Verano porteño (17)
Roberto Esteban conoce a la sobrina de Belgrano, intenta encontrar la salida del laberinto y tropieza con Freud.
Este es el decimoséptimo capítulo de la novela de verano por entregas de David Torres.

-Actualizado a
En la puerta tropecé con una veinteañera alta, morena, atractiva, blusa blanca ajustada, vaqueros negros, bolso a juego, botas altas, una melena lisa recogida en cola de caballo. Sonrió al ver a Belgrano. Ni siquiera reparó en mi presencia.
-¡Liliana!
-Pucha, afuera hace una cachufa de freír huevos. Pero a vos siempre te gustó el calor. Y bueno, jodete.
Liliana dejó el bolso en una silla y se agachó a besarlo. No pudieron intercambiar más cariños, porque tras ella venían dos enfermeros que nos echaron a un lado, desplegaron una silla de ruedas, acomodaron en ella a Belgrano y a su pierna escayolada y se lo llevaron a hacerle más pruebas. Al salir, empujado por aquellos dos maromos, agarró fuerte la mano de su sobrina y me hizo un gesto extraño con las cejas, un jeroglífico que no supe resolver. Caminé tras ellos, a tiempo de verlos desaparecer engullidos por el ascensor. No quise esperar el siguiente y deambulé un buen rato entre los desvaídos corredores, esquivando camillas vacías, desgracias médicas y batas blancas.
-Perdoná.
Era la voz de Liliana a mi espalda, pero yo había decidido exagerar mi sordera. No tenía ganas de trabar nuevas amistades.
-Perdoná -repitió casi chillando y tuve que volverme-. ¿Es que sos sordo?
-Un poco. Sólo de este oído.
-¿Vos sos el baboso del que habla mi tío? ¿El que me escribe esos versos tan cursis?
-El mismo -dije, pensando que un día de estos iba a tener que matar a Belgrano.
-Tenés las pelotas cuadradas, vos.
Se cruzó de brazos en mitad del pasillo y me dijo lo que pensaba de que hubiera dejado a su tío solo, a merced de aquellos bestias. Fue un discurso vehemente, plagado de exabruptos, interjecciones y vocablos que no acababa de comprender del todo, pero cuyo significado se adivinaba sin mucho esfuerzo. Permití que se desahogara a placer: después de todo, la chica acababa de cruzar el charco, un vuelo de yo qué sé cuántas horas para encontrarse a su pariente recién averiado y al candidato del que le hablaba su pariente veinte o treinta años más viejo. Ni idea de las trolas que le habría contado Belgrano sobre mí, aparte de la escritura de versos cursis.
-Tienes razón -admití, cuando hubo terminado de despotricar-. No debí dejarlo solo. Es algo que no me perdonaré jamás. Lo siento.
Di media vuelta en busca de la calle. Nunca entenderé la arquitectura de los hospitales, supongo que los diseñan para encerrar dentro a un minotauro. Ya había visitado antes el Doce de Octubre, pero tuve que subir tres plantas y bajar otras dos antes de dar con la salida. Cuando la encontré, vi de nuevo a Liliana sentada en las escaleras, fumando un cigarrillo.
-Perdoná -dijo, señalando un sitio a su lado-. Hice la gran cagada. A la postre, fuiste vos quien le salvó la vida. Me lo dijo la última vez que hablamos.
-No tiene importancia.
Me senté junto a ella, aunque antes tuve que sacarme el librito del bolsillo de los vaqueros. Liliana me lo pidió y le echó un vistazo.
-¡Soriano! -exclamó y pegó un silbido de escándalo-. Pucha, no parecés un gran lector, pero esta novela es bárbara.
-Es de tu tío. La tenía en la barbería, para diversión de los clientes. Me la prestó, a ver si aprendo algo.
-¿Fumás?
-No.
-Ya. Y tampoco escribís poemas. No sé cómo fui tan boluda de creerme sus macanas. Lo manco bien a mi tío. ¿Cómo está?
-Bastante bien, teniendo en cuenta la movida. Un par de meses de escayola y luego rehabilitación. Nada grave, parece.
Terminó el cigarrillo, me dio un beso en la mejilla y volvió a entrar al hospital. Decidí regresar a mi casa; necesitaba ducharme, tumbarme bocarriba y dormir diez horas seguidas. Me fue imposible conciliar el sueño, agobiado por el calor, acariciado por la brisa doméstica del ventilador a los pies de la cama. Daba vueltas al cuerpo y más vueltas a la cabeza, incapaz de rasgar las tinieblas que me abrumaban, clasificar el elenco de figurantes con los que había ido tropezando a lo largo de los últimos días: los matones del Turco, los yonquis del tercero, el Turco pasado de kilos, Gregorio y su cara de hurón, la vecina minusválida, la mulata forzuda, Amadeo y su taxi, Bianchi, Mafalda, el reportero meticón, Liliana. Era otro laberinto, con varios minotauros al acecho aguardando en los pasillos. Se me aparecían y luego se esfumaban en una calima pegajosa, poblada de navajas de afeitar, revistas del corazón, escritores ciegos, bandoneones, jeringuillas, piscinas, perros vagabundos, botellas de coñac, libretas, sillas de ruedas, todo envuelto en los acordes de un tango enfebrecido. Verano porteño, pibe, decía la voz de Belgrano.
Al fondo, detrás de todo el barullo, se alzaba una montaña de mierda, una pirámide de mierda que se perdía hacia lo alto, hacia un simposio de hijoputas más malos que el sebo, escalonados por orden, cada uno peor que el anterior. Entonces recordé algo que me contó Belgrano tiempo atrás, algo sobre un tipo, un tal Freud, que había descubierto un vínculo secreto entre el oro y la mierda, los banqueros y los bebés, el ansia inextinguible por acumular dinero y el placer infantil de jugar con excrementos. Mi cabeza había montado su propia versión de la teoría, ilustrada con unos cuantos ejemplos. Eran las tres de la mañana, ya no iba a dormirme, así que encendí la lámpara de la mesilla y empecé a leer Cuarteles de invierno.
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