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Green New Deal vs decrecentismo: hojas de ruta en tiempos de crisis climática

 ¿Se puede seguir creciendo? ¿Se puede desarrollar una transición ecológica dentro de los marcos del capitalismo financiero? ¿Es la tecnología una solución? Estas son algunas de las preguntas que el ecologismo aborda, desde posturas diferentes, para tratar de hacer frente a la crisis climática. 

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El humo se mezcla con las nubes en una refinería de petróleo en Texas./Reuters

La crisis climática se dispone como una coyuntura histórica fácil de identificar, pero difícil de abordar. Los jóvenes gritan en las calles “no hay planeta B” y resumen en sus pancartas las advertencias de la ciencia. El Amazonas arde, ecosistemas enteros colapsan y el aire dejó de ser puro. En ese contexto, las líneas de acción para mitigar esta especie de hecatombe anunciada pasan, a grandes rasgos, por dos posturas históricas que también han llegado al escenario político español. Se trata de un debate difícil, que gira entre lo teórico y lo técnico. En resumidas cuentas, ¿Green New Deal o decrecentismo?.

Son dos ejes programáticos con un fin común –revertir la problemática del cambio climático– y caminos distintos. En cierta medida, el Green New Deal nace ligado a la urgencia del momento. Es un aliento posibilista que busca tiempo a la hora de articular un camino certero que garantice alcanzar un espacio poscapitalista en el que la producción económica y los modos de vida se amolden a los límites físicos de la tierra. “El neoliberalismo no se abole por decreto”, explica a Público Héctor Tejero, diputado de Más Madrid en la Comunidad de Madrid.

“El Green New Deal es ese punto óptimo entre lo ecológicamente necesario y lo políticamente posible”, añade Emilio Santiago, antropólogo social y autor, junto a Tejero, de ¿Qué hacer en caso de incendio? La realidad es que esta vía no se distancia tanto de los marcos del capitalismo como las corrientes partidarias de una mengua productiva. La opción de la regulación para emprender una transición verde es la opción más realista para los defensores de este nuevo pacto verde. Sin embargo, el decrecentismo se aleja de cualquier actuación hacia la reglamentación para actuar, si cabe, lo más fuera posible de los escenarios neoliberales. 

“Es una cuestión de urgencia y de disputa política. Sabemos que las empresas tienen su lógica interna, la búsqueda de beneficio. Entonces, nosotros proponemos que, a muy corto plazo, se refuerce el papel regulatorio y director del Estado para intentar controlar y utilizar esa lógica de beneficios de las empresas en favor de todos. En lugar de apostar por una empresa pública de energía, intentamos regular un poco más y redirigir la inversión privada hacia donde sea necesario”, expone Tejero enfatizando en esa idea de que se trata de una fase transitoria acogida a la urgencia de la crisis climática.

Quizá, esta sea la principal diferencia entre las dos corrientes ecologistas imperantes; el rol que puedan jugar las empresas en el tablero de la crisis climática. Tanto es así, los partidarios de un escenario decrecentista defienden que el Estado dé un paso más alla de la regulación para adquirir un papel vertebrador y director. Así lo entiende Eva García Sempere, coordinadora del Área Federal de Medio Ambiente de Izquierda Unida. “Si seguimos en manos del mercado no se planificará la transición en base a los intereses sociales y medioambientales, sino en base a los intereses de las empresas”, apunta la política, que defiende que los sectores estratégicos de la economía –transporte, agricultura, ganadería o industria– sean de control público, aunque si que contempla escenarios de economía mixta en niveles locales. 

Antonio Turiel, científico titular del CSIC y autor del blog The Oil Crash, por su parte, no ve en el decrecentismo una corriente ideológica sino un escenario “inevitable, si vemos como evoluciona la disponibilidad de los recursos naturales del planeta”. El experto comenta que “la gran dificultad que se plantea es compatibilizar la concepción del capitalismo financiarizado con unas formas de producción que no sean expansivas”, más allá de los límites biofísicos de la tierra.

Ambas posturas afirman que los límites biofísicos del planeta obligarán a un escenario de contracción económica. No obstante, las discrepancias giran en torno a cómo se articulan los mecanismos que permitan alcanzar ese estadio de la historia en el que la economía deje de crecer (sin atentar contra la justicia social). Así, el decrecentismo se instala en una transición ecológica, en líneas generales, fuera de los marcos del mercado, mientras que los partidarios del Green New Deal defienden un último estímulo inversor que vaya orientado, con mecanismos de control y regulación estatal, a avanzar hacia un modelo en el que la economía no se desacople de las características finitas de la Tierra. 

“Un discurso 'capitalismo, sí, capitalismo, no' es un poco falaz. Tras el fracaso del socialismo en el siglo XX nadie sabe qué es el poscapitalismo en el siglo XXI. Uno de los déficit de los planteamientos antisistémicos es que faltan de un vacío teórico. Incluso en determinados los países con constituciones socialistas, Cuba por ejemplo, la empresa privada tiene un papel que jugar y me parece que pensar que esto no vaya a ser así es llevarnos al engaño”, expone Santiago.

Tecnología: solución o parte del problema

De manera histórica la teconología se ha dispuesto como una posible solución verde al problema de recursos que atraviesan las sociedades modernas. Es decir, las dotaciones energéticas –en su grueso, ligadas al uso de combustibles fósiles– podrían ser transformadas por un nuevo sistema que beba de fuentes renovables como las solares o la eólica, entre otras. Sin embargo,estas fórmulas, parches al modelo de crecimiento expansivo, parecen haber quedado atrás, en tanto que la ciencia cada vez ha avanzado más a la hora de determinar que una sustitución plena de las fuentes energéticas se presta inverosímil.

"Se confunde la energía que nos llega del sol con la que podemos aprovechar. El otro error es confundir energía con electricidad. Los sistemas de energía renovable están orientados a producir electricidad, pero esto es alrededor del 23% de la energía total en España. Hay en torno a un 77% de energía que es difícil de electrificar", detalla Turiel, haciendo referencia al sector del transporte –sobre todo maquinaria pesada y aviones– así como otros sectores de producción de calor industrial.

Este planteamiento lleva a grandes divergencias ideológicas. Tanto es así que el experto Peter Somerville aseguraba en su publicación Decrecimiento: una defensa que sin eliminar el sistema de mercantilización y "los motores de expansión" no se podrá afrontar la realidad de la crisis climática. "Eso no quiere decir que una acción gubernamental positiva, que incluya la inversión en energías limpias y medidas de reducción de la demanda, no pueda ayudar. Pero para que ello funcione, la política de los gobiernos tendría que romper con su habitual función de servidora del capital global", valoraba el experto, para negar que pueda darse una sustitución energética plena. 

Frente a esta postura, economistas vinculados a una corriente de crecimiento verde como Robert Pollin sugieren un modelo transitorio en el que se pueda combinar la reducción de los combustibles fósiles con la inversión en "tecnologías y prácticas" limpias. Todo ello sin una contracción materialista. "Las economías pueden seguir creciendo –e incluso crecer con rapidez, como China
e India– y al mismo tiempo presentar un proyecto viable de estabilización climática, siempre que el proceso de crecimiento se desvincule por completo del consumo de combustibles fósiles", defiende en una de sus publicaciones en The New Left Review

Una simbiosis verde

Pero, más allá del tecno-optimismo y del papel empresarial –principal cuestión de debate entre estas dos grandes formas de entender la política ecologista–, el decrecentismo y el Green New Deal ofrecen puntos en común en ese camino hacia el futuro. La disminución de las jornadas laborales, la creación de nuevos empleos, no sólo en las nuevas industrias nacidas de la transición, sino también en los sectores de los cuidados, son algunos de los planteamientos comunes en las principales hojas de ruta del ecologismo español.

En España, el posibilismo que caracteriza al nuevo New Deal hace que sea un eje a seguir por parte de los grupos políticos de izquierdas, mientras que el decrecentismo ideológico se hace más fuerte en escenarios ligados al activismo. Esta realidad hace que ambas formas de andar hacia la justicia climática puedan convivir en una “simbiosis perfecta”. Es así como lo entiende Santiago, que cree que una correlación de fuerzas podría allanar el camino hacia ese escenario poscapitalista del que tanto se ha escrito y del que tan pocas certezas se tienen.

“Sería el escenario ideal: una política de Green New Deal ambiciosa y movimientos sociales potentes que pudieran desbordarlo y construir un imaginario que permita que las políticas públicas puedan ir mucho más lejos en el futuro”, apostilla.

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