Verano porteño (20)
Donde, tras la aparición de otro cadáver, Roberto Esteban recibe una paliza y baja cada vez más alto.
Este es el vigésimo capítulo de la novela de verano por entregas de David Torres.
-Actualizado a
Terminé el desayuno -una manzana, café con leche aguado y un breve paquete de galletas- y me dispuse a afrontar el nuevo día entre rejas. Pese a todo, estaba de buen humor: había descansado al fin, después de varias noches cociéndome como una patata en agua hirviendo. Nada más despertar, entre los coletazos finales del duermevela, atisbé una estrategia para escapar de las cuerdas. Debería habérseme ocurrido durante el careo, pero llevaba todo el día atontado, estaba hecho polvo y me habían cazado dos o tres veces con la guardia baja. Cuando me trasladaron de nuevo a la sala de interrogatorios, un par de horas después, la inspectora Castro traía cara de no haber pegado ojo. Llevaba una taza de café humeante en una mano y una carpeta en la otra. Me dio los buenos días, se sentó y empezó a ojear expedientes como si yo no estuviera allí. De repente alzó los ojos, tropezó con mi jeta y preguntó si quería un café.
-Por favor.
-¿Ha dormido bien?
-Como un niño.
-¿Y ha reflexionado?
-Como un adulto -Vi de refilón una foto estampada en uno de los papeles y me dispuse a jugármela-. Tal vez le interese saber que en casa de Bianchi oí los nombres de varios personajes y empresarios que podrían estar implicadas.
-Adelante -dijo, sacando un folio en blanco y un bolígrafo.
-Pero no quisiera equivocarme. No soy un gran lector de revistas económicas. A mí me saca de Soriano y de Borges y no doy pie con bola. Déjeme ese informe de ahí a ver si rasco la memoria.
Ahí estábamos una vez más, enfrentados en otra partida de póquer. Nieves extrajo el mazo de papeles y me lo entregó bostezando. Un agente había entrado con mi taza de café y, mientras lo removía la cuchara, repasé de un vistazo los breves datos biográficos sobre Bianchi: huérfano de madre a los tres años de edad; sin padre conocido; acogido en un hogar de menores hasta los quince años; comienzos sórdidos entre estafas de poca monta y empleos de mala muerte; matrimonio en Rosario a los diecisiete años; la joven esposa y una niña pequeña abandonadas tras su huida a España; rápido y accidentado ascenso social a través de negocios dudosos; divorcio materializado años después, desde ultramar, a fuerza de billetes; boda con una rica heredera, de las mejores familias de la capital; apoteosis cumplida gracias a coqueteos con prebostes locales y trapicheos en la alta sociedad madrileña. Desde la pandemia, lo habían investigado por amaños, adjudicaciones ilícitas y privatizaciones de servicios públicos en hospitales y residencias de ancianos, aunque las acusaciones nunca pasaban a mayores. Examiné más despacio la lista que venía a continuación y recité unos pocos nombres que me sonaban y otros que no. Fijo que alguno iba a acertar. Total, ya le había recitado una parecida a Aníbal.
-Florencio López. Ismael Laguardia. Minos Construcciones. Kyrie S.A. Juana Rosa Acacias. Orión Medical.
-¿Está seguro?
-De los tres primeros al cien por cien -dije, devolviéndole el informe-. De los otros, no tanto. ¿No los va a apuntar?
-No hace falta. Podría decirse que ha acertado la quiniela. Son algunos de los nombres que estamos investigando.
-¿Podrán probar su relación con Bianchi?
-Eso lo veo más difícil. Entre otras cosas, porque lo mataron esta madrugada en la clínica. Lo arrojaron desde la ventana de la cuarta planta.
-A mí que me registren. No he salido en toda la noche.
-No se haga el gracioso. Tuve que ir hasta el Viso a las cuatro de mañana a montar guardia delante de lo que quedaba de él. Ahora estamos interrogando al personal y revisando las grabaciones de las cámaras de seguridad, a ver si por casualidad tropezamos con algo. Pero dudo mucho que encontremos algo. Se ve que desde arriba están cortando las amarras -Volvió a bostezar-. Está libre. Puede irse.
-Gracias. Voy a echar de menos el aire acondicionado.
Ni siquiera replicó mi broma. Al salir a la calle me sorprendió la bofetada del calor y eso que sólo eran las once de la mañana. Caminé hacia la estación de metro de San Blas como si me adentrase en un microondas, persiguiendo las sombras raquíticas de árboles raquíticos. Me alegraba de no haber preguntado por Luisa Muntaner: hacía tiempo que no nos veíamos, quizá estaba de vacaciones o la habían trasladado a otra comisaría. Mejor, porque tal vez iba a meterla en problemas. Mientras intentaba refugiarme de los martillazos del sol, pensé que era extraño que Bianchi también hubiese desertado de su matrimonio y embarcado hacia España. Tanto rencor pendiente para acabar copiando el mismo destino tránsfuga de su padre, sólo que sin la excusa de una dictadura y con una criatura recién aterrizada en el mundo. Seguro que el Freud ése tendría algo que decir al respecto, pero no iba a preguntarle a Belgrano. Sólo quedaba saber si su asesinato había sido ordenado desde arriba, como pensaba la inspectora Castro, o bien obedecía a un desquite de las huestes del Turco. La mierda suele caer de arriba abajo, por eso la primera opción era más verosímil. Tampoco me imaginaba a los colegas de Hulk y Robocop organizando un ataque con tanta diligencia y eficacia, aunque Aníbal había incluido la dirección del hospital en su artículo.
Otro argumento más a favor fue el triunvirato que me rodeó a la entrada del metro: nada que ver con la madera, pese al vestuario de corbatas y chaquetas. Cuando quise darme cuenta, ya los tenía encima. Un puñetazo en los riñones y otro en el hígado me dejaron desarbolado en el acto: el resto fue gratis. Eran auténticos profesionales; en eso, al menos, tuve suerte. Cuando me doblaba de dolor, buscando aire entre mis costillas laminadas, fingieron que me estaban ayudando al tiempo que me metían en la trasera de una limusina.
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