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Hoy es el futuro Marta Peirano: "El coronavirus ha sido la tormenta perfecta para el control social"

La periodista Marta Peirano reflexiona sobre la pandemia del coronavirus y el control social. / ÁLVARO MINGUITO
La periodista Marta Peirano reflexiona sobre la pandemia del coronavirus y las medidas de control social. / ÁLVARO MINGUITO

La periodista y escritora Marta Peirano (Madrid, 1975) lleva años escudriñando la relación entre las nuevas tecnologías y el poder. Defensora de la privacidad y el software libre, ha publicado Pequeño libro rojo del activista en la red (Roca Editorial) y El enemigo conoce el sistema (Debate).

Toma el testigo de Santiago Niño-Becerra en la serie de entrevistas Hoy es el futuro, donde reflexiona sobre la pandemia del coronavirus y el control social, al tiempo que defiende las libertades de los ciudadanos y destripa las estrategias de redes como Facebook, Twitter o Instagram para enganchar a sus usuarios.

Tras ella, es el turno de la periodista y presentadora Marta Fernández, quien cuestiona los eufemismos que camuflan las medidas políticas y económicas impopulares, al tiempo que analiza el neolenguaje de la covid-19 y de la desescalada: "La nueva normalidad es la utopía más cutre de la historia".

¡Cuidado con las tarjetas de puntos y descuentos de los supermercados! Lleva años advirtiendo de que te quitan más que te dan…

Cuando te regalan una tarjeta de puntos, te están pidiendo toda tu información. Tú piensas que quieren fidelizar al cliente, cuando en realidad están acumulando datos valiosos sobre ti.

Ahora lo sabemos, pero al principio nos la metieron doblada.

Porque antes la idea de que te diera algo gratis era novedoso. Cuando te la ofrecen y la rechazas, te responden: "¡Pero si es gratis!". En cambio, sí te cuesta, porque les estás diciendo quién eres, dónde vives, cuál es tu teléfono… Y luego suman otra información: cuánto compras, qué compras, cuándo compras… Si esos datos son adquiridos por alguien que dispone de otros datos tuyos, de repente saben cuál es tu estado financiero, quién vive en tu casa o cuándo te vas de vacaciones… Y esa información es valiosa no solo para venderte productos, sino también para saber qué precio vas a pagar por ellos.

¿Qué dato suyo no daría a una empresa?

No lo sé. Hay tantos datos que no daría a una empresa ni tampoco a ti [risas].

Pero si fuese necesario ofrecerlo, ¿qué compra o gestión no realizarías si te lo exigiesen?

Hay un gimnasio en mi barrio adonde nunca he ido porque me piden mi huella digital. Yo puedo cambiar de nombre, de casa, de teléfono y de número de la Seguridad Social haciendo trapicheos, pero la huella digital es un un dato biométrico imposible de modificar. Es más, aunque te fíes de un establecimiento u organismo, no sabes si esa información está protegida o es hackeable.

Durante la pandemia, se han difundido noticias o bulos sobre aplicaciones de videoconferencias con brechas de seguridad.

Pongamos el caso de Zoom, si bien es distinto. Ha pasado de tener una comunidad restringida, dado que se dirigía a empresas, a contar de un día para el otro con 300 millones de usuarios. Por ejemplo, hay gente que usa la aplicación para impartir conferencias o para dar clases de yoga desde su casa, unos nuevos usos para los que una pequeña empresa no estaba preparado. Cuando te encuentras con un crecimiento disparatado de usuarios, no vas a parar porque tu estándar de seguridad no esté a la altura de las circunstancias, porque tu negocio está por encima de esa preocupación. Zoom ha crecido sin las muletas necesarias para proteger a los usuarios.

Zoom ha crecido en pijama.

Efectivamente [risas]. Y no ha tomado las medidas apropiadas para proteger la seguridad de sus aplicaciones. En el caso de una empresa municipal que te pide tu huella digital, condicionan tu acceso a un servicio —que en principio debería ser fácil, pues soy una vecina— a la cesión de unos datos muy delicados.

Ante las personas que esgrimen el argumento de "yo no tengo nada que esconder"...

Ese es el argumento de la Stasi: "Si no tienes nada que ocultar, ¿por qué no nos cuentas todo?". Ahora bien, que tú no tengas nada que esconder no significa que no tengas nada que proteger. Edward Snowden siempre comenta que alegar que no te preocupas por tu privacidad porque no tienes nada que ocultar es como afirmar que no crees en la libertad de expresión porque no tienes nada que decir.

La privacidad es uno de los derechos civiles que condicionan tu capacidad de participar en la vida pública de tu país. O sea, tú tienes derecho a reunirte con un grupo de personas sin que lo sepa un partido político, a consumir veintiocho refrescos al día sin que lo sepa Sanidad o a manifestarte contra el Gobierno sin que lo sepa el Gobierno… Esa participación en la vida pública no debería condicionar luego tu acceso a un trabajo o tu relación con una institución o con el propio Estado.

Algunas medidas adoptadas durante el coronavirus, incluido el desarrollo de aplicaciones para el rastreo de casos y el seguimiento de infectados, ahondan en el control social.

Totalmente.

¿Es la excusa perfecta?

Es la tormenta perfecta. Naomi Klein ya lo había tipificado en La doctrina del shock: aprovechar una crisis —en este caso sanitaria— para imponer medidas que en otras circunstancias serían impensables. En este caso, aprovechando el miedo, la incertidumbre y una información que no es exactamente verdad, porque esas aplicaciones que invaden tu intimidad te vigilan desde el Gobierno, que tiene mucha más información sobre ti, ejerce más poder sobre tu vida y condiciona más tu futuro que muchas empresas privadas. De repente parece que tienes que elegir entre que todo el mundo esté a salvo y proteger tu privacidad.

Chile estaba alborotadísimo y el coronavirus ha contenido las protestas contra el Gobierno. Para Sebastián Piñera ha sido un cortafuegos caído del cielo...

Es mi actual obsesión: cómo la pandemia ha servido para sofocar las manifestaciones contra los abusos de poder del Gobierno, sea el chino o el chileno. Sin embargo, las medidas adoptadas por la pandemia le ha otorgado a sus Ejecutivos el recurso legal para reprimir las protestas. ¿Por qué en Estados Unidos las manifestaciones contra el asesinato de George Floyd —un afroamericano que no había cometido ningún crimen— son pacíficas durante el día y estallan en una guerra por la noche? Porque la policía aplasta la manifestación de forma violenta porque algunos se saltan el toque de queda, una excusa para reprimir una protesta a favor de los derechos civiles.

Renata Ávila (directora ejecutiva de la Fundación Ciudadanía Inteligente) me comentaba que las medidas que han tomado en Chile las plataformas como Google o Facebook para controlar los bulos —o sea, la desinformación que se ha disparado con el coronavirus— están impidiendo que la gente que antes se manifestaba en la calle ahora pueda organizarse en la red. Ya no pueden convocar una manifestación masiva porque la propia arquitectura de las plataformas que estaban usando se lo impide.

¿Quiere decir que Facebook limita el alcance de las convocatorias?

Exactamente.

¿Y a quién le hace el juego Facebook? Cui prodest?

Los algoritmos que han estado funcionando en Facebook hasta ahora amplificaban cierto tipo de contenidos que favorecían la desinformación: escandalosos, indignantes y diseñados para convertirse en contenidos virales. Tanto los algoritmos de Facebook como los de Google o Twitter están programados para optimizar el engagement, es decir, el tiempo que tú pasas interactuando con la plataforma, porque esa es su máquina de extraer datos. ¿Qué pasa? Que la desinformación está diseñada para ser viral, o sea, para excitar y provocar emociones que te incitan a publicar, a compartir y a interactuar.

Facebook como una droga, que te pide más y más.

Claro. Las plataformas están diseñadas para que tú pases el mayor tiempo delante de la pantalla haciendo cosas y enganchando al mayor número de personas posible.

¿Sus ingresos, al margen de la publicidad, también están ahí?

El dinero está en conocer a tu audiencia lo suficiente como para poder servírsela en bandeja a tus verdaderos clientes, que pueden ser una marca, una empresa, un candidato electoral, una campaña política, una idea o un concepto.

Entonces podría ganar más dinero de ese modo que gracias a la publicidad.

Cuando Mark Zuckerberg afirma ante el Senado estadounidense que no vende datos, en cierto modo está diciendo la verdad. Facebook no le comenta a Johnson & Johnson: "Esta es la lista de toda la gente que tiene caspa". Lo que hace es proponerle una investigación de toda la gente que es susceptible a su producto y, posteriormente, una campaña con los datos que le proporciona. Por ejemplo, gente sensible a determinados conceptos, palabras, colores...

Insisto: le pone en bandeja a su audiencia ideal, pero al mismo tiempo modifica los deseos de esa audiencia. Es decir, Facebook está en el negocio de predecir el futuro: "Si pasa tal cosa, esta gente hará tal otra"; "si haces esto, la gente responderá así", etcétera.

¿Cuál es el drama de Twitter?

En comparación con Facebook o Google, es una plataforma con menos empleados y usuarios, aunque con una importancia desproporcionada en relación a estos porque es la plataforma que usan los medios de comunicación. Twitter no es popular, pero sí influyente, porque es el puente a la prensa, de ahí que la usen tanto los políticos.

Las empresas periodísticas —diezmadas tras la crisis de 2008 y el despido de gran parte de los profesionales con experiencia— han contratado a gente muy joven cuya experiencia prácticamente se limita a las redes sociales. ¿Salen a la calle a buscar noticias? ¡Nooo! Están mirando Twitter. Entonces, lo que sucede en Twitter es noticia, de ahí su importancia desproporcionada.

¿No le parece exagerado el uso que las cadenas de televisión hacen de esta red social, citando las cuentas de los programas, presentadores e invitados, recurriendo continuamente a los hashtags, reproduciendo los tuits de los televidentes en la pantalla, etcétera? Porque, entre otras razones, parte de su público no usa Twitter.

No, porque es un mecanismo de producción de dopamina. O sea, el famoso loop de dopamina: tú haces algo que te genera una respuesta inmediata que te satisface, como los retuits y los me gusta, lo que te lleva a repetir la acción. Además, genera muy poco esfuerzo. Twitter ha sustituido a los blogs, lo que ocurre es que antes tú tenías que mantenerlos y actualizarlos: escribir un post, subir una foto, meter unos enlaces…

Twitter, en cambio, resulta sencillo y te lo hace todo y resulta sencillo. La reacción a un texto de 280 caracteres puede ser disparatadamente enorme. En resumen, muy poca inversión y mucha respuesta, por no hablar del impacto desmesurado en los medios de comunicación, lo que te lleva a seguir tuiteando.

Eso, al margen de los tuits que se viralizan, le sucede a los usuarios influyentes y a las tuitstars.

Pero, en general, te da la sensación de que estás en la conversación y de que te enteras de las cosas.

Y cualquiera puede escribirle a un famoso.

Claro. Y que estás en la conversación con quien tú quieres. Además, Twitter convierte a las personas con más audiencia en un servicio público. Me alucina cuando comentas que te gusta una serie y alguien te pregunta dónde la puede ver. ¿En serio? ¿No tienes incrustado el buscador de Google en tu pantalla? ¿De verdad necesitas que te conteste yo?

Es como si estuvieras en un bar y todo el mundo sintiera que tiene derecho a entrarte. Y que una vez que lo hace, tú tienes la obligación de responder. Obviamente, esto antes no pasaba, pero ahora da la sensación de que estás en la conversación. Imagínate que le escribes a Ismael Serrano y te contesta o le gusta. De repente, estás en el ajo. Cero inversión, mucho retorno: algo irresistible.

Marta Peirano, periodista y autora del libro 'El enemigo conoce el sistema' (Debate). / ÁLVARO MINGUITO

Cuando un analista político, una it girl o un it boy (referentes de estilo), un humorista o cualquier persona hasta entonces desconocidos se vuelven famosos y populares a través de las redes sociales, ¿lo interpreta como una democratización del estrellato?

¿Quieres decir si democratiza la escalera hacia el éxito?

Digamos que los quince minutos de fama de Andy Warhol ya pueden ser quince horas, quince días, quince semanas, quince meses o quizás quince años. Antes de las redes sociales, en cambio, los medios de comunicación establecían un filtro.

Creo que no. Las nuevas plataformas han cambiado ligeramente los criterios de acceso. Antes, para entrar en un periódico, tenías que encontrar un acceso, que podía ser una beca, que tu tío trabajase en una sección del diario o… Bueno, prácticamente las vías eran esas [risas]. Luego, primero con los blogs y después con las redes sociales se abrieron otras vías paralelas. Pero no pienso que todo el mundo pudiera tener ese acceso, porque cada plataforma tiene sus propios criterios.

Por ejemplo, en Twitter puede funcionar alguien que tenga la capacidad de escribir una frase graciosa o aparentemente significativa. Los criterios han cambiado un poco, aunque no tanto: así, una chica de determinadas proporciones difícilmente será una it girl en Instagram, porque el canon de belleza de esa red social sigue respondiendo a un criterio limitado, no universal.

Es más, Instagram, AirBNB o Pinterest han establecido unos cánones muy estrictos y han transformado las aspiraciones vitales de todo en función de ellos. Ya solo hay cierto tipo de cafés instagrameables: arquitectura industrial, con toques de madera, plantas colgantes, flat white, camareros tatuados… Y lo mismo sucede con las panaderías. Los cánones son muy rígidos, como los establecidos por AirBNB para que una casa sea guay. Las más populares son hipsters, bohemias, con cierto tipo de plantas o de ventanas…

Ahora bien, te encuentras la misma casa en Sao Paulo y en Tokio, de la misma manera que sucede con los barrios hipsters. Salvando las distancias, son iguales independientemente de donde estén: Kreuzberg, Malasaña, Williamsburg… Han creado una capa donde se plasma cómo tienen que ser las cosas y las personas, pero también qué clase de vida debes llevar.

Marta Peirano diserta sobre las estrategias de Facebook, Google, Twitter o Instagram. / ÁLVARO MINGUITO

Si usted fuese responsable de un medio o de una sección, ¿contrataría a alguien en función de su número de seguidores en Twitter?

[Silencio] La trampa en la que hemos caído los medios de comunicación es que el método de cuantificación de los algoritmos de las plataformas significa que algo es popular o tiene calidad. Y es una trampa por dos razones. La primera, que algo sea popular no significa que sea noticia. La segunda, que damos por hecho que es una popularidad limpia. Es decir, que esa popularidad no está condicionada por los objetivos de la plataforma misma, que en este caso es el engagement, no que la gente esté informada o que la democracia sobreviva.

Si tuviese que escoger entre dos periodistas de igual valía, ¿pesaría su número de seguidores en Twitter?

Yo he llevado secciones en distintos periódicos y nunca he contratado a nadie en función de sus seguidores en Twitter.

Cuando antes hablábamos del drama de Twitter, me refería a que, pese a su mayor influencia, no obtuvo beneficios hasta 2018.

En realidad, estamos elucubrando, porque no sabemos cuánto dinero gana o pierde Twitter. En todo caso, no ingresa tanto como Facebook o Google, porque no ha encontrado todavía la manera de monetizar su poder.

¿Tiene que ver con la filosofía de sus fundadores?

Sí. Twitter es una empresa muy distinta a Google o Facebook. Ahora bien, sus fundadores no sabían qué estaban haciendo cuando lo crearon. Montaron un proyecto con unos objetivos y resultó que la plataforma estalló como otro negocio completamente distinto. Y luego no han querido convertirlo en un chiringuito de marcas ni de partidos políticos, lo que no significa que no sea una herramienta muy útil para ambos. Su valor reside en que es el lugar donde se discuten las cosas.

¿Y qué está pensando ahora el accionista que ha invertido diez millones de dólares?

Está pensando que tiene poder, pero no tiene dinero.

Twitter, no el accionista.

El accionista no tiene poder, aunque a lo mejor sí un potencial de poder. Por ejemplo, Amazon perdió dinero durante décadas y ahora es la empresa más valiosa del mundo. Silicon Valley, desde entonces, creó un criterio paralelo: "Podemos estar invirtiendo en una empresa durante mucho tiempo y perder dinero, mientras esperamos que nos dé el retorno apropiado. Hay cosas que llevan tiempo". En ese sentido, Twitter tiene un potencial de poder único, pero todavía no ha encontrado el modelo de negocio que lo haga rentable. Por eso nadie lo abandona, como quien no quiere dejar una máquina tragaperras llena de dinero cuando está a punto de dar el premio especial. ¿Quién quiere ser el pringado que se va sin llevarse la pasta?

¿Cree que la pandemia del coronavirus ha servido para blanquear tanto las empresas de mensajería que explotan a los trabajadores como a Amazon frente al pequeño comercio?

En absoluto. Nos hemos encontrado con una situación extrema en la que la infraestructura para gestionarla la tenía Amazon, así como plataformas como Deliveroo, Uber Eats o Glovo. Durante la cuarentena, vimos que los únicos que estaban en la calle eran mensajeros, en su mayoría latinoamericanos, concentrados a las puertas de los restaurantes esperando por la comida. 

Esa situación a muchos les ha abierto un poco los ojos sobre qué ese tipo de negocio, que explota las carencias de las personas sin tener en cuenta su seguridad. Eso revela claramente que hay una necesidad de establecer cierto tipo de infraestructuras en las grandes ciudades —de reparto, de atención, de servicios, etcétera— que estaba siendo dominadas por esas empresas.

Yo espero que todos los restaurantes que de repente se han visto totalmente dependientes de ellas para sobrevivir durante el confinamiento creen las cooperativas adecuadas para poder compartir recursos en una urbe, no solo durante una emergencia sanitaria, sino siempre. No tiene sentido que los establecimientos estén pagando dinero a Uber y que sus repartidores estén malviviendo, cuando ambos están en la misma ciudad. Esas plataformas no son nada más que una base de datos que se está actualizando continuamente.

Ahora es el momento de las redes de apoyo mutuo; la oportunidad de oro para que el Ayuntamiento, las Comunidades Autónomas e incluso el Gobierno estimulen las colaboraciones entre restaurantes y cooperativas de repartidores, como el servicio de mensajería madrileño Cleta. De esa manera, el dinero se quedaría en los barrios y la gente implicada ofrecería un servicio mejor y tendría una vida más digna. O sea, todos saldrían beneficiados.

Hay que fomentar ese tipo de desarrollos y no permitir que se asienten empresas que están no pagando impuestos en Irlanda, favorecidas por entramados de estrategias de evasión de impuestos que las caracteriza. La alternativa a ese modelo es clara: la creación de un tejido local que se enriquece y se autorregula.

Marta Peirano denuncia los recortes que ha sufrido España en la investigación científica. / ÁLVARO MINGUITO

¿Le sorprende que, en comparación con otras ciudades europeas, la gentrificación haya llegado tan o más tarde a ciertos barrios céntricos de Madrid?

No.

¿A qué lo atribuye?

Madrid es una ciudad que siempre ha estado muy centralizada: todo irradia desde la Puerta del Sol. Sin embargo, antes especulaban en lugares más interesantes, mientras que ahora estamos sufriendo los efectos de la globalización.

En todo caso, no creo que la gentrificación haya llegado tarde, porque las distintas burbujas inmobiliarias que ha vivido Madrid no empezaron hace quince años. Habría que preguntarse por qué se ha gentrificado el centro de la ciudad… Desde que yo recuerdo, aquí ha habido tres olas. La primera, cuando empezó a haber crédito para comprar casas. La segunda, cuando llegaron las agencias y compraron viviendas, lo que provocó su aumento de precio. Y la tercera, cuando apareció AirBNB y muchos inversores compraron pisos para alquilarlos en el mercado turístico.

No es que haya tardado en gentrificarse, sino que no era Londres, ni Berlín, ni París, ni mucho menos Nueva York. Sin embargo, Madrid estaba de saldo y se gentrificó a lo bestia, porque la crisis de 2008 había dejado un mercado para inversores extranjeros tirado de precio. De hecho, AirBNB ha crecido a lomos de ese saqueo. Y ahora se está expandiendo hacia las zonas residenciales y la sierra, porque durante la cuarentena no queríamos estar en el centro y soñábamos con vivir en el campo.

¿Contempla ese deseo como algo circunstancial o cree que va para largo?

Mientras no haya una vacuna o un tratamiento contra el coronavirus, estaremos entrando y saliendo de la pandemia. Las infraestructuras que se creen para facilitar el teletrabajo y la educación a distancia van a facilitar que la gente pueda vivir en lugares con más espacio y no encerrada en un piso.

Siempre y cuando en el rural haya buenas telecomunicaciones, no como ahora...

Esa será una de las consecuencias positivas de este desastre: internet tendrá que llegar adonde no llegaba antes. Y ese desarrollo de las redes de telecomunicaciones facilitará que la gente que reside en un piso situado en el centro de una ciudad se pueda ir a vivir con sus colegas a un pueblo.

Esta situación prolongada sería el caldo de cultivo perfecto para aumentar la vigilancia del individuo, el control social y la manipulación de masas, ¿no?

Exactamente. Sin el control apropiado de los intermediarios, claramente va a derivar en mucho más control, mucha más vigilancia y mucha más manipulación.

Hace años usted advertía del control al individuo. Luego empezó a incidir en los peligros del control a los grupos grandes de personas, como los movimientos migratorios. ¿Del yo a la masa?

Sí, aunque no son incompatibles. Ahora mismo, los algoritmos de Facebook son capaces de decirte qué va a hacer la población de determinado espacio geográfico, qué van a hacer las personas de ciertas características demográficas y qué va a hacer un individuo concreto.

El enemigo conoce el sistema. ¿Conoce la población al enemigo?

No. Volviendo al ejemplo de las cooperativas de mensajeros, ojalá que las Administraciones generen las posibilidades adecuadas y entiendan que la prosperidad local depende de todo lo que he dicho antes.

Administraciones o Estados que están perdiendo peso frente a los gigantes de las grandes corporaciones.

Hace cincuenta años, la idea de que toda tu infraestructura financiera, de producción y de transporte dependieran de una empresa extranjera era impensable. ¿Por qué no teníamos mascarillas ni test para detectar el coronavirus? Porque su centro de producción estaba en China, que puede cerrar sus fábricas o dejar de vendernos artículos verdaderamente importantes cuando quiera. Una de las principales obligaciones de la Administración es asegurarse de que la población tiene acceso a las infraestructuras críticas cuando le hace falta.

Y, cuando tu economía es dependiente, te puedes quedar sin mascarillas como —durante una emergencia sanitaria— sin turistas.

España ha ido renunciando a su industria. En cambio, produce muchísimas frutas y verduras. Ahora su calidad es muy superior por el mismo precio, porque antes se exportaba y ahora consumimos nuestros propios productos. O sea, estamos descubriendo cuál era el precio de la globalización: nuestra propia producción —tan valiosa— no nos llegaba, porque muchas empresas la vendían fuera para obtener mayores beneficios; y al mismo tiempo otra producción —tan necesaria durante la pandemia, como los test o los equipos de protección de los sanitarios— tampoco está llegando porque se cortó la distribución desde sus países de origen.

La periodista Marta Peirano, experta en la relación entre las nuevas tecnologías y el poder. / CODEMOTION

¿Trabajaría para Facebook?

No. Ahora mismo es una infraestructura valiosísima, pero su modelo de negocio impide que sea una infraestructura socialmente valiosa.

Confinamiento y videollamadas: postureo, teatralización de la vida, librerías omnipresentes y hasta ansiedad provocada por el deseo de dar la talla durante una performance en directo. ¡Zoom!

Bueno, no solo Zoom: ¿qué pasaba a las ocho de la tarde cuando la gente salía a los balcones? Como todo el mundo está grabando, de repente en los balcones están pasando cosas completamente absurdas. Hay un secuestro de lo real, en el que tú tienes que atender a unas necesidades de teatralización que no son compatibles con la vida [risas].

Hablemos de la prensa y su modelo de negocio. ¿Contempla una tarifa plana asequible o razonable que permita acceder a varias cabeceras? ¿O cree que el dinero que recibiría cada medio sería insuficiente tras el reparto de ese pago?

El problema es que se ha creado un mercado en el que los periódicos están tan polarizados que ya no funcionan como tales, sino como clubes de fútbol. Es decir, tú te suscribes a un diario porque confirma tu visión del mundo.

De hecho, hay personas que se suscriben aunque luego no sean grandes lectoras de esos medios.

Claro, pero confirma tu visión del mundo. Sin embargo, es un proceso que se retroalimenta, porque cuando ese periódico no confirma tu visión del mundo tú lo corriges.

O presionas con darte de baja.

Ahora mismo, los jefes de The New York Times están reunidos porque el periódico publicó una columna de un senador republicano que escribió: "Mandad al Ejército a controlar las manifestaciones". Eso enfadó mucho a sus lectores y, ojo, era una columna de opinión… Un problema que indica que esos lectores rechazan entender una posición que no es la suya.

Ese modelo —basado en suscriptores que pagan porque un diario confirma su visión del mundo— ha provocado que en vez de haber un pequeño número de periódicos que te informa de la realidad hay un montón de cabeceras distintas que refuerzan tu forma de ver la realidad. A nadie le interesa estar suscrito a todos, sino al suyo. Entonces, ese periódico tendrá que confirmar su visión del mundo, porque si no dejará de pagar por él.

O sea, un diario que no depende de los anunciantes sería un diario independiente que depende de sus lectores.

El modelo de suscripción es bueno. Sin embargo, estamos entregados a un ecosistema mediático polarizado e intoxicado por filiaciones políticas, lo que supone un problema. No estás leyendo el periódico para saber qué pasa en el mundo, porque si fuese así querrías entender por qué un senador quiere que manden al Ejército a controlar las manifestaciones, algo que piensan muchas personas en Estados Unidos. Pero cuando un diario publica una opinión opuesta a la tuya no está cumpliendo la función que tú crees que tiene: darte la razón. Y esa no es la función de los periódicos.

En fin, ¿es posible eludir el control o sería necesario refugiarte en una cueva como un ermitaño?

Si tiras tus móviles y te vas a una cueva, hay satélites conectados a sistemas de reconocimiento facial que saben dónde estás, cómo te llamas y con quién te ves. Hemos superado ya esa fase. Ahora la única manera de eludir el control es afianzar redes de comunicación abiertas, basadas en software libre y gestionadas por la comunidad.

En el extremo opuesto al del potencial ermitaño, hay gente que se muere por contar su vida...

¿Por qué pasa eso? Porque hay un sistema de incentivos gestionado por unos algoritmos que quieren que la gente interactúe. Y cuando cuentas tu vida estás interactuando. Y cada vez que ofreces información, esos algoritmos te premian de manera inmediata. Estás entrenado para recibir una sardina cada vez que le das a las plataformas lo que quieren.

A lo que habría que sumar el ego, el exhibicionismo o el estriptis sentimental.

Si entrenas a un perro para que salte cada vez que le digas salta, ¿al perro le gusta saltar? Una comparación que, fuera de contexto, resulta fea, pero es así. ¿Somos egocéntricos? No. Todos estamos inmersos y entregados a un sistema que tiene unos incentivos muy concretos. Y ha sido diseñado por genios que, en vez de estar recibiendo premios Nobel, está trabajando para Facebook y para Google.

De ahí el vacío en los organismos públicos.

Porque es gente que está extremadamente bien pagada, extremadamente bien seleccionada y extremadamente bien equipada. Igual que cuando Wernher von Braun se llevaba a ingenieros alemanes a Peenemünde para diseñar el cohete V-2: vivían de maravilla, en un sitio precioso, con laboratorios increíbles y tirando de esclavos. Esas personas estaban motivadas porque las mentes científicas son felices cuando les dejan perseguir su curiosidad y les dan todos los recursos necesarios. Eso es lo que está pasando en Facebook y en Google. ¿Y a qué se dedican? A que tú interactúes.

¿Podrían tener los Estados la fuerza suficiente para inclinar la balanza y quedarse con cerebros para que investiguen en los centros públicos en busca del bien común?

Las instituciones públicas no existen para ser comercialmente viables, sino porque son necesarias. Por ejemplo, nosotros tenemos un kit para hacer test de diagnóstico de la covid-19 porque lo diseñó un tipo en Alemania que ya había identificado el virus del SARS en 2003. Lo logró gracias a sus investigaciones anteriores e inmediatamente después lo compartió con todo el mundo. Si ese señor trabajase para una empresa, no podría haber hecho eso, porque buscaría la rentabilidad.

¿Pero cómo las instituciones públicas pueden frenar la fuga de cerebros a la empresa privada con menos dinero?

Invirtiendo. Y trabajando con otras instituciones públicas. Una sola, pongamos por caso española, podría ser incapaz de encontrar una vacuna contra el coronavirus. Sin embargo, me parece muy difícil que todas las instituciones públicas de la Unión Europea, colaborando en red, no puedan descubrirla. No debemos trabajar como si fuéramos empresas, sino como si fuéramos instituciones públicas.

Si esa inversión no fuese suficiente, siempre habría un caramelo para retener al investigador. Por ejemplo, trabajar por el bien común.

De hecho, las instituciones públicas están llenas de personas científicamente muy ambiciosas que trabajan por muy poco dinero. Lo que no pueden hacer es trabajar sin equipo ni personal. El mundo está lleno de gente que trabaja por el bien común, pero debes proporcionarle los medios. Christian Drosten, el científico que asesora al Gobierno alemán sobre el coronavirus y que le cedió a la OMS el diseño de las pruebas de diagnóstico PCR, trabaja para el Charité, el hospital universitario de Berlín. Ese hombre, con lo que sabe, podría trabajar donde quisiese y comprarse un chalé cada día de su vida. Como no lo necesita, trabaja en el Charité.

Sin embargo, en España, donde hay unos hospitales universitarios buenísimos, estamos literalmente echando a la gente del país, porque ni siquiera pueden trabajar como becarios en proyectos de investigación. España, que desde el siglo XIX ha sido pionera en investigación científica, está reduciendo el presupuesto para becas y para ayudas a las universidades. Los formamos aquí y luego los mandamos fuera. ¿Por qué? Porque ni siquiera les damos la oportunidad de trabajar por poco dinero.