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Perfil: Pablo Casado La sonrisa de Dorian Gray

"Casado, con esa imagen de yerno perfecto, de joven hiperactivo con un aire de conservadora modernidad, un oxímoron que debía servir al PP para combatir con un toque de flores del bosque los malos olores de su reciente pasado".

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Retrato del líder del PP, Pablo Casado, realizado por el ilustrador Thorsten Rienth. – PÚBLICO

Existe cierta fijación con la sonrisa de Pablo Casado. No hay semblanza del personaje que no destaque ese rictus suyo de Gioconda, de la que, por cierto, se dice ahora que su hipnotizante gesto era más fruto del hipotiroidismo de la modelo que del sfumato de Leonardo. Casado sonríe profusamente, es verdad, y ello se asocia inseparablemente a la telegenia que le ha encumbrado, sin desmerecer el hecho de que haber sido el ojito derecho de Aznar, el izquierdo de Esperanza Aguirre y la voz de Rajoy cuando enmudecía hasta el plasma.

Ni la sonrisa ni los padrinos le hubieran bastado para ascender al liderazgo del PP de no haberse producido una conjura planetaria similar a la que en su día descubriera en el firmamento progresista Leire Pajín, que siempre creía ver la silueta de Zapatero al unir los puntos de la Osa Mayor. Coincidió de una parte el gatillazo de Feijóo que, después de varios amagos prefirió no mudarse a la meseta, y la urticaria que en más de la mitad del partido despertaba Soraya Sáenz de Santamaría, a la que se acusaba de manejarse siempre en las tinieblas y no dar nunca la cara. Fue así como pudo irrumpir Casado, con esa imagen de yerno perfecto, de joven hiperactivo con un aire de conservadora modernidad, un oxímoron que debía servir al PP para combatir con un toque de flores del bosque los malos olores de su reciente pasado. Fue así como el criado de tantos se hizo señor de todos.

La verdad es que el chico da bien ante las cámaras y ante una militancia que siempre fue mucho más radical y de derechas que la dirigencia misma. Para el paladar exquisito de los más convencidos algunas de sus manifestaciones y muchas de sus barbaridades les resultaban tan placenteras como a los nuevos ricos lo de comer caviar a cucharadas.

"Parecía incluso preparado, aunque más tarde se supiera que, en cuestión de títulos, a algunos les costaba menos conseguirlos que colgarlos de la pared"

El palentino se atrevía con todo: podía llamar imbécil y subnormal a Javier Bardem, denigrar a los familiares de los represaliados por la dictadura, faltar el respeto a los que se ganan la vida trabajando o burlarse de los indignados del 15-M que, según decía, eran los niñatos de una revolución capitalista que protestaban porque no tendrían casa en la sierra como sus padres. Por fin había alguien en el PP que se atrevía a alzar la voz y no bajaba la cabeza cuando le restregaban por la cara los pecados mortales de la corrupción. Es más, sonreía.

El hombre sin complejos parecía incluso preparado, aunque más tarde se supiera que, en cuestión de títulos, a algunos les costaba menos conseguirlos que colgarlos de la pared. Ha llevado poco tiempo descubrir que al heredero le falta poso y varios hervores, que la habilidad con los tuits y las redes sociales puede no ser suficiente y que no es lo mismo que te quieran las cámaras y la parroquia a que lo haga el electorado.

Es de justicia reconocer que la situación de partida de Casado era distinta a la de sus antecesores porque no es lo mismo administrar tu propio campo sin dar cuentas a nadie que tener que compartirlo con un okupa que dice que viene del centro y con el hijo pródigo que te exige la herencia por anticipado y te amenaza con la azada al grito de cobarde, que eso sí que es violencia intrafamiliar. Pero una cosa es que no quepa esperar cosechas similares y otra muy distinta que cambies tus métodos de cultivo por otros más primitivos para evitar que los calabacines se fuguen al sembrado de enfrente. Si uno tiene calabacines así lo mejor es olvidarse de ellos y mimar las berenjenas.

De todas las opciones posibles, Casado ha elegido la más discutible, la más casposa, quizás aconsejado por ese Saturno a sueldo de las multinacionales que es Aznar, al que Rajoy quiso matar de aburrimiento sin conseguirlo. O, simplemente, porque la cabra tira al monte y el apuesto joven es como Dorian Gray, mucho más antiguo de lo que parece. El caso es que se abría una oportunidad única de centrar al partido, de homologarlo a las otras fuerzas conservadores europeas que ni van del brazo de la Iglesia ni discuten los derechos civiles, de refundarlo sin el lastre del franquismo y de ese nacionalismo rancio que presta culto a la España imperial. Esa es la oportunidad que se ha perdido.

"Ha optado por blanquear al populismo de la extrema derecha, por reclamar la paternidad de sus disparates y por extender una visión apocalíptica bastante tramposa"

En su lugar, ha optado por blanquear al populismo de la extrema derecha, por reclamar la paternidad de sus disparates y por extender una visión apocalíptica bastante tramposa que pide la adhesión a la fe verdadera sin dispersar esfuerzos para afrontar el supuesto caos que oscurece los cielos. Cuando Casado afirma que el votante de Vox ya no tiene motivos para no volver al PP lo que está diciendo es que nada diferencia a una casa de la otra y que la suya, como ventaja adicional, tiene más cuartos de baño y encimeras de Silestone. Así vistas, las tres derechas de Colón no eran sino la foto de familia en la clausura de una convención de inmobiliarias.

Agitar el apocalipsis, además, nunca dio buenos resultados. El España se rompe o se rinde, ya sea ante ETA o ante Puigdemont y su vicario Torra, es bastante cansino y falsario. Casado puede ganar el concurso de patriotismo y coronarse como el campeón de la unidad de España sin advertir que cuando se cuelgue la escarapela en la pechera la mayoría del país habrá cambiado de canal por puro aburrimiento.

Lo que nadie le discute es su estajanovismo, en el sentido de que si hoy es martes al mediodía esto es Segovia, tal es la desenfrenada carrera que ha emprendido por pisar cada rincón del país y sus respectivos charcos, lo que maltrata mucho la laringe y los zapatos de tafilete. Un día se propone bajar el salario mínimo, al otro se cuenta una distopía para inmigrantes inspirada en El cuento de la criada, y en el de más allá se imparte una lección a las embarazadas sobre lo que llevan dentro. De todo ello toca desdecirse a igual velocidad.

Casado tiene prisa o, como piensan algunos, está muy desesperado por esas encuestas que no se cree y le dan risa. Se lo juega todo a la carta más alta. Está autorizado a naufragar siempre que los restos acaben llegando a las orillas de Moncloa porque será la única manera de justificar aquello de “el PP ha vuelto” y que no sea él quien tenga que irse a todo leche con una sonrisa.

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