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Incendios en Galicia Galicia recuerda la trágica oleada de incendios del 2017 mientras se enfrenta a otro otoño cálido y seco

La comunidad acumula entre el 40% y el 50% de todos los incendios que se producen en España y ha padecido más de 100.000 en los últimos veinte años.

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Zona calcinada en Galicia tras la oleada de incendios de octubre de 2017. EFE

El viernes 13 de octubre del año pasado se declararon unos cuantos focos de fuego en algunos montes del interior de las provincias de Lugo y Ourense. Hacía semanas que apenas llovía, la temperatura era inusualmente elevada para los inicios del otoño y los restos del huracán Ophelia, un huracán tropical debilitado pero que ya había dejado su rastro por las costas de Irlanda sólo unos días antes, amenazaban con traer a Galicia vientos fuertes y cálidos. Pero nada hacía pensar que en pocos días la comunidad se iba a enfrentar a otra catástrofe medioambiental.

Los gallegos conviven con la incómoda certeza de que su país suele ser periódicamente pasto de las llamas. Porque aunque Galicia representa menos del 6% de la superficie de todo el Estado español, aquí se producen entre el 40% y el 50% de todos los incendios forestales de España. Más de 100.000 en los últimos veinte años según datos del Ministerio de Agricultura. La última gran oleada, en agosto del 2006, arrasó durante casi dos semanas más 70.000 hectáreas de montes y bosques, sobre todo en las zonas costeras de A Coruña y de Pontevedra, pero también en Lugo y en Ourense. Se dice pronto: 70.000 hectáreas. Mucho más de lo que ocupa todo el municipio de Madrid.

Galicia debería haber aprendido a luchar contra los incendios porque lleva decenios ardiendo

Galicia debería haber aprendido a luchar contra los incendios porque lleva decenios ardiendo. Y los tiempos de los grandes fuegos casi siempre son los mismos. Primero, unos cuantos focos a los que nadie da demasiada importancia, y que los medios públicos –y los privados que posicionan su línea editorial al servicio de la Xunta- ocultan o minimizan hasta que las condiciones atmosféricas los convierten en una catástrofe.

Calor, escasa humedad, rachas de vientos fuertes... Entonces el fuego se descontrola, se evacúan aldeas y pueblos enteros en medio del caos, se critica la falta de medios con la que trabajan los equipos de extinción y se reza para que no haya víctimas mortales. Cuando después de días o semanas de angustia los bomberos consiguen finalmente controlar a las llamas, casi siempre con ayuda de un cambio meteorológico, la Xunta y la oposición se enzarzan en un debate estéril sobre la incompetencia de quien ocupa en ese momento el Gobierno autonómico. También, se cuestionan los protocolos de emergencias, se apunta como causas a la despoblación de las zonas rurales, a la ausencia estrategias agrarias que fomenten el cuidado de los montes y a una política forestal errática que favorece el monocultivo del eucalipto y que convierte los bosques en polvorines en los que los pirómanos pueden campar a sus anchas.

Situación del Índice de Riesgo de Incendios a 22 de agosto de 2018. Consellería de Medio Rural de la Xunta

Crónica de los incendios en Galicia

Aquel viernes 13 de octubre del año pasado el proceso empezó de la misma forma. Se declararon unos cuantos focos en aldeas aisladas de Ourense y de Lugo a los que nadie dio importancia. De hecho, el programa matinal de la Televisión de Galicia le dedicó ese día mucho más tiempo a los incendios que devoraban California, a dieciocho horas de avión.

Durante la mañana del sábado la cifra fue creciendo, pero los informativos públicos seguían sin contar nada

A medida que avanzaba el día, los incendios se fueron extendiendo. Si a primera hora de la mañana sólo había cuatro municipios afectados, por la noche ya eran una docena. En la madrugada y durante la mañana del sábado la cifra fue creciendo, pero los informativos públicos seguían sin contar nada, a pesar de que en las redes sociales se empezaban a colgar fotos y vídeos de llamas aproximándose no sólo a viviendas aisladas de zonas de montaña, sino también a algunos núcleos de población.

El domingo por la mañana ya había cerca de doscientos incendios activos, y varias brigadas de las unidades militares de emergencias del Ejército se habían desplegado por las áreas afectadas. También en Asturias. En Portugal, los incendios, muchos de ellos en la frontera con Galicia, también arrasaban comarcas enteras y se habían cobrado ya una veintena de víctimas mortales. Acabarían siendo el doble.

Los restos del Ophelia propagaron las cenizas ardientes y las hicieron llegar a las puertas de las grandes ciudades. En Vigo, la más poblada de Galicia, los vecinos de barrios populares como el de Valladares tuvieron que hacer, casi sin ayuda, cadenas humanas para llevar agua e intentar proteger las viviendas que corrían más peligro. A las diez de la noche del domingo aparecieron los primeros teletipos que confirmaban que cuatro personas habían fallecido como consecuencia de los incendios.

Ese mismo día por la noche la televisión autonómica realizó su primer directo desde una de las zonas que estaban ardiendo, cuando el resto de cadenas privadas llevaban horas transmitiendo desde ellas. Al día siguiente, el presidente de la Xunta, Alberto Nüñez Feijóo, haría su primera aparición pública. Acabaría reconociendo que durante al menos doce horas su Gobierno perdió el control de la situación. Algunos medios le recordaron una desgraciada intervención en el año 2006, justo después de la oleada de incendios que por entonces tuvo que gestionar el Gobierno bipartito de PSOE y BNG. Feijóo dijo entonces que cuando el PP estaba en la Xunta, al menos no moría nadie cuando a Galicia la devoraban los incendios.

Un año después de la catástrofe

Un año después de aquella catástrofe, el índice de riesgo de incendios que elabora la Consellería de Medio Rural de la Xunta (IRDI) establece los valores de alerta más bajos de los últimos meses. Alrededor del 80% del territorio gallego está hoy coloreado de azul, lo que indica un riesgo bajo de incendios. Apenas un 8% está en verde –riesgo moderado- y sólo hay tres municipios en amarillo –alto-. Ni rastro de los naranjas –muy alto- y rojos –riesgo extremo- que coloreaban de miedo el mapa de Galicia hace apenas unos meses.

Situación del Índice de Riesgo de Incendios a 14 de octubre de 2018. Consellería de Medio Rural de la Xunta

La razón de que el peligro haya bajado tiene mucho que ver con los fenómenos atmosféricos. La borrasca que barrió la comunidad el fin de semana trajo rachas de viento de hasta 130 kilómetros por hora, pero también lluvias intensas y prolongadas, el mejor remedio contra el fuego. Y de nuevo todo depende del tiempo. El otoño acumulará hojarasca y maleza en los suelos de los bosques, que se convertirán otra vez en pólvora si no sigue lloviendo y si vuelve a darse una sequía tan grave como la del 2017. Porque nadie los limpiará, porque las zonas despobladas del interior seguirán despobladas y envejecidas sin que a nadie le importe que sean el territorio demográficamente más deprimido de Europa, porque la industria papelera seguirá empeñada en hacer de Galicia un inmenso eucaliptal sin que nadie ose ponerle freno, y porque la comunidad seguirá padeciendo una política agraria y forestal errática que Gobierno y oposición sólo usan para arrojársela de lado a lado del Parlamento autonómico.

Los expertos advierten de que Galicia ha padecido un verano húmedo y lluvioso, especialmente en julio, y que eso suele ser indicio de que el otoño será seco y cálido y, por tanto, habrá mayor peligro. Aunque puede que eso no provoque una nueva oleada de incendios este año, ni el que viene. Pero eso no impedirá que los gallegos sigan conviviendo con esa incómoda sensación de que su país está condenado a ser periódicamente pasto de las llamas.

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