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Hoy es el futuro Enrique Dans: "Los niños no son adictos al móvil, sino que han sido mal educados por sus padres"

Enrique Dans, profesor de Innovación y Tecnología en el Instituto de Empresa, cree que los niños no son adictos a los móviles sino que han recibido una mala educación de sus padres. / SUSANA ALOSETE
Enrique Dans, profesor de Innovación y Tecnología en el Instituto de Empresa, cree que los niños no son adictos a los móviles. / SUSANA ALOSETE

Enrique Dans (A Coruña, 1965) imparte sus enseñanzas de Innovación y Tecnología en IE Business School. En su blog ha escrito miles de textos sobre la digitalización, aunque solamente ha plasmado sus ensayos en dos libros: Todo va a cambiar. Tecnología y evolución: adaptarse o desaparecer (Deusto) y Viviendo en el futuro. Claves sobre cómo la tecnología está cambiando nuestro mundo (Deusto).

En este último, publicado antes del coronavirus, el profesor del Instituto de Empresa ya anticipaba sus efectos. Ahora los desgrana en Hoy es el futuro, la serie de entrevistas sobre la España y el mundo que vienen: emergencia climática, robotización y trabajo, decrecimiento, inteligencia artificial, movilidad urbana, revisión del neoliberalismo, modelo universitario y gigantes tecnológicos, cuyo poder debe ser frenado por leyes antimonopolio.

Usted lee más que escribe, y eso que escribe mucho.

Es la única manera de estar al corriente de lo que pasa, porque en mi blog escribo sobre tendencias en distintos sectores. El mundo se divide entre los que hacen y los que estudian lo que otros hacen. Años atrás opté por el ámbito académico, porque los que hacen cosas es porque saben hacerlas y los que no sabemos hacerlas —o sea, los que no valemos para nada— las estudiamos y luego damos clase.

Miles de escritos, pero solo dos libros cada diez años. El próximo, para 2030...

No lo sé. Si me sale otro plan, empezaré antes con el siguiente. Le estoy dando vueltas a otro tipo de libro, más narrativo, que tire hacia la ciencia ficción. Quiero contar lo que va a pasar, pero desde una base que llegue a más gente, porque el ensayo no circula tanto…

Dado que ya abordó el futuro en su segundo libro, en ese tercero le tocará hablar de una realidad utópica, ucrónica o distópica.

No necesariamente. La distopía tiene una connotación negativa y yo soy patológicamente optimista, incluso después de un desastre como el que estamos viviendo. Aunque no se puede frivolizar con una pandemia que ha matado a tantas personas, creo que nos va a dejar muchas cosas buenas. El coronavirus le ha dado a mi libro una patada hacia delante de diez años. Es decir, yo hablaba de cómo trabajaremos en el futuro y ahora el teletrabajo está mucho más cerca.

También se confirma mi discurso sobre la sanidad, respecto a la llegada de la telemedicina o a cómo podríamos haber evitado prácticamente que el coronavirus se convirtiera en una pandemia si hubiéramos monitorizado la salud de la población.

Y con la enseñanza online, más de lo mismo, porque con mejor o peor resultado caminamos hacia ella o hacia la enseñanza líquida. En definitiva, no eran malas predicciones y la covid-19 ha acelerado esas realidades que planteaba.

En Todo va a cambiar (2010), afirmaba que en realidad todo ya había cambiado. Por ejemplo, las empresas tecnológicas que desplazaron o eliminaron a las tradicionales.

La editorial me pidió que escribiese un libro que lo entendiera cualquiera. No podías adelantar, al menos en el título, que todo ya había cambiado porque la mayor parte de la gente hace diez años te decía que vivía igual que antes. La tesis principal era que el futuro ya está aquí, pero no está repartido de manera igualitaria.

Me ha robado la pregunta, porque iba a citarle precisamente la canción de Radio Futura, de Santiago Auserón.

En realidad, en este mundo cohabita gente que vive en el siglo XXI y le saca ventajas a las nuevas tecnologías y otra que no quiere cambiar o que no tiene la posibilidad de acceder a esos cambios.

Ahora, cuando siete de las diez compañías más grandes del mundo son tecnológicas, sugiere que ese gigantismo es un freno a la innovación.

Sin duda. Hay un ciclo en el cual las empresas arrancan con un producto y con un nivel de innovación muy elevado, que les permite crecer —caso de Google, Facebook y otras compañías—, pero después salen a bolsa y dejan de innovar de la misma manera, porque pasan a ser mucho más cortoplacistas y a estar bajo la tiranía de los resultados trimestrales.

Entonces, todo el mundo en la compañía empieza a ser más cortoplacista, con los directivos preocupados por sus bonus. Las empresas dejan de ser como eran al principio —con una misión y mirando a largo plazo— y pasan a explotar sus productos hasta el límite y a ordeñar la vaca todo lo que se puede.

Por ejemplo, una compañía como Microsoft, que en su día fue muy innovadora, dejó de serlo con Steve Ballmer y no volvió a la senda anterior hasta que él se fue y llegó otro director ejecutivo. ¿Hace cuánto tiempo que no usas un producto nuevo de Google?

En resumen, el propio sistema económico que hemos construido se carga la innovación y hace que las empresas están mucho más pendientes del valor de sus acciones que de una visión a largo plazo de innovación genuina.

El avance de la tecnología y de internet nos han llevado, según usted, a un escenario insostenible que amenaza con causar el fin de la civilización humana. Alude al crecimiento desmesurado y a la emergencia climática, que le han puesto al planeta una fecha de consumo preferente: 2050. Su libro podría titularse Viviendo en el apocalipsis en vez de Viviendo en el futuro.

Claro, lo que pasa es que para que la gente se dé cuenta de la urgencia tienes que subrayárselas y dejarle claro que, si no hacemos nada, esto va hacia donde va… Hasta ahora, el ser humano se ha destacado precisamente por su capacidad de adaptación. Es la especie más exitosa del planeta porque ha sabido amoldarse a todos los ecosistemas y condiciones.

"El futuro ya está aquí, pero no está repartido de manera igualitaria"

Desde un punto de vista biológico, el hombre va a ser capaz de adaptarse a una situación que pinta muy mal, pero que tiene solución. Y la solución es la tecnología. Debemos vivir de una manera que no nos lleve a consumir tantos recursos, ni a generar tantos residuos, dióxido de carbono...

Parece un teórico del decrecimiento. Al menos, en su último libro.

Sí. Creo que la obsesión por el crecimiento es el fruto de una métrica inadecuada. Los países se obsesionan con el PIB y sus gobernantes, con la tasa de empleo. Sin embargo, a lo mejor vamos hacia una civilización tan rica donde no será necesario que nadie esté por debajo del umbral de la pobreza, ni siquiera trabajar. De esa manera, cambias la relación con el trabajo, que deja de ser una maldición bíblica y pasa a ser un "hacer lo que me apetece".

"Elige un trabajo que ames y no tendrás que trabajar ni un solo día en tu vida".

Porque no estarías trabajando, sino haciendo otra cosa. En realidad, es falso, porque trabajas mucho, pero como te gusta no te molesta.

Enrique Dans, profesor de Innovación y Tecnología en IE Business School. / INSTITUTO DE EMPRESA

En España, generalizando, la formación no se corresponde con las salidas laborales. ¿Por qué no se traduce en un hipotético puesto de trabajo relacionado con los estudios cursados? ¿Qué sería de las humanidades y de las letras? No deberíamos estudiar solo grados o carreras que tengan salidas, ¿no cree?

Precisamente, tenemos que avanzar hacia el humanismo, que es lo que nos diferencia de los robots. Hacia lo más parecido al mundo de las letras, de la humanística o de la filosofía, porque la matemática y la técnica son mucho más fáciles de sustituir por un robot.

"La universidad no fabrica personas para el mercado de trabajo, sino para darles un título. Debe acercarse a la empresa... y hoy solo se acerca a sí misma"

¿Cuál es el problema de España? Pues que la universidad está dentro de un isomorfismo brutal [igualdad de forma u homogeneidad]. Es decir, la universidad española sigue queriendo parecerse a sí misma y ese es un modelo que no funciona desde hace tiempo. No fabrica personas para el mercado de trabajo, sino para darles un título y punto. No trata de diferenciarse.

Pero el mercado laboral tampoco absorbe a los graduados en humanidades.

Tenemos una forma de crear titulados que no le llama especialmente la atención a la industria. Hay que cubrir ese hueco de alguna manera. Para eso, la universidad debe acercarse a la empresa y actualmente solo se acerca a sí misma.

El lenguaje podría entroncar con la informática o con la inteligencia artificial, pero otros grados de humanidades no relacionados con la Filología...

No creas que es tan complicado. Hay muchos grupos de investigación que están trabajando en robótica, en inteligencia artificial y en algoritmos que necesitan claramente incorporar titulados de formación humanística, porque los algoritmos no pueden ser estrictamente técnicos y deben tener en cuenta otros factores. De hecho, mucha gente de carreras de letras está encontrando acomodo en empresas tecnológicas.

¿Por qué inteligencia artificial suena a oxímoron?

Porque la concebimos como una máquina inteligente, y no es verdad. La inteligencia artificial es un término paraguas que está muy mal escogido, porque cuando hablas de ella automáticamente alguien visualiza un Terminator o algo por el estilo. Y, en realidad, se trata de estadística. Una máquina no es inteligente ni piensa. Está muy lejos de serlo.

"A lo mejor no será necesario que nadie trabaje ni esté por debajo del umbral de la pobreza. Así, el trabajo dejaría de ser una maldición bíblica y pasaría a ser un hacer lo que me apetece"

De hecho, la inteligencia artificial de propósito general (Artificial General Intelligence, AGI) no es la disciplina más interesante. Su idea es crear una máquina que piense como nosotros.

Es mucho más interesante el machine learning (aprendizaje automático o de máquinas), que a partir de un montón de datos proporciona o ajusta las próximas tendencias. Eso no significa que una máquina sea inteligente, sino que es una herramienta analítica como cualquier otra.

Para defender el smartphone, recuerda que en su día el libro, el periódico, la televisión o el walkman también fueron criticados. O, mejor dicho, la popularización de esos formatos. En cambio, ¿por qué los directivos de las tecnológicas de Silicon Valley mandan a sus hijos a colegios analógicos —sin ordenadores ni tabletas— y no les permiten estar todo el día con el móvil?

Eso no es cierto y podríamos calificarlo como un tipo de fake news. Escoger un colegio en Estados Unidos es complicadísimo y depende de muchos factores, desde la cercanía de tu casa hasta su alto precio. Por ello, algunos directivos de Silicon Valley llevan a sus hijos a las Waldorf schools, cuyo principal diferenciador no es prescindir de la tecnología, sino que simplemente son colegios muy buenos, caros y con excelentes rankings.

"Muchos padres están criando huérfanos digitales en vez de nativos digitales porque no educan a sus hijos"

Y, además, resulta que no usan la tecnología, pero ni esa es la razón ni todos los gurús escolarizan a sus chavales en ellos. O sea, no están protegiendo a sus hijos. Es una observación que alguien ha querido generalizar, cuando la generalización no es correcta.

Usted sostiene que los niños no son "adictos digitales" y que, cuando están embobados todo el día con la pantalla, simplemente han recibido una mala educación de sus padres.

Correcto. Algunas mal llamadas "adicciones digitales" de los niños o jóvenes con los móviles no son tales, sino que son comportamientos que responden a la mala educación de sus padres. Cuando era pequeño, no me dejaban jugar a todas horas, ni estar en la calle todo el día. Antes de dejarme salir, mis padres me explicaban un montón de cosas, porque todos los entornos requieren educación.

Sin embargo ahora, por alguna razón, resulta que unos padres ignorantes respecto a internet piensan que sus hijos saben más que ellos y los sueltan en la red sin ningún tipo de regla. Pues claro, es una receta para que algo salga mal y para que surjan desde obsesiones hasta peligros variados. En vez de tener nativos digitales, están criando huérfanos digitales, porque están renunciando al deber de la educación en un entorno que la necesita.

Enrique Dans, profesor de Innovación y Tecnología en el Instituto de Empresa. / DAVID MUDARRA

Volviendo al escenario insostenible que planteaba anteriormente, al margen del cambio climático, ¿qué pruebas científicas sostienen su argumento?

El término cambio climático es incorrecto, porque estamos hablando de una emergencia climática. Cuando la temperatura exceda los cincuenta grados en algunas zonas, no se podrá vivir ahí. El calentamiento global provocará que haya muchísimos refugiados climáticos, que no podrás mandar de vuelta a su país. Entonces surgirá un problema de fractura social y la ley dejará de ejercer su función ante la desesperación de tanta gente. En definitiva, el nivel de vida será muy difícil de sostener.

Resolver la emergencia climática sería entonces la gran prioridad.

Totalmente. Debemos esforzarnos para resolver el único problema: la emergencia climática. Porque la pobreza o la falta de trabajo se pueden resolver razonablemente bien con la renta básica universal.

Sin embargo, el planeta es finito y estamos consumiendo sus recursos, quemando combustibles fósiles y generando basura de una manera insostenible. Si no frenamos ese modelo, tendremos un problema de supervivencia.

Digamos que la colonización de nuevos mundos trajo consigo perjuicios tanto para el territorio conquistado como para el del conquistador. O, por poner otro ejemplo suyo, los beneficios de los combustibles fósiles o de la energía nuclear hoy deben replantearse en función de los efectos negativos sobre el medio ambiente. Vamos, que el progreso se nos ha ido de las manos.

El progreso se ha dirigido en una dirección en la cual aparentemente todo aquel que genera unos rendimientos quiere devolvérselos a sus accionistas.

"El gran problema es la emergencia climática. El planeta es finito y estamos consumiendo sus recursos de una manera insostenible. Si no frenamos ese modelo, nos jugamos la supervivencia"

El problema es que si conviertes a los accionistas en los únicos a quienes tienes que devolverles el valor, la empresa dejará de ser sostenible, porque para que lo sea también debe dárselo a sus trabajadores —porque si no es incapaz de retener o de atraer talento—, a sus clientes, a sus proveedores, a la sociedad en su conjunto y al medio ambiente.

 Nos hemos ido a un modelo de capitalismo neoliberal que no es sostenible.

Necesitamos otro modelo de capitalismo que reparta mejor, es decir, que no tenga en cuenta solo al accionista, sino también a todos los actores que rodean a la compañía.

Viejas y nuevas compañías (Facebook, Google…). El análisis de la tecnología lo ha llevado a pensar que "la búsqueda constante de la eficiencia a toda costa ha redundado históricamente en un nivel decreciente de innovación, en una concentración cada vez mayor del poder, en mayores niveles de desigualdad y en una mayor fragilidad estructural derivada de la excesiva homogeneidad y del monocultivo".

La prueba es Chile. El país más neoliberal del mundo —con élites formadas en la Escuela de Economía de Chicago, cuna del capitalismo salvaje— está siendo escenario de unas revueltas provocadas porque su sociedad no es capaz de repartir la riqueza adecuadamente y tampoco funciona el ascensor social.

Si Amazon fuese el demonio —es una pregunta, no una afirmación—, ¿qué serían los robots de esa y otras compañías?

No creo que Amazon sea el demonio, sino que es enormemente eficiente y muy buena detectando las ventajas competitivas. Amazon ha roto el mercado porque en vez de dar valor al accionista precisamente lo ha reinvertido en sí misma y generado una empresa cada vez más competitiva.

¿Qué son sus robots? Obreros especializados que le permiten ser más y más eficiente. Serían los siervos del demonio, en el caso de que Amazon lo fuese, aunque insisto en que francamente no la veo así.

¿Cómo habría que gestionar la convivencia de humanos y máquinas?

Una máquina debería ser capaz de hacer esas tareas que a ti te torran o te fastidian un montón. Todo aquello que es repetitivo en tu trabajo. O sea, una máquina tendría que escuchar esta grabación y transcribirla en tu lugar. Porque reproducir por escrito una entrevista es uno de los trabajos más miserables que hay. ¡Es pesadísimo!

Plantea que si una empresa o una startup encontrase una alternativa al citado modelo de negocio, sería inmediatamente comprada o copiada por el gigante.

El problema es no proteger eso. Antes, normalmente estaba protegido por la legislación antimonopolio, que no impide que tú triunfes, sino que triunfes de una manera anticompetitiva.

"Padres ignorantes respecto a internet piensan que sus hijos saben más que ellos y los sueltan en la red sin ninguna regla"

Si relajas esa legislación, las grandes corporaciones pueden comprar o tirar cualquier empresa innovadora, de modo que la competencia ya no funciona como tal. ¿Por qué Facebook ha adquirido todo lo que podía hacerle sombra...? Tenemos que volver a poner en valor una legislación antimonopolio que en Estados Unidos lleva varias décadas dormida.

¿Qué opciones tiene la pyme o el pequeño comercio, por ejemplo, frente a Amazon? Usted alude a una "regulación", pero los grandes terminan escaqueándose, incluso fiscalmente.

La regulación de brocha gorda no funciona. El regulador debe estar bien informado y saber sobre qué está hablando. No se trata de acabar con el capitalismo, sino de revisarlo para que sus reglas vuelvan a funcionar de una manera decente.

Enrique Dans reflexiona sobre Google, Facebook, Amazon y la emergencia climática. / CLAUDIA DANS

¿E, insisto, qué puede hacer el pequeño comercio frente a Amazon? ¿Especializarse? ¿Ofrecer un producto exclusivo?

No necesariamente. El pequeño comercio tiene que aportar valor, incluso contando con Amazon. Si ofrece un producto interesante o único puede venderlo ahí, en Alibaba o en cualquier marketplace, de modo que sea capaz de contar con un escaparate no solo para su barrio, sino también para todo el mundo. El pequeño comercio que ha tenido problemas es el que no aportaba valor, o sea, el que ejercía de mero intermediario.

Alguien, de repente, ha adelantado el reloj… Porque, tras el palo recibido, muchos negocios tradicionales no han tenido tiempo para reconvertirse y están abocados al cierre, si no han bajado ya la santamaría…

Totalmente. Y la pandemia del coronavirus ha demostrado que, en un escenario de emergencia, tú recurres a aquello que te proporciona valor añadido. Por eso, mucha gente que no había comprado online en su vida ha pasado a hacerlo.

¿Cree que se quedarán ahí o volverán a las tiendas?

No. Simplemente se han dado cuenta de que a nadie le hacía gracia comprar suministros básicos, como el papel higiénico, los líquidos desinfectantes o los botes de detergente. Eso sí, te gustará seguir comprando la fruta, el pescado o la carne, porque prefieres ver y escoger esos productos.

¿El coronavirus ha modificado sus tesis? ¿Hay que pensar de otra forma o es una circunstancia coyuntural o la pastilla para barbacoas, o sea, simplemente un acelerador?

Decididamente, es un acelerador. Respecto a la primera pregunta, pude escribir un epílogo para el libro Viviendo en el futuro con las enseñanzas de la crisis del coronavirus, pero cuando lo revisé me di cuenta de que todas las tesis siguen vigentes, desde las relacionadas con sanidad hasta las referentes al trabajo.

Últimamente también ha analizado la movilidad en las ciudades o, si lo prefiere, la tecnología aplicada al transporte. ¿Menos coches y más servicio público, piernas y bicicletas?

Sin duda. El coche como tal es un problema, porque resulta profundamente ineficiente. Desplazar dos toneladas para llevar a una persona es absurdo. Además, hemos diseñado toda la ciudad en torno a los vehículos. 

"Hemos diseñado la ciudad en torno al coche y nos sentimos casi prisioneros de nuestras urbes"

Eso ha provocado que nos sintamos casi prisioneros de nuestras urbes. Hay que pedir permiso para cruzar una calle e ir en bicicleta supone un riesgo. La ciudad debe rediseñarse en torno a las personas y a los medios de transporte más sostenibles y agradables.

Usted aboga por un futuro diferente. ¿Cómo sería?

Un futuro mucho más humanista y centrado en lo que las personas precisan de verdad. No necesitamos más, más y más, crecer, crecer y crecer... Simplemente, los ciudadanos necesitan alcanzar un equilibrio en el que estén a gusto, que no se corresponde con unas cifras de producción cada vez más elevadas. Lo que requieren es que sus necesidades estén razonablemente bien cubiertas y que puedan hacer aquello que de verdad les satisface.

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