Verano porteño (19)
Donde Roberto Esteban tiene que recurrir a un libro como coartada y acaba agradeciendo una noche al fresco entre rejas.
Este es el decimonoveno capítulo de la novela de verano por entregas de David Torres.

-Actualizado a
La inspectora Nieves sacó de la carpeta un quinteto de fotos y las fue arrojando una a una sobre la mesa, completando su mano de póquer. Fotografiado desde diversos ángulos estaba el Turco flotando a dos palmos del suelo, otro palmo de lengua a la vista, rostro amoratado, aire de berrinche, pantalones caídos hasta los tobillos. Tenía los brazos rígidos, en la postura de un portero de fútbol bajo palos, y los ojos le sobresalían como bolas de billar de una tronera: dos de sus deportes favoritos. El bombo peludo de la tripa le tapaba los calzoncillos. Parecía broma que aquel par de piernas de cigüeña hubiera podido soportar el peso del corpachón preñado de sí mismo.
-Le partieron el cuello, lo izaron hasta la cisterna y lo ahorcaron con su propia camisa. Una camisa hawaiana de lo más hortera. Si querían escenificar un suicidio, les salió más bien regular.
-No me imagino al Turco suicidándose, mucho menos en el retrete de un bar.
-Pero el golpe en el cuello es su especialidad.
Me observaba ahora con interés, atenta a los naipes que yo iba a sacar ahora. Barajé las fotos, las ordené y se las devolví
-Si se refiere al modo en el que me deshice de Robocop, o de Hulk, le diré que fue con una revista enrollada y que medí muy bien mis fuerzas. Al Turco difícilmente hubiera podido sorprenderlo así, pese a lo gordo que estaba. Era un gran luchador. Y aunque hubiese podido sorprenderlo, ya me contará cómo iba a subir yo solo un cadáver de media tonelada hasta ahí arriba.
-No sé. Explíquemelo.
-Habría necesitado una polea. O una grúa. Para mí que lo atacaron entre varios. Seguramente, profesionales contratados por Bianchi.
-¿Por qué iba Bianchi a deshacerse del Turco, si era colaborador suyo?
-Porque el Turco metió la pata a fondo dos veces. Primera, con los dos inútiles que envió a hacer el trabajo sucio en la barbería. Segunda, con el escándalo que organizó al día siguiente en la calle Toledo: un desastre que movilizó tres lecheras y que salió pregonado en las noticias. Pero lo peor de todo es que Bianchi ya se había enterado, gracias a mí, de que su conexión con el Turco estaba al descubierto.
-Muy perspicaz.
-Gracias.
-Más o menos, es la hipótesis que manejamos. Sólo que hay un detalle que lo coloca a usted en primer plano -Nieves hizo una pausa antes de soltar el as de picas-: La camarera que les atendió el martes por la mañana y que asistió a su trifulca con el Turco. Le enseñamos unos álbumes de fotos de maleantes y posibles sospechosos y eligió la suya sin dudar un segundo. Esa nariz aplastada es inconfundible, señor Esteban.
-Me ofende lo de maleante, inspectora. Hace bastante tiempo que no tengo problemas con la ley.
-Cierto, pero sigue fichado. ¿Dónde estaba usted ayer al mediodía, entre las doce y la una, la hora en que mataron al turco? ¿Tiene alguna coartada?
-Acababa de volver de Madrid Río. Estaba solo en mi casa, desayunando, leyendo una novela.
- Perdóneme, pero lo de la novela suena bastante inverosímil.
-Si quiere, se la cuento, pero no le va a gustar. Está ambientada en la época de la dictadura argentina y la protagonizan un cantante de tangos a punto de retirarse y un boxeador en horas bajas. Le digo que no le gustaría porque los policías que salen son todos unos canallas.
-Ya, lo de siempre -Nieves sonrió antes de voltear las últimas cartas-. No le voy a engañar. A Bianchi hemos intentado meterle mano varias veces, pero no deja la menor huella y además tiene padrinos muy poderosos en las alturas. Políticos, empresarios de altos vuelos, constructores. Por otra parte, la camarera testificó que ella estaba delante cuando el Turco amenazó con matarlo.
-Cosas del Turco -dije-. Nunca se le dio bien despedirse.
Nieves guardó las fotos en la carpeta, se levantó y se giró hacia mí al abrir la puerta de la sala de interrogatorios.
-Vamos a dejarlo un tiempo en una celda para que recapacite. Puede llamar a un abogado si quiere, pero sólo estaría complicando su situación. Sospecho que sabe usted más cosas de las que ha dicho, señor Esteban. Y que en esas cosas está la verdadera clave del asunto.
La tía no tenía una pelo de tonta, desde luego, pero lo llevaba claro si pensaba que yo abriría la boca mediante el método de acojonarme con la cárcel. No iba a revelar de ningún modo los motivos personales de Bianchi, la venganza aplazada contra su padre. No quería involucrar a Belgrano en el asunto más allá de lo que ya estaba: bastante tenía con su negocio hecho polvo y su pata rota. En cuanto a los padrinos de Bianchi, si la policía no encontraba la forma de escarbar en ese vertedero, no sabía cómo iba a apañármelas yo, un pobre boxeador metido de rondón en un embrollo que le venía grande por todos lados. Al rato, me introdujeron en una celda y me dieron las buenas noches. El camastro era duro como un ataúd, pero al menos iba a dormir de un tirón gracias al aire acondicionado.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.