Verano porteño (21)
Donde, además de la paliza, Roberto Esteban recibe una lección de economía y descubre que, en Madrid, el alcalde y la presidenta no son más que empleados.
Este es el vigesimoprimer capítulo de la novela de verano por entregas de David Torres.

-Actualizado a
Era una de esas limusinas de película: oscura, brillante, larga, sigilosa, ventanillas de cristales tintados, respaldos de cuero negro, dos tandas de asientos contrapuestos para montar orgías con putas o reuniones de negocios, botellero, nevera, aire acondicionado, teléfono interior para hablar con el chófer. Me sentaron en el sentido contrario a la marcha, flanqueado por dos de los gorilas que me habían vapuleado, enfrentado al tercero y a un personaje que parecía extraído de la misma película: viejo, gordo, porcino, un bigotito blanco casi al borde del labio y una papada que se duplicaba encima de la corbata gris. Fumaba en pipa, una pipa recta que sostenía a un lado de la boca, entre la dentadura amarillenta, y que despedía un aroma espeso y dulzón. El gordo me examinaba despacio con sus ojillos de jabalí.
-¿Qué puedes decirme, hijo?
-¿Sobre qué?
Un golpe en el costado volvió a dejarme sin aliento. Yo había propinado muchos golpes por el estilo y tuve que reconocer que éste no tenía nada que envidiar. Era sólo una advertencia para que no me pasara de listo. La náusea me subió hasta la boca, mezclada al humo de tabaco. Estuve a punto de vomitar.
-¿Qué puedes decirme? -repitió-. Sobre tu estancia en las dependencias policiales, concretamente.
-Poca cosa -gemí-. La policía maneja la hipótesis de que los hombres de Bianchi y los del Turco se enzarzaron en una guerra absurda que acabó con ellos dos muertos.
-¿Por qué?
-Porque el Turco cometió la torpeza de enviar a unos aficionados a hacer el trabajo sucio y no contaban conmigo. Porque Bianchi cometió el error de mezclar los negocios con una venganza personal.
Reconocí, en el antropoide que estaba a su lado, la fisonomía de excavadora de mi viejo admirador, el que recordaba mi defensa del título europeo en el Campo del Gas. El antropoide rechinó los dientes y se inclinó para zurrarme, pero el gordo lo detuvo con un gesto.
-Espera, coño -dijo mordiendo la pipa-. Esto es nuevo. Explícate.
-Uno de los vecinos -jadeé-, uno de los vecinos es el padre de Bianchi. Él quería vengarse porque abandonó a su madre embarazada en los tiempos de la dictadura argentina.
El gordo me observó atentamente en busca de notas falsas, sondeando mis muecas de dolor. Dije la verdad sin pensarlo, porque no fui capaz de improvisar una mentira a tiempo, porque no aguantaría otra hostia más sin romperme. Las tripas me ardían en un revoltijo de pirañas: estaba seguro de que en los próximos días iba a orinar sangre. De cualquier forma, la historia sonaba tan absurda que forzosamente tenía que ser cierta. Al final, el gordo se echó a reír.
-Lo sabía. Mira que sabía desde el principio que Juan Antonio iba a cagarla más temprano que tarde. El muy estúpido. Un sudaca venido a más que pega un braguetazo y se cree el rey del mambo -Descolgó el teléfono y ordenó-: Adelante, Camilo.
La limusina arrancó y la sacudida me echó hacia atrás. El gordo reía tanto que tuvo que apartar la pipa de la boca. Vi la pulsera rojigualda en su muñeca, al lado de la cadena de un reloj tan grande que sólo faltaba el cuco. Una madre abandonada, decía, un padre a la fuga. Qué hijo de puta, no se puede ser más tópico, joder. Sus tres adláteres compartieron a carcajadas su buen humor.
-No os riais, imbéciles. Ese botarate ha estado a punto de echar a perder una inversión millonaria. Un reportaje en un periodicucho digital, diez minutos en las noticias, tertulias en la radio y en la televisión. Me he pasado la mañana al teléfono, tranquilizando a todo el mundo. Conferencias con Berlín, con Nueva York, con Tel Aviv. Tú no tienes ni idea de lo que estoy hablando, ¿verdad?
-Ni la menor idea.
-Mejor para ti, hijo -dijo. Sacó una cerilla y encendió otra vez la pipa-. Mejor para ti.
Durante un instante pensé que podía estirar el brazo y hundirle la pipa hasta la nuca, clavársela en sus putos sesos de especulador. Pero eso sería como tirar la toalla: no duraría vivo un minuto allí dentro. Más me valía aguantar tranquilo la paliza, esperar a que sonara la campana. Siempre se me ha dado bien aguantar. Un silencio fúnebre se instaló a bordo mientras rodábamos Alcalá abajo y arriba, embutidos en una burbuja de metal inmune al infierno del mediodía. Cuando llegábamos a la plaza de Colón, el gordo descubrió la cerilla apagada entre sus dedos y la depositó en la manaza abierta de mi admirador. El tipo le servía hasta de cenicero.
-Se trata de obedecer la cadena de mando, aceptar tu puesto en la pirámide alimenticia. Todos tenemos a alguien por encima. ¿La presidenta? ¿El alcalde? Bah, no son más que empleados. Con lo fácil que hubiera sido ir por la vía legal, que para eso tenemos políticos y jueces en nómina. Más lento, claro, pero habría sido un método limpio y expeditivo. No, el señorito tenía que hacer las cosas a su manera, por las bravas, como si esto fuese La Pampa. Menos mal que me hicieron el favor de quitarlo de en medio, porque ya estaba pensando en quitarlo yo. Ahora me toca darle el pésame a la pánfila de su mujer.
Hablaba mirando a su reflejo en la ventanilla tintada, hacia la cordillera arquitectónica de la Castellana, envuelta en un resplandor irreal, desfilando en sentido contrario a nuestra marcha. Estampado en el cristal, su perfil parecía el de un puerco monstruoso fumando en pipa, devorando edificios translúcidos. De repente reparó otra vez en mí.
-Matarte sería, más que nada, una molestia. Digamos que tu desaparición sólo enturbiaría más las cosas. A lo mejor el reporterillo ése que ha metido las narices en el asunto se pone a rebuscar y también hay que fumigarlo. No merece la pena. Además, quién sabe si estos inútiles serían capaces de deshacerse de tu cadáver sin montar otra feria. Total, no eres más que una mosca zumbando en la mierda.
La limusina se detuvo un momento ante la entrada del aparcamiento subterráneo de la Torre Picasso. El gordo hizo un gesto, abrieron la portezuela y me echaron a la calle antes de hundirse en las entrañas del rascacielos. Caí de rodillas al suelo, como una mosca con un ala rota. La mierda caía a paladas desde Nueva York, desde Berlín, desde Tel Aviv.
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