Verano porteño (25 y último)
Donde Roberto Esteban y Belgrano cantan un tango sin música y comprenden que veinte años ya es mucho.
Este es el vigesimoquinto capítulo de la novela de verano por entregas de David Torres.

-Actualizado a
A primeros de octubre, en cuanto aflojaba el calor, Belgrano empezó a quejarse del frío. Que si acá no hay primavera ni otoño, que vaya tongo de ciudad, que menuda urbe de mierda. Decía "urbe" alargando a tope la U y la R, como si ya estuviera haciendo las maletas. Lo que de verdad le jodía era el bastón, la tercera pata que reemplazaba a la escayola y con la que iba golpeando muebles, paredes y bolardos. Por hacerle rabiar, yo aseguraba que le quedaba bien, que le daba un aire de prestigio y dignidad. También le pregunté cuántos grandes escritores usaban bastón.
-Este. Borges, que era un topo. Torrente Ballester, medio topo. Y bueno, cómo no iban a estar cegatos los dos, si eran de derechas. Oscar Wilde, un esnob. Chesterton, un católico. Sabés, una vez Borges y Torrente se toparon en un congreso en literatura en Sevilla. Los pobres ya estaban a sopas y todo el mundo esperaba que se pusieran a hablar, qué sé yo, del Quijote, de Quevedo, del Martín Fierro o del tanatorio. Pero no, pibe, empezaron a comparar bastones.
Estábamos en la barbería, cercados por tablones, botes de pintura, gavetas, herramientas. De pie, señalando a bastonazos, Belgrano criticaba el pésimo laburo de los albañiles rumanos y los diversos estropicios que iban salpicando la reforma, en especial, el azul de las paredes: una cagada de primera. Sentado sobre una pila de ladrillos, yo leía el periódico del domingo, concretamente la muerte de Florencio López, empresario implicado en varios casos de corrupción, cuyo cadáver encontraron la noche del viernes reventado a golpes en uno de los ascensores de los aparcamientos de la Torre Picasso, junto a uno de sus guardaespaldas. La noticia especificaba que le habían arrancado la pipa de los dientes y se la habían clavado en un ojo: un excelente método para dejar de fumar. No añadían ningún detalle sobre la defunción de su empleado, lo que demostraba que España seguía siendo un país clasista incluso a la hora de hincar el pico. Belgrano se acercó y apuntó al periódico con la punta del bastón.
-¿Viste? Esta mañana, en la radio, unos atorrantes no paraban de alacranear sobre el amasijo este. Pero qué falta de cultura policiaca, che. El asesino esperando dentro del ascensor y ninguno acierta a explicar que se trata de una variación del famoso tema de la habitación cerrada. Otra variación más, pibe. Y van tres. Y los canas en la luna, como siempre.
-Traduce, por favor.
-No te hagas el gil, andá, que no te va bien. Sabés de sobra que éste era el tercero de la saga, porque el laburante venía de gratis. Primero el del inodoro en el bodegón, luego el paracaidista del hospital, ahora el de la pipa.
-Ni idea de lo que estás hablando.
-Pibe, qué fracaso. La cana no sabe nada. Vos no sabés nada. Nadie sabe un carajo.
-Así es la vida -dije sentencioso, como si escribiera la letra de un tango-. Hay misterios que deben permanecer ocultos.
-Tatá tatá tatá. Parecé que hubieras leído a Borges, vos. Y encima ni le dijiste chau a mi sobrina. Se mandó mudar el jueves. Una semana en París y después Buenos Aires.
-No es tu sobrina, Belgrano.
-¿Perdón?
-Que no es tu sobrina. Dejate de joder
Se apoyó con las dos manos en el bastón, como si fuese a escarbar un agujero. Yo no levantaba la cara del papel y la última frase me salió en argentino, quizá por contagio.
-¿Cómo que no es mi sobrina?
-Es tu nieta -dije, bajando el periódico y mirándolo a los ojos-. Aunque ella no lo sepa, tú sí. Una vez me dijiste que eras hijo único y que te criaron en un rancho de la Patagonia. Otra vez, que tienes una hermana mayor que se metió a monja en Rosario. Carmelita Descalza, creo. A saber qué mierdas le contaste a la pobre Liliana. Que era huérfana de padre, por ejemplo. Cualquier cosa en vez de decirle la verdad: que su padre se llamaba Bianchi y era un jodido hijo de puta. Tu hijo, Belgrano. Quería vengarse de ti y el muy imbécil lo que hizo fue repetir tu espantada.
-Pero che -dijo Belgrano, y se mordió los labios-. Pucha, eso sí es de Borges.
-Ya, el de las ciruelas. Cuando vuelvas a abrir la barbería, hazme un favor y colocas en el altar ése de los héroes argentinos una foto bien grande de Mafalda. Ya sabes quién te digo.
Belgrano se sentó junto a mí, en la misma pila de ladrillos, estirando la pierna quebrada y conteniendo un gesto de dolor. Tardó un buen rato en arrancar.
-Yo no sabía que Pilar Bianchi estaba encinta. Ella no quiso contactar conmigo porque la Armada estaba persiguiendo a disidentes políticos en el extranjero. Cuando me enteré, yo estaba exiliado en Barcelona y Pilar había muerto años atrás. Me lo dijo un buen amigo, pero ya era demasiado tarde para localizar al chico -Belgrano se frotó la rodilla y apretó el puño del bastón-. Años después, otro amigo me contó que había visto a un jovencito en una cantina de Buenos Aires. Estaba muy borracho y no dejaba de balbucear una historia sobre su mamá abandonada y el malandra de su papa. Lo iba a rajar según lo viera. También alardeaba de haber preñado a una muchacha con la que iba a hacer la misma cagada que le hicieron a su madre. Yo ignoraba si era verdad, pero cuando volví a Argentina, removí cielo y tierra hasta que di con Emilia. Una mujer preciosa, pibe, preciosa por fuera y por dentro. No me costó convencerla de que lo mejor era decirle a Liliana que yo era su tío. Entonces tenía nueve años.
Abrí la boca, pero luego volví a cerrarla. No iba a decirle a Belgrano que por su culpa podía haber muerto mucha gente, gente de ese mismo edificio: Amadeo, Gregorio, Nati, doña Pura. Buena gente. Total, eso ya lo sabía de sobra.
-Roberto -dijo, y creo que fue la primera vez que pronunciaba mi nombre- ¿Vos no tenés hijos, no?
-No, que yo sepa. Ni ganas.
Me levanté y abrí el cierre de metal. La luz del sol inundó el interior de la peluquería en obras, bañó las espátulas, las gavetas, los picos, las palas, los ladrillos apilados, el periódico tirado en un rincón, las manchas de cemento en el suelo, el sillón de barbero que aguardaba su estreno en un rincón, envuelto en plástico transparente, el perfil de Belgrano cabizbajo, ensimismado en los recovecos del pasado. También la pared pintada a rayas blancas y azules, de un azul tosco y desvaído. Era la última luz del verano.
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