El FolletínVerano porteño (23)
Donde Roberto Esteban hace turismo criminal en taxi mientras Amadeo narra un inquietante estriptís en la Cañada Real.
Este es el vigesimotercer capítulo de la novela de verano por entregas de David Torres.

-Actualizado a
Amadeo estaba en la terraza del Atroz, tomando un refresco y consultando el móvil. Le dije si tenía algo que hacer o si podía acompañarme a unos recados. Guardó el móvil, se levantó y le bastó un gesto dirigido primero a la mesa y luego a la barra para explicarle al camarero que apuntara la consumición en su cuenta. Era hombre de pocas palabras y pensé que hacerle hablar me iba a costar un huevo. Belgrano decía que, una vez tomaba confianza, no paraba de rajar, pero se ve que conmigo no había manera.
-Vamos hacia San Blas, por favor -dije, subiendo al taxi-. Al mismo bar donde encontramos al Turco.
En pleno agosto, con treinta y tantos grados encima, Madrid a las doce de la mañana parecía Chernobyl tras el accidente nuclear. Apenas había tráfico en la M-30 y Amadeo se orientó por la red de callejuelas que flanquean el Instituto Simancas sin equivocarse una sola vez. Aparcamos cerca del Menéndez, al lado de una hilera de plátanos de sombra. Quién sería el humorista que bautizó los putos árboles: ni daban plátanos ni daban sombra.
-No has puesto en marcha el taxímetro.
-No señor.
Entré en el bar, pedí un zumo de naranja y fui a los servicios. La camarera dijo algo, pero no alcancé a oírla. Tras la puerta corredera había un lavabo común y otras dos puertas, femenina y masculina, señalizadas son sendos monigotes. Tuve que entrar en el de mujeres porque el paso al de hombres estaba cortado por una cinta policial. Tiré de la cadena, salí, bebí el zumo y regresé al taxi. Aguardamos un rato sin que pasara nadie, aparte de unos peatones inmunes a la radiación y unas pobres palomas que picoteaban migas por la terraza desierta. A los diez minutos ya había visto todo lo que quería ver. Toqué en el hombro de Amadeo.
-La clínica Centauro, en el Viso. ¿Sabes ir?
-Sí señor.
Ni siquiera encendió el GPS del móvil: tiró recto por Hermanos García Noblejas, empalmó con Arturo Soria y giró a la altura de José Silva. Tropezamos en un pequeño atasco en Ramón y Cajal, a la altura del parque de Berlín, y aproveché la pausa para lanzar otra vez el anzuelo.
-Te habrá parecido raro, pero tengo que comprobar algo.
-¿Raro? -Amadeo parpadeó, a juego con el intermitente-. Qué me va a parecer raro, hombre. Anda que no habré visto cosas raras en el taxi. Si yo te contara.
-Cuenta, por favor.
-Pues mira, la más rara que me ocurrió fue una vez que recogí dos clientes en la puerta del Ritz. Hará dos o tres años. Dos caballeros altos, bien trajeados, con pinta de extranjeros. Para mí que mexicanos o de por ahí cerca, no sabría precisar. Eran más de las doce de la noche y me pidieron que me dirigiera a la Cañada Real. No dije ni pío, pero no las tenía todas conmigo. Ya me dirás tú qué iban a hacer aquel par de figurines en la Cañada Real a esas horas. No hablaban mucho entre ellos y lo poco que hablaban era entre cuchicheos, como si a me importaran una mierda sus asuntos. Cuando vimos las primeras chabolas, preguntaron si habíamos llegado y respondí que ahí mismo. Me ordenaron que siguiera adelante, más allá de la última farola viva, y que me metiera por un descampado completamente a oscuras. No te digo nada lo que acojonaba, era como hacer una colonoscopia a la luz de los faros. Por un momento pensé si iban a despellejarme o algo peor. Quién sabe, a lo mejor les gustaban las emociones fuertes.
Amadeo había arrancado y maniobraba entre el tráfico sin perder comba. Belgrano tenía razón: una vez que el viejo se soltaba, no había forma humana de callarlo. No paró de hablar mientras conducía, rodeando el Bernabéu, embocando las calles una tras otra.
-Entonces, cuando pensé que pincharíamos una rueda y que me pasaría el resto de la noche cambiando el puto neumático, me dijeron que parara en mitad del descampado y que apagara las luces. No se veía un carajo, te lo juro. Me quedé helado cuando los millonetis bajaron y empezaron a desvestirse: los pantalones, la chaqueta, la camisa, hasta quedarse únicamente en calzoncillos, los calcetines y los zapatos puestos. Dejaron los móviles en el asiento trasero y me pidieron que no hiciera nada, que los esperase ahí. Se fueron caminando hacia la nada, de oído, y casi de inmediato los perdí de vista. Menuda movida, no me jodas. ¿Qué hacía esa pareja de pervertidos en aquel erial y a aquellas horas? ¿No tenían camas en el hotel para dedicarse al porno? Pero no: en el momento en que los ojos se me habituaron a la oscuridad, pude distinguir dos siluetas de pie, a unos veinte pasos. Estaban ahí, tan tranquilos, charlando de sus cosas.
-Serían espías internacionales.
-Espías, terroristas, narcos, traficantes de armas, vete a saber. Unos hijos de puta en toda regla, eso seguro. Se tiraron como media hora de cháchara y luego regresaron, se vistieron, recogieron los móviles y subieron al taxi. Al Ritz, por favor, dijo uno. Allá que fuimos, sin abrir la boca, cada uno a lo suyo. Cuando llegamos al hotel, la carrera ascendía a ochenta pavos y me dieron cien más de propina. ¿Qué te parece?
-La hostia.
-Sí. Eso mismo pensé yo. Policlínico Centauro.
Aparcó frente a la escalinata. Yo me bajé, fui a la entrada principal, pregunté una tontería cualquiera a la chica de la recepción, salí al exterior y miré hacia lo alto, hacia las ventanas de la cuarta planta. Luego bajé la vista hacia los adoquines del suelo, fingiendo que examinaba el lugar donde se suponía que había aterrizado Bianchi. Que vete a saber dónde habría aterrizado. Hacía un calor de mil demonios, así que volví al taxi y le dije a Amadeo que me llevara a la calle Toledo. Al llegar frente a la barbería, que tenía el cierre echado para ocultar la catástrofe, le pregunté si le importaba acompañarme al quinto piso. Era sólo uno más que la última morada de Bianchi.
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