cedida por Esperanza Sánchez.

Tras algunas semanas viviendo juntos y por sorpresa, Moha escribió una carta a Esperanza, su "segunda madre", como la llama ahora. Lo hizo para expresar por escrito lo que aún le costaba verbalizar. La misiva terminaba así: "Todo esto ha cambiado mi vida del cero al cien por cien. La ayuda con los medios de vida, la abogada, el curso, aprender español, vivir con Espe, ir a Bocatas... Es una familia de amor para mí porque me ayudan a ser mejor persona. Echo de menos a mi familia, hablo todos los días con ellos y doy gracias a Dios por todos los amigos que tengo. Yo os siento como mi vida, quiero daros las gracias a todos vosotros". Moha terminó un curso de cocina y ahora trabaja como camarero, "me siento afortunado porque otros amigos no han tenido la misma suerte que yo", concluye.

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