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Seis meses de guerra en Ucrania que han cambiado el mundo

Ha pasado ya medio año de guerra en Ucrania y no hay visos de un final para un conflicto que está forjando una nueva época de inseguridad en Europa y buena parte del planeta.

29/05/2022. El presidente de Ucrania, Volodimir Zelenski, junto a soldados ucranianos en Kiev, a 21 de abril de 2022.
El presidente de Ucrania, Volodimir Zelenski, junto a soldados ucranianos en Kiev, a 21 de abril de 2022. Presidencia de Ucrania

Los seis meses que se cumplen de guerra en Ucrania, tras la invasión rusa de este país el pasado 24 de febrero, han cambiado radicalmente el panorama geopolítico internacional, han sentado las bases de una crisis económica global cuyos efectos más graves aún están por sentirse, han mostrado el fracaso de la diplomacia y el diálogo entre países, y han enquistado en el corazón de Europa una inestabilidad y un mar de incertidumbre que no se disiparán en muchos años.

Este medio año ha demostrado que hay una guerra de desgaste de por medio y que Washington es el principal beneficiado en esta situación. Ahora, con la reducción del gas ruso que llega a Europa, Estados Unidos ha encontrado un mercado sediento para su gas licuado y sus empresas armamentísticas están haciendo su agosto. Además, ha logrado despertar a la adormilada OTAN y redirigir la estrategia militar de la Alianza Atlántica hacia el espacio Asia Pacífico, lugar prioritario para los intereses estadounidenses y donde China, socio estratégico de Moscú, aparece como el otro enemigo a abatir, junto a Rusia.

Sin ayuda militar de Occidente, Ucrania sucumbiría 

La cuestión ahora es saber quién cederá antes, ¿Ucrania, Rusia o la Unión Europea? A punto de entrar en un otoño-invierno de asfixia económica en buena parte derivada del conflicto, ¿seguirá la comprometida ayuda militar y financiera europea a Ucrania para continuar la guerra o deberá Washington asumir aún más un coste que le vendría muy mal en estos momentos? Ya lo dijo hace unos días el presidente ucraniano, Volodimir Zelenski: sin los miles de millones de dólares en armas de la ayuda estadounidense, que comenzó a principios de los años 90, tras la independencia de Ucrania, y que se disparó desde 2014, con la crisis de Crimea y el Donbás, su país "habría caído en tres días" bajo la bota rusa, tras la invasión del 24 de febrero.

Y, sin embargo, ni esa asistencia militar ni la inteligencia estadounidense trabajando a tope para los ucranianos ni la llegada de 16 poderosas lanzaderas de misiles estadounidenses Himars han hecho retroceder a la máquina de cosechar rusa, que lenta pero inexorablemente, sigue añadiendo territorio a sus conquistas en el este de Ucrania. Los Himars han dado esperanza para una eventual contraofensiva ucraniana, pero ésta se viene retrasando y la zona apuntada para esa respuesta militar al norte de Crimea, en torno a la ciudad de Jersón tomada por los rusos hace meses, sigue guarnecida y blindada. Desde allí, Rusia puede amenazar la orilla occidental del río Dniéper y también la urbe portuaria de Odessa, cuya eventual caída en manos rusas cerraría de facto la salida de Ucrania al mar Negro.

Para una ofensiva en toda regla sobre el oriental territorio del Donbás dominado ya casi en su totalidad por Rusia, o sobre Jersón y Crimea, Ucrania necesitaría muchas más armas que las aportadas en estos momentos por los estadounidenses (un 60%) y los europeos, renqueantes éstos por la creciente inflación y las amenazas de una inminente recesión ante las carencias energéticas previstas para este invierno.

Semana clave tras el asesinato de Dúguina

Entre tanto, mientras se espera esa contraofensiva ucraniana, flota en el aire la amenaza de un golpe de mano del ejército ruso para remarcar estos seis meses de guerra y frustrar las festividades ucranianas del Día de la Independencia, el 24 de agosto, cuando se cumplen 31 años desde que Ucrania se desgajó de la Unión Soviética. "Deberíamos estar alerta ante la posibilidad de que Rusia trate de cometer algo particularmente repugnante y particularmente violento" de cara a ese aniversario, ha dicho el presidente Zelenski.

Lo importante es quién es el acusado por el Kremlin de cometer el asesinato de Daria Dúguina

El asesinato en Moscú de Daria Dúguina, hija del filósofo, escritor e ideólogo ultranacionalista ruso Alexander Duguin, muy cercano al presidente ruso, Vladímir Putin, añade temor a una inminente e imprevisible acción de Moscú, en el marco de la guerra o como una de las habituales "respuestas asimétricas" rusas que pocas veces se sabe dónde golpearán. Son muchas las voces del régimen ruso que acusan a los servicios secretos de Ucrania de estar detrás del atentado y de utilizar el terrorismo en el "sagrado suelo patrio", que tantas veces había denominado Duguin como "inviolable".

El propio Duguin ha clamado venganza por la muerte de su hija a manos del "estado nazi ucraniano" y en los medios de comunicación rusos se repiten las llamadas a una reacción rápida y contundente. Que Kiev niegue una y otra vez la autoría del atentado o que haya reivindicaciones por parte de grupos radicales contrarios a Putin no significa mucho en estos momentos de ira manipulada. Como en otras ocasiones, no importa quién es el autor real del ataque, sino quién es acusado por el Kremlin de cometerlo.

La partición de Ucrania, un mal inevitable

Militarmente, los rusos parecen partidarios de enrocarse y lograr así que, en caso de unas negociaciones presionadas desde el exterior, se acepte como inevitable la pérdida de territorio por Ucrania. La tajada arrancada a su vecino le permitiría a Rusia asegurar un nuevo país "tampón" en sus fronteras o, sencillamente, anexionarse esa franja oriental ucraniana, cada día más amplia, como ya hizo Moscú con Crimea en 2014

Y con la crisis económica internacional avanzando y la incapacidad del Ejército ucraniano para sacar a Rusia de su territorio, por muchas lanzaderas de misiles estadounidenses que tenga o por muchos drones y saboteadores que actúen en Crimea, son cada vez más las voces que apuntan a una salida diplomática que admita, como mal menor, esa partición de Ucrania.

En una entrevista reciente con la revista germana Stern, el ex canciller alemán Gerhard Schröder afirmó que Vladímir Putin "busca una solución negociada" al conflicto. Schröder, quien reconoció que mantiene canales abiertos con el Kremlin, dijo que el acuerdo con Moscú para permitir la exportación del grano ucraniano por el mar Negro "quizá podría ampliarse gradualmente hasta alcanzar un alto el fuego" entre Ucrania y Rusia.

Pero subrayó que sería "un gran error" pretender imponer una "paz dictada" desde Washington o Bruselas, y que en la misma no haya "concesiones" por parte de Ucrania. Sugirió, en este sentido, un modelo similar al de los cantones suizos para el Donbás y el establecimiento de una "neutralidad armada" para Ucrania que aleje de una vez por todas los temores rusos a una eventual incorporación de ese país a la OTAN, una de las razones esgrimidas por Moscú para la invasión. Y añadió: "La idea de que el presidente ucraniano Zelenski reconquiste Crimea por la vía militar es simplemente absurda".

La crisis económica que se viene encima

En referencia a la crisis de abastecimiento de gas ruso que sufre Europa y que se incrementará en los meses próximos, Schröder insistió en la necesidad de negociar con Rusia en torno al actual gasoducto en funcionamiento parcial, el Nord Stream 1, además de intentar poner en marcha el flamante Nord Stream 2, solución vetada de antemano por Estados Unidos. Según el ex canciller alemán, lo único claro es que "sin conversaciones, no habrá nada". Si, por los cortes rusos de combustible, Alemania impone el racionamiento de gas en los próximos meses, su producción industrial podría resquebrajarse y la onda expansiva afectaría a todo el continente.

Y en el resto del mundo las cosas no estarían mejor. El Fondo Monetario Internacional ha reducido las expectativas de crecimiento para este año a un 3,2%, en comparación con el 6,1% de 2021. La posibilidad de que se produzca una recesión mundial es ya una inquietante certeza. Como son muy reales también los avisos sobre una inminente hambruna que afectará a medio centenar de países en todo el mundo, entre lo que queda de año y la primera mitad de 2023.

Gana quien resista más

Rusia tampoco lo pasará bien. Sin dinero para gastar debido a las sanciones internacionales, al menos tiene asegurado el suministro de gas y petróleo, y también de grano para alimentar a su población, con lo que podría vadear los efectos de la guerra con precariedad en los próximos meses. Simplemente, se aplicaría una economía soviética, nada nuevo para ese país. Así, con este panorama, el conflicto de Ucrania puede quedar reducido a esto: no será cuestión de quién se desgasta más, sino de quién resiste más.

Como señaló en una entrevista con el diario The Guardian el escritor ruso Mijail Shishkin, "la cuestión ahora es cómo y cuándo terminará esta guerra. Puede que la muerte de Putin sea algo inevitable algún día. La derrota de Rusia, sin embargo, no lo es". Por eso, en lugar de pensar en sus próximas agradables vacaciones, "los votantes europeos deberán prepararse para un gran sacrificio, lucha y penurias, porque ese es el precio que tendremos que pagar por la paz", agregó.

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