Verano porteño (24)
Donde Roberto Esteban descubre que, algunas veces y contra toda lógica, el asesino es el mayordomo.
Este es el vigesimocuarto capítulo de la novela de verano por entregas de David Torres.

-Actualizado a
Belgrano dice que en las buenas novelas siempre hay un descenso a los infiernos. Yo lo habría preferido, porque tuve que parar dos veces a tomar aliento, en el rellano del tercero y en el del cuarto. Amadeo también resoplaba lo suyo. Había que ser una auténtica mula para trepar todos los días hasta allí con una anciana en brazos, eso sin contar que luego la mula tenía que volver a por la silla de ruedas. Llamé al timbre y esperé, secándome el sudor de la frente con un pañuelo. Envuelta en una bata floreada que no dejaba adivinar sus formas, Nati abrió la puerta y nos miró con desconfianza tropical: primero a mí y luego a Amadeo. Era bastante más alta que yo y no mal parecida.
-¿Quién es? -gritó una voz desde el fondo.
-Amadeo y el amigo de Belgrano.
-Que pasen.
Fuimos tras ella por un pasillo estrecho, punteado por varias puertas que imaginé daban a los dormitorios, la cocina y el baño. Forrado de libros, de cuadros y de plantas, el salón comunicaba con la terraza sembrada de flores y cubierta por una cristalera. Un aparato de aire acondicionado ronroneaba desde un rincón. Dos gatos siameses dormitaban en el suelo, junto a unas macetas que doña Pura regaba con cuidado.
-Disculpen -dijo, girando la silla de ruedas-. Con este calor tengo que hacerlo tres veces al día. Los helechos necesitan mucha agua.
Dejó la regadera en el suelo y uno de los gatos subió de un salto a su regazo. La anciana lo acarició despacio, entre las orejas.
-¿No quieren algo de beber? ¿Anís? ¿Orujo?
-Agua fresca, como los helechos -dije. Amadeo asintió con la cabeza.
-Con lo que a ti te gusta el orujo, Amadeo. Pero siéntense, por favor.
La mucama fue hasta la cocina y oímos cómo abría el grifo y lo dejaba correr un buen rato. Bajo su moño blanco, con el siamés enrollado entre sus piernas muertas, un chal marrón oscuro sobre los hombros y la cara preñada de arrugas, doña Pura parecía una esfinge indescifrable.
-Ustedes dirán.
-Sólo quiero saber por qué.
-¿Por qué?
-Por qué lo hicieron.
-¿Hicimos? ¿Quiénes? ¿Qué hicimos?
Los señalé uno por uno: primero a la anciana en su silla de ruedas; luego al taxista sentado a mi lado; por último, a la mulata enorme que volvía llevando una bandeja de metal con una jarra de agua y unos vasos. Los llenó despacio, nos los dio y a continuación se quedó de brazos cruzados al lado de doña Pura. Acabé el vaso de un trago.
-Ah, sé que fueron ustedes -dije con la boca renacida-. Lo supe después de recibir una paliza de muerte, sujetándome las tripas para no vomitar en la limusina donde me secuestraron. Lo supe cuando el mandamás que mueve los hilos dijo que le habían hecho el favor de quitar de en medio a Bianchi. No fue él y los esbirros del Turco tampoco. A ver, son unos inútiles y no tenían la menor idea de lo que sucedía. La hipótesis oficial es que Bianchi y el Turco se liquidaron entre ellos. No hay quien se la trague, desde luego, pero a alguien de muy arriba no le conviene que se siga removiendo el avispero.
-Pero nosotros -empezó Amadeo.
-Calla -dijo doña Pura, alzando una mano-. Continúe.
-Bianchi podía haber ordenado matar al Turco, vale, pero no lo hubiera localizado tan rápido. Amadeo sí, claro, porque me acompañó a buscarlo y sabía que en cualquier momento podía encontrarlo en la terraza del Menéndez, el mismo bar donde hablamos. Esta mañana le pedí que volviéramos allí y no titubeó ni un segundo: al fin y al cabo, era la tercera carrera que hacía al mismo sitio en unos días.
Me levanté y me serví otro vaso de agua fresca. Amadeo ni había probado el suyo. Seguí la crónica de pie, el vaso en la mano, bailando a pasos cortos pese a la rodilla mala.
-Supongo que Nati esperó en el taxi hasta que el Turco fue a los servicios. Entró detrás de él, lo estranguló y lo colgó con su propia camisa. Tiene músculos y altura de sobra para ello. Ni el dueño tras la barra ni la camarera oyeron nada; las cisternas de allí son bastante ruidosas, por suerte. En la clínica del Viso ocurrió más o menos lo mismo, sólo que esta vez sabían donde se encontraba Bianchi porque lo habían leído en el periódico. ¿Me equivoco?
Intercambiaron una mirada a tres bandas, lo bastante larga y lo bastante profunda como para que no hiciera falta una palabra más. Yo vigilaba a Nati de reojo, por si le daba por intentar otro vuelo sin motor conmigo. Notaba la tensión en las aletas de su ancha nariz de india. Antes de hablar, doña Pura carraspeó sin dejar de acariciar a su gato.
-No se equivoca, joven. Es usted más listo de lo que parece, quién iba a decirlo con las pintas que se gasta. Ahora puede ir con el cuento a la policía.
-Lo de joven vamos a dejarlo -dije, antes de beber otro trago de agua-. Lo de la policía también, no tiene nada que hacer aquí. En lo que a mí respecta, sólo han sacado la basura a la calle. El mundo es un poco mejor sin esos dos elementos. Sospecho que todo fue idea suya, aunque me gustaría saber por qué.
Doña Pura cogió al gato y se agachó para dejarlo en el suelo. Se limpió el regazo de pelos con el dorso de la mano y empezó a hablar mirando a la terraza espléndida de flores.
-¿Por qué? Porque estamos hartas de que esos malnacidos se salgan siempre con la suya. Que roben, maten y saqueen a su capricho. Que no haya justicia ni vaya a haberla nunca -Tosió, se interrumpió, me miró a los ojos, pálida de rabia-. Aurora, la madre de Nati, murió en una residencia, durante la pandemia, la misma residencia donde unos días después murió mi hermana Charo. Agonizaron durante días y días. Murieron solas, encerradas cada una en su cuarto, sin agua, sin comida, sin aire, sin nadie que les sujetara la mano, nadie que las acompañara. Murieron como, iba a decir como perros, pero a los perros al menos se les permite una muerte compasiva, una inyección, un sueño antes del otro sueño, el definitivo.
Una lágrima le corría por la mejilla. Nati le aferró el hombro mientras Amadeo agachaba la cabeza poblada de canas. Dejé el vaso en la bandeja.
-Gracias, de verdad. Necesitaba saberlo. No se preocupen. No diré una palabra a nadie.
Casi me echo a reír al caer en la cuenta de que, igual que en las historias clásicas de detectives -las del cine, las de la tele, las de las novelas- el asesino era el mayordomo. A Sebas le haría mucha gracia, una lástima que no pudiese contárselo. Fui hacia la puerta, pero en el último momento me giré hacia el trío detenido en un grupo escultórico en medio del salón.
-Una cosa más. Hay otro malnacido, quizá el peor de todos. Muy gordo, bigotito blanco, doble papada, fuma en pipa. Si quieren, pueden encontrarlo en una limusina negra de cristales tintados, en el aparcamiento de la Torre Picasso. No tiene pérdida. Seguramente hay otros. Lo siento. No pude llegar más arriba.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.